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Full text of "Ideas y criticas"

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IDEAS Y CRITICAS 
RAFAEL BARRETT 



UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA 



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THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 




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RAFAEL BARRETT 



IDEAS Y CRITICAS 



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O. M. BERTANI, EDITOR 
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RAFAEL BARRETT 



IDEAS Y CRÍTICAS 



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O. M. BERTflNI, EDITOR 
MONTEVIDEO 



Talleres Gráficos "EL ARTE" de O. M BERTANI - Reconquista, 195 



LA SINCERIDAD 



No acaba la humanidad de ser libre. Ha tenido 
amos durante tantos siglos, que aun necesita el amo. 
Derribados los espesos muros de su prisión, todavía 
la aprisiona el recuerdo. Todavía la impiden caminar 
los grillos ausentes. El aire puro la ahoga. El infi- 
nito azul la desvanece. La libertad es también un 
yugo para ella. Llevamos en el alma la marca ar- 
diente de la esclavitud: el miedo. 

Nerón encontraría hoy un trono, y Atila un caballo, 
porque los hombres tienen miedo y reconocerían 
en seguida el familiar chasquido del látigo. A falta 
del déspota histórico, soportan un enjambre de tira- 
nuelos que no les dejan perder la costumbre: galo- 
nes y espuelas, cacicatos políticos, espionaje, capital 
y usura. El pensamiento teme, la lengua calla, y la 
sinceridad, como en tiempo de Oalígula y de Torque- 
mada, es siempre un heroísmo. 

La libertad está escrita; yo no la he visto practi- 
cada. Inglaterra es una corte pudibunda, Alemania 
un cuartel, España un convento. No hay pueblos civi- 
lizados ; hay hombres civilizados. No he visto pueblos 
libres, he visto hombres libres. Y esos pocos, hom- 
bres, pensadores, artistas, sabios, no tienen nada de 



Rafael Barrett 6 

común con los demás. Se les pasea como a bichos 
raros. Lo han hecho todo sobre la tierra, pero no es 
probable que lleguen al poder público. Por eso no se 
les persigue con la crueldad de otras épocas. Son los 
asombradores del porvenir. Se les mira como a mons- 
truos. Es que pensar, decir, hacer algo nuevo es to- 
davía una monstruosidad. 

El miedo es lo normal. Su hábito es la hipocresía, 
su procedimiento la rutina. Los que no son estúpidos 
simulan la estupidez. Hay que imitar á los demás, 
hay que ser como todo el mundo, como nuestros pa- 
dres, como nuestros abuelos. Nuestro mayor orgullo 
es que nuestros hijos sean copia nuestra, y constatar 
que la sociedad no ha dado un paso. Ocultemos la 
vida interior, las ideas, chispas que saltan de la fra- 
gua, las pasiones fecundas. Son la desgracia, el pe- 
cado. Escondámonos detrás de nosotros mismos, y 
aguardemos ia muerte sin hacer nada. 

Se explica la hipocresía del criminal. Comprendo 
sobre todo la hipocresía necesaria al débil. El débil 
no puede ser sincero. La sinceridad atrae el rencor, 
el rencor general provoca lo imprevisto. Sólo el fuerte 
resiste y ama lo imprevisto. La salvación del débil 
está en no distinguirse. También el insecto reproduce 
los matices del árbol que habita, y la víbora, por 
escapar del águila, se confunde con las ramas muertas. 

Lo aborrecible es la hipocresía inútil, universal, 
que asfixia en germen la originalidad redentora y 
nos hace lacayos los unos de los otros. La ley de 
los carneros de Dindenault es la suprema ley. Núes- 



7 La sinceridad 

tra existencia es un tejido de absurdos y de cobar- 
días. El traje, la casa, el lenguaje, el ademán; el 
modo de entender la amistad, el amor y las demás 
relaciones sociales; las nociones de respeto, honor, 
patriotismo, derecho, deber; lo que, en una palabra 
constituye el ambiente humano está repleto de con- 
tradicciones humillantes, pintarrajeado con los gro- 
tescos residuos de un pasado semi-salvaje, mutilado 
en fin de todo lo que signifique unidad y armonía. 
Guando el conjunto de las cosas estaba orientado 
alrededor de un dios o de un príncipe, el espectáculo 
de la humanidad no era tan desagradable. Hemos su- 
primido ese foco ideal y hemos obtenido la democra- 
cia moderna, caso incomprensible del cual no sal- 
dremos mientras no nos decidamos todos a* mirar la 
realidad cara a cara, a ser sinceros y a despreciar 
la hipocresía. 

La mayoría inmensa de los hombres es incapaz de 
crear una idea, un gesto. Darán la carne de la- gene- 
ración próxima y nada más. A fuerza de acallar su 
pensamiento lo han enmudecido para siempre; a 
fuerza de amordazarlo le han estrangulado. Su hipo- 
cresía ingénita ha dejado de serlo. De tanto llevar la 
máscara se han convertido en máscaras inertes, que 
no encubren sino el vacío. Son los sepulcros blan- 
queados del Cristo. Parecen vivos, y están difuntos. 

Pero en muchos de nosotros se despiertan vibra- 
ciones nuevas, se levantan conceptos nuevos del 
destino y de la voluntad. En muchos de nosotros la 
razón habla, y no la escuchamos; embriones sagra- 



Rafael Rarrett 8 

dos se muevan confusamente en nuestro espíritu, y 
los hacemos morir. Matamos lo que no ha nacido aún: 
tenemos miedo. Esperamos a que lo nuevo, es decir 
lo verdadero, lo hermoso, venga de otros. Otros, sí, 
bohemios melenudos, chiflados vacilantes, hambre, 
fiebre. ¡Cómo nos hemos ingeniado en martirizar la 
dolorosa juventud de los mesías! ¡Cuántas veces les 
hemos clavado las manos y los pies, y nos hemos 
reído de su facha lamentable! Por fin se ha descu- 
bierto que el talento es una enfermedad, y el genio 
una locura. Arrastramos la librea burlándonos de los 
enfermos y de los locos que traen la aurora. Sin va- 
lor para librarnos ni del oprobio de una vestimenta 
inexplicable, aguardamos a que cambien la moda, los. 
cómicos y las prostitutas. 

Nos educamos en el disimulo y en la avaricia. Ja- 
más nos ponen de adolescentes frente a la verdad 
para decirnos «mírala, grítala». No; hay que callar o 
repetir. Hay que absorber la energía ajena, y petri- 
ficarla en nuestro egoísmo. Es preciso que con nos- 
otros sucumba todo lo que vive dentro de nosotros ; 
que con nuestra vida concluyan las futuras probabi- 
lidades de una vida superior. 

Seamos sinceros. Bella es la máxima de amar al 
prójimo, y más bella la de amar al prójimo que no 
vemos, al que vendría mañana. Abriendo nuestra con- 
ciencia al viento y a la luz mientras respiremos, que- 
darán en el mundo, como prolongación de nuestro 
ser, formas duraderas o efímeras, nobles o humildes, 
avasalladoras o débiles, pero formas nuevas, formas 



9 La sinceridad 

vivas que se unirán a otras para engendrar una mo- 
lécula de armonía, formas esencialmente nuestras, y 
única justificación, único objeto de nuestra existencia 
breve. 

Seamos sinceros. Libertemos cada día nuestra in- 
genuidad. Lancemos la semilla al surco desconocido. 
Suframos ¿quién ha dicho que la vida es placer? En- 
treguémonos ¿qué deseamos conservar, si no logramos 
conservar nuestros huesos? Entreguémonos. Es el me- 
jor medio de perdurar. 



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EL AZAR 



El azar llenaba el espacio infinito y la eternidad 
del pasado cuando el hombre apareció: un punto, punto 
de fuego que no se apagó nunca, ojo que nunca pudo 
ser cegado. Allí concluía la libertad sin forma del 
caos, y empezaba la extraña libertad del hombre. Y 
el hombre construyó su nido; sobre el ojo la frente; 
el punto fué una llama minúscula que ardía en medio 
"de lo inmenso; imperceptiblemente retrocedió el azar. 
Y el nido se ensanchó, y el azar siguió retrocediendo. 

La llama vacilante y central iluminaba débilmente 
masas oscuras, que galopaban en el vacío, siempre 
enormes y diferentes, monstruos, que caían al pre- 
cipicio inacabable. La llama persistía. El hombre pro- 
longaba a lo desconocido la constancia de su genio y 
la identidad de su especie. Semejante a sí mismo, 
crecía. Lo inerte temblaba a su voz, y se alzaba hacia 
él. Los delirios desbocados y negros se inclinaban y 
torcían y deseaban girar en torno suyo. En verdad, 
era el centro. Las rocas se juntaron para abrigarle ; 
las simientes por su mano lanzadas, fructificaron, sus 
ideas buscaron lo invisible, y las moles sin medida 
se estremecían en su carrera al cortar los hilos de luz 
tendidos por el hombre. 



Rafael Barrett 12 

Y los pies del hombre hicieron redonda a la tierra, 
y su mente organizó el firmamento. Los astros obe- 
decieron á la geometría. Los siglos innumerables agi- 
taron sus limbos, y ordenaron sus osamentas en los 
archivos del globo. El deseo del hombre engendró por 
fin cosas futuras, y el azar huyó detrás de las estrellas. 

Y al huir dejó rastros entre nosotros, brumas, pozos, 
filamentos siniestros, estelas amenazadoras, errantes 
vientos, tempestades, catástrofes inesperadas, rápidas 
traiciones como zarpazos de tigre, la vida, donde hay 
tanta incertidumbre, y la muerte, donde hay más 
incertidumbre aún. Pero la muerte misma, que detiene 
a cada hombre sin detener a la humanidad, no es 
completamente inaccesible ; la hacemos esperar, im- 
pacientarse ; se la llama ; se la violenta, se la mira 
de frente. El azar que resta no es puro azar ; está 
amasado con nuestro espíritu triunfante. Y siempre 
queda, para toda conciencia y dentro de sí propia, el 
refugio supremo, la cima donde nada alcanza, y donde 
el hombre se siente invulnerable. 

Y así como el hombre tiene la virtud vital de per- 
seguir y pulverizar y disolver y aniquilar, el azar que 
todavía subsiste, y que por numeroso y formidable 
que parezca no es más que un residuo, tiene también 
el poder suicida de hacerlo tornar entero y de un 
golpe, de condensarlo dos veces tenebroso, entre los 
dedos trémulos del jugador. Basta un gesto para cavar 
un microscópico Malestrom capaz de tragarse familias 
y pueblos. Basta un instante de locura o de cobardía 
para abrir a nuestro lado un estrecho abismo sin fondo, 



13 El azar 

y para que el universo agujereado pierda su sangre 
luminosa, y se hunda en la absoluta noche. Baraja, 
ruleta, trivalidades que encierran el enigma devorador, 
y ante las cuales el hombre se anula más eficazmente 
que muriendo, porque la muerte no es azar sino a 
medias. El que logró señalar su rumbo fantástico a 
los cometas, se convierte en un espectro inútil, en un 
testigo idiota y mudo, en la nada. Sobre él, cae el 
infortunio y el desamparo fundamentales. Así los 
jugadores se entregan al fatal Océano cuyas orillas 
han suprimido, y no tienen otro recurso que sortearse 
para comerse entre sí. En cuanto nuestra razón se 
retira, el azar avanza, empujado por la presión de 
los lejanos y colosales depósitos. 

Pero entra el tahúr, y se sienta a la mesa de juego, 
entre los fantasmas esclavos. Valido de la trampa 
sutil, corrige y guía a la estúpida casualidad. Es el 
piloto. Ante él huye de nuevo el azar detrás de las 
estrellas. Ante él la luz renace. En él la humanidad 
soberana reaparece. 



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EL DÍA DE DIFUNTOS 



Coyuntura es esta para hablar de muertos y de 
muerte. Hablar digo, y no pensar, porque dudo que 
exista hombre ni mujer de tan mutilado entendimiento 
que sólo piense una vez al año en el misterio y en la 
necesidad de morir. Pensemos siempre pues, y hable- 
mos hoy. 

Nuestros muertos cómo viven dentro de nosotros ! 
Esos dos o tres muertos queridos que llevamos* mu- 
chos en el alma, con qué grave peso nos ayudan a 
bajar la pendiente de la vida! Si nos separaron de 
ellos demasiado pronto, y los creímos, en nuestra jo- 
ven ignorancia, devorados por la segunda muerte del 
olvido, qué dulce emoción, ahondada en el espíritu 
con el pasar del tiempo, al sentir que de nuevo se 
mezclan a nosotros, y nos hablan, y se apoyan cari- 
ñosamente en nuestro brazo, y clavan en los nuestros 
sus ojos resucitados ! Muertos que caídos al mar os 
sumergisteis y después subís en las aguas lentamente 
y ahora flotáis, volviendo al sol vuestros blancos ros- 
tros ¿será cierto que nosotros también os visitamos, 
aunque sea en sueños, allá donde estáis y que en la 
sombra os persiguen nuestras pálidas figuras ausentes? 

Anudáis y soltáis largos coloquios de silencio con 



Rafael Barrett 16 

nuestros fantasmas, y engañáis como nosotros la tris- 
teza ? Tristeza que nos viene de las cosas que no hi- 
cimos cuando era lugar, de las palabras que no diji- 
mos, de todo lo que faltó para despedirse en paz. 
Tristeza y remordimiento de los injustos, de lo ciegos 
que fuimos para los que tanto adorábamos. Descubri- 
mos la profundidad del amor cuando no hay remedio, 
y nos prendemos á un espectro, y le gritamos lo im- 
posible, y le ofrecemos los inútiles tesoros de ternura. 
Esperamos el supremo día en que, por fin, se nos re- 
velará el destino cara a cara, y entonces... 

«El que se muere no da 
Lo suyo, sino lo ajeno.» 

Nuestros muertos, serán entonces verdaderamente 
nuestros? Nos aguardarán a la otra orilla? 

Ya que ellos, al irse, nos dejaron la ilusión de algo 
de su ser, confiemos en llevarles la realidad de algo 
nuestro, de algo que recuerden. Confiemos en ser re- 
conocidos. 

Alejemos de nosotros él temor, no sólo a desapare- 
cer, sino a que la muerte nos desfigure. Al contrario, 
ella nos devolverá nuestra efigie auténtica, escondida 
bajo las miserias y el desorden del mundo visible. No 
conocemos nuestra propia conciencia. Raros son, de 
la cuna al sepulcro, los instantes en que vislumbra- 
mos nuestras entrañas y medimos, al fulgor del re- 
lámpago, los abismos que en nosotros se abren. Vivi- 
mos con la atención fija en lo exterior, que es la men- 



17 El día de difuntos 

tira, e ignoramos la única realidad que podríamos po- 
seer, la única en contacto con nuestra mente, la rea- 
lidad de nuestra condición misma. Cometemos el error 
de preferir la ciencia, la ciencia lamentable, cuyos 
más firmes cimientos no duran medio siglo, la ciencia 
falsa, la ciencia bárbara que incapaz, por definición, 
de sospechar siquiera lo invisible, se reduce a estu- 
diar con ridicula ceremonia la máscara fría del uni- 
verso. Y por eso, defraudados, padecemos la sed de 
la sabiduría, la sed de la muerte. Ella será la maes- 
tra. Morir es comprender. 

Es manifestarnos. Es nacer. Es el símbolo de la vida 
plena. Ella nos hace entender que lo físico es provi- 
sorio. Ella nos muestra su fecundidad al elevarnos y 
fortificarnos mediante su idea. Aquellos a quien la 
muerte es familiar son los más nobles. 

Ella nos enseña que ni el dinero, los honores, ni el 
piacer, ni la carne son nuestros. La muerte es una 
criba que guarda lo esencial. Y si a la criba llegamos 
con carne satisfecha y un montón de títulos y de oro 
por todo equipaje, de nosotros nada quedará. Morire- 
mos de veras y completamente, puesto que no supi- 
mos de veras vivir. 

He aquí por qué nuestra vida debe ser una imita- 
ción de la muerte, y por qué los héroes de la vida 
interior se ocuparon con tanto ahinco de mortificarse, 
es decir, de hacer la muerte. Es que la muerte no es 
un aniquilamiento, ni una transfiguración, sino un ba- 
lance. Define y depura; pone de un lado lo que es 
nuestro, y de otro lo que no lo es. Y si empleamos 1& 

2 



Ratael Barrett 18 

vida en obrar esta separación de lo propio y lo ajeno 
del metal y la escoria; si luchamos, por el hierro y 
el fuego, aunque nos desgarremos y ardamos en ca- 
varnos y encontrarnos y arrancarnos a lo de afuera, 
la muerte nos hallará dispuestos, y apenas sentiremos 
su mano glacial e irresistible. Cuanto más muertos 
seamos a lo que no nos importa, cuanto más vivos en 
nuestra esencia, otro tanto nos emanciparemos de la 
muerte y nos acercaremos a la inmortalidad. 

No es lo importante trabajar, sino trabajarnos. La 
verdad está oculta. Hay que extraerla del fondo de 
nuestra naturaleza. Hay que ensangrentarnos, hay que 
desfallecer en busca de la verdad, de lo que no muere, 
y a ello nos empuja el amor. El amor es adivino; él, 
y sólo él, sabe donde está la verdad. Por eso los que 
no amaron saben cuál es nuestra verdadera cara; 
ellos nos vieron tales como seremos después de la 
muerte; ellos, los muertos queridos, nos reconocerán 
cuando muramos y nos juntemos todos en la otra ori- 
lla, y nos darán la bienvenida eterna. Sólo amar no 
engaña. 



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EL HOMBRE -NACIÓN 



César o Washington, Bisinarck o Mitre, el hombre - 
nación nace en las entrañas de un pueblo, para vivir 
mientras viva la humanidad. 

Engendrado por todos, padre de todos, su carne es 
la carne inacabable de la raza. En su voz, lloran todas 
las lágrimas y claman todos los gritos de guerra. En 
su mirada, centellean todas las espadas y asoman to- 
das las auroras. Pertenece a todo el mundo, porque 
es la voz y la mirada de todo el mundo. Los rasgos 
der su rostro heroico son definitivos y familiares «como 
los ríos y las montañas de la tierra madre. Es en vida 
el monumento nacional por excelencia, y el mármol y 
el bronce no resisten bastante para acompañar su 
nombre y su figura a través de los siglos. 

Jefe espiritual de su patria, habita el pensamiento 
de cada uno de sus hermanos. Es idea en- todos los 
cerebros, y culto en todos los corazones. Alma de la 
colectividad, está siempre presente en las almas. Llena 
él solo la historia, y es la primera historia con que 
se fecunda la inteligencia de los niños. Ejemplo per- 
petuo de grandeza, excitante universal de energías, 
poeta y epopeya a la vez, muere gloriosamente, para 
reinar, como Dios, invisible. 



Rafael Barrett 20 

Sólo él se atreve a sondar las tinieblas, y a decir a 
su ejército: — ¡Por allí! — Él sabe lo que los demás 
ignoran, penetra el misterio y vence la fatalidad. Él 
se abrirá paso entre las aguas, y cruzará el desierto. 
Es el parlamentario del Destino, y contemplar el por- 
venir es contemplarle a él. 

I Dichosos los pueblos que veneran al hombre -pa- 
tria; desgraciados los pueblos huérfanos que lo están 
esperando, y más desgraciados los pueblos que cruci- 
ficaron a su Mesías y no quisieron salvarse I 



EL VALOR 



La lucha inacabable del hombre con la naturaleza 
ha cambiado de forma. 

No son ahora los tiempos en que la noche era te- 
rror, el día caza; en que no había otro problema que 
el de comer y no ser comido. Sin más refugio que un 
agujero entre las locas, sin haber conquistado aún el 
cortante sílex que se ata a un palo y la llama que 
hace retroceder las tinieblas donde cuchichea la 
muerte, el hombre combatía cuerpo a cuerpo con la 
realidad. Eran sus uñas, sus dientes, sus músculos, 
sus fundamentales instintos los que se adherían des- 
esperadamente a la vida. Había que salvar a la hu- 
manidad de las fauces del tigre y del abrazo del oso. 
Había que ser astuto; había, sobre todo, que ser 
feroz. 

Pero después la inteligencia, en una inexplicable 
crisis, creció monstruosamente, y desbordó de los sen- 
tidos. Incapaces de seguirla y de servirla, la inteli- 
gencia prescindió bien pronto de ellos, y se fué fa- 
bricando los delicados o colosales órganos que nece- 
sitaba: las máquinas. Y hoy vemos lo invisible, 
estrellas perdidas en el fondo de los espacios y mi- 
crobios que viven a millones en una gota de sangre; 



Rafael Barrett 22 

palpamos casi las moléculas y el éter; apreciamos 
las más imperceptibles vibraciones y las más formi- 
dables magnitudes; escuchamos, a centenares de kiló- 
metros, el susurrar de una voz. Nuestro aliento ruge 
en las calderas o clama con la dinamita; nuestros 
músculos de metal aplastan las rocas; nuestras uñas 
y nuestros dientes abren las montañas; nuestros ner- 
vios son una red de alambres que aprisiona la tie- 
rra. La eterna batalla no es ya un episodio cruel de 
la historia de las especies, sino un designio del uni- 
verso; no es ya una tentativa, es una verdad que 
marcha con la majestad de un poema; no está hecha 
ya de incertidumbre y de ferocidad, sino de pensa- 
miento y de valor. 

Es preciso tener valor. Doblemente es preciso, por- 
que antes de encontrar la naturaleza hay que encon- 
trar a los hombres; antes de herir y fecundar la 
realidad sombría hay que herir y fecundar los cere- 
bros entenebrecidos de nuestros hermanos los bruta- 
les, de nuestros hermanos los supersticiosos, de nues- 
tros hermanos malvados y débiles. Hay que lanzar 
las ideas nuevas contra las ideas viejas; hay que 
conspirar contra el pasado, y barrer los fantasmas. 
Estamos en camino. El mal persiste siempre detrás 
de nosotros, como una manada de lobos que aullan. 
Detenerse es morir. 

El genio no es nada sin el carácter. Si somos co- 
bardes, nuestras ideas lo serán también, y no se atre- 
verán a dejar su rincón oscuro para salir a la luz. Es 
necesario no proponerlas, sino imponerlas. Sólo re- 



23 El ualor 

siste a la fuerza lo que la fuerza construye. Como la 
gran mayoría de los hombres no conocen ni temen 
más que la fuerza, aceptarán el bien cuando no haya 
otro remedio. Por eso, lo primero es ser fuertes. Se 
persuade con los puños, y se defiende la verdad con 
la punta de la espada. 

Los grandes depósitos de energía humana, dinero, 
dictadura social, masas de obreros y de soldados, es- 
tán en poder de la estupidez, la crueldad y la avari- 
cia. Nunca ha sido más indispensable el valor que 
ahora. Sabemos el punto exacto que hay que atacar. 
Sabemos dónde está la ruta, y por qué sitio del hori- 
zonte vendrá el sol. Sabemos que un puñado de es- 
píritus superiores, prisioneros de la inmensa mole es- 
clavizada, son lo único que hace avanzar el mundo. 
Gomprendemos que mientras no les pertenezca el po- 
der político la humanidad no será libre, y sentimos 
que esa suprema obra exige toda nuestra inteligen- 
cia y todo nuestro valor. 

Se rechaza el consejo del pacífico sabio, y se acata 
la orden de un imbécil con el sable al cinto. Afirme- 
mos valientemente nuestra convicción, y no nos deje- 
mos amordazar. El silencio siempre es cómplice. No 
seamos humildes, no prostituyamos la razón, que nos 
hace sagrados. La palabra del profeta debe estallar 
como un trueno. Disciplinemos nuestro organismo, 
hagámonos amantes de la obstinada lucha. Las ideas, 
flechas sublimes, se forjan en el reposo, pero es la 
voluntad la que tiende el arco. 



EL ODIO 



Hay odios que no son más que amor. Cuando Zola, 
en el primer arranque de su talento titánico, escribió 
el famoso artículo Mes haines, que es una fulmínea 
imprecación a los imbéciles y a las hipócritas, demos- 
tró heroico amor a la ciencia y a la sinceridad. Ben- 
venuto Oellini discutía escultura a puñaladas en las 
calles de Florencia Su puñal estaba tan enamorado al 
defender la belleza, como su cincel al retratarla. De- 
lante de Napoleón no había enemigos que aniquilar, 
ni aborrecimientos que estrangular, sino problemas 
que resolver. « Para un espíritu superior, 'decía el 
sublime combinador de batallas, no existen más que 
hechos. » Napoleón amaba la guerra sin odiar a nadie. 
Los grandes ambiciosos, nacidos del pueblo para apo- 
derarse del pueblo, fueron grandes amantes de sí 
mismos. Su vitalidad desbocada engendró el sueño 
insolente de la gloria, y con fanatismo profético trans- 
figuraron su destino en leyendas deslumbradoras. Quién 
cuenta las víctimas anónimas del tirano que funda 
naciones? Su mano ensangrentada es venerable. Su 
espada y su látigo son reliquias. Sólo el amor arraiga 
y procrea. 

Los fuertes no pueden odiar. Se odia de abajo a 



Rafael Barrett 26 

arriba. La salud no odia, y el odio absoluto, la obse- 
sión del mal por el mal, el designio de la destrucción 
inútil es cosa de enfermos. La lucha por la vida, con 
todas sus ferocidades, no es más que el santo amor a 
la vida. De las decepciones que exageró sin sopor- 
tarlas nuestro cerebro anémico, de las humillaciones 
merecidas que nuestra cobardía y nuestra debilidad 
hizo fáciles y no dejó castigadas, se amasa nuestro 
odio. Los que apenas tienen fuerzas para no ser aplas- 
tados las emplean únicamente en odiar, y destilan la 
última defensa de los organismos inferiores : veneno. 
El odio y la corrupción empiezan juntos. «Compa- 
dezco al demonio, exclamaba Santa Teresa, porque le 
está prohibido amar. » El amor se queda a la puerta 
donde el Dante leyó la inscripción terrible. El Infierno 
es el lugar del odio eterno. Si en los instantes de 
dolor y de angustia, cuando nos rodean las tinieblas y 
la maldad humana, somos aún capaces de amar, de 
combatir sin odio, estamos salvados. Si odiamos es- 
tamos perdidos. Cuando los romanos empezaron a 
odiarse y a delatarse bajamente, comenzó la agonía 
de Roma. No eran los emperadores crueles, sino viles 
los ciudadanos. Llegó un día en que los cristianos 
odiaron también, y se hicieron católicos. Los instru- 
mentos de tortura que el odio inquisidor imaginó en 
España asesinaron por segunda vez a Cristo, y Cristo 
no resucitó. La religión española, deshonrada desde 
entonces, se ha convertido en un materialismo grosero. 
Así mueren los cultos, alma de las razas, y así mueren 



27 El odio 

las almas de los hombres. Odiar es obedecer a la 
muerte. 

No es al amor a quien hay que pintar ciego. Es el 
odio el que no ve ni comprende. Las ideas se aman, 
y sólo se odian las personas. El odio es mezquino 
como su objeto. Toda la ilusión del que odia consiste 
en herir la miserable envoltura ya condenada por 
leyes fatales a desvanecerse. ¿Cuál será tu triunfo, 
odio que caminas con los ojos bajos, buscando un arma 
que se clave, un alfiler que pinche, un pedazo de lodo 
que manche ? Desgarrar unas entrañas : ahí concluye 
tu obra. El amor las fecunda, y su obra no tiene fin. 

Odiamos demasiado. Al despojarse del prestigio que 
le daban los tradicionales factores históricos, semi - 
anulados hoy por la democracia, el odio social se ha 
desnudado de cuanto lo volvía interesante y casi poé- 
tico. Ha sido, como tantas otras cosas, reducido a su 
verdadero tamaño por el positivismo del siglo XIX. 
Se ha revelado individual, vulgar y monótono. Ha 
descubierto netamente su repugnante raíz, la envidia, 
y su procedimiento habitual, la calumnia. De gigante 
que dislocaba fronteras se mudó en microbio que in- 
fecciona el hogar y hace irrespirable la política. 

Pero la trágica cuestión económica tornará a orga- 
nizarlo vastamente. La humanidad se ha dividido en 
Caín y Abel; el rico y el pobre. Los desniveles de 
dinero, en vez ds producir energía matriz como todos 
los desniveles mecánicos, producen odio mortal. La 
estúpida y salvaje dinamita había de ser el verbo de 
ese odio. El trabajo es un tormento, el afán de liber- 



Rafael Barreit 28 

tacl sed de venganza, y el progreso crimen. Empon- 
zoñada en sus fuentes vivas, la civilización se siente 
más en peligro que cuando el Asia volcó sobre Eu- 
ropa el mar furioso de sus hordas innumerables. 

Hasta a la Naturaleza odiamos. Nuestras horrendas 
construcciones profanan los suaves y profundos pai- 
sajes que hubiéramos cantado en otro tiempo. Esclavos 
del oro, cotizamos los encantos del planeta, explotán- 
dolo sin compasión. Nuestra admiración es industrial. 
Hemos olvidado el virgiliano amor a la tierra madre. 
No es ya el secular arado quien abre con ternura su 
vientre para preparar la venida de la simiente mis- 
teriosa. Encontramos mayor placer en hendirlo a golpes 
de explosivo para saquearlo. Y también nos odiará la 
tierra. Vagaremos hambrientos sobre su seno destro- 
zado y estéril Temblará de ira formidable, y hará 
desplomarse nuestras fútiles torres de Babel. 



LAPIDA 



Envidiemos la gloriosa apoteosis de Ferrer, asesi- 
nado en los fosos de Montjuich, la última Bastilla de 
los latinos. 

Arrastrado a los fosos como por una banda de cha- 
cales, devorado en la sombra y el silencio, a espaldas 
de Europa. 

Fué fulminado, porque era cumbre. No le podían 
perdonar. Los inquisidores perdonan el crimen, no la 
idea. Cayó, porque causaba miedo, porque era una de 
las imágenes vivas del futuro, un anuncio de muerte 
para los que le hicieron morir. Pero qué es la desapa- 
rición de Ferrer? Un simulacro. Lo grave no es que 
haya muerto, sino que haya vivido, que después de 
él perduren y crezcan formidables las energías de que 
se formó. Ferrer, desposado con la bella muerte que 
le disteis, engendrará los héroes de mañana. Qué ha- 
béis conseguido? Hacerle inmortal a balazos, conver- 
tir el inofensivo profesor en un irritado ángel que vi- 
sitará vuestras noches. 

Por qué no atendisteis al rey extranjero que os pi- 
dió prudencia en voz baja, por vosotros y por él? Es 
que sois todos solidarios, despojos flotantes de la his- 
toria, majestuosos fantoches, temblando con el cetro 



Rafael Barrett 30 

en la mano; fariseos que no queréis dejar escapar de 
vuestras uñas el botín de un Dios difunto; militares 
que os honráis poniendo la matanza al servicio de la 
avaricia financiera; burgueses momificados dentro de 
vuestros alveolos de oro frío; mundo que subsistes, 
porque los nueve décimos de la humanidad son toda- 
vía un rebaño de resignados mendigos. Asesináis, oh, 
moribundos armados hasta los dientes! Asesináis; creéis, 
decrépitos, que los baños de sangre os devolverán 
la juventud. Inútil. Comprendemos el mecanismo de 
vuestra agonía. Hemos hecho algo mejor que vence- 
ros: os hemos explicado. La vida misteriosa se refu- 
gia en la carne que sufre. Asesinaréis mil Ferrer . . . 
Y qué? Detendréis el Tiempo? 



B£BCa 



energías perdidas 



El genio humano detiene la naturaleza que pasa. 
El ha hecho que los torrentes devastadores se paren 
a regar jardines, y que los vientos indómitos empu- 
jen las carabelas inmortales. El ha despertado a gol- 
pes de pico el negro titán que dormía en las entra- 
ñas de la tierra. Él ha aprisionado el rayo salvaje, 
que en vez de asesinar lleva el pensamiento por un 
hilo, y en vez de cegar un instante, ilumina confi- 
dencialmente las noches de estudio, de dolor o de 
ensueño. 

Impotente para crear un átomo, para sacar -de la 
nada el más débil de los esfuerzos, el hombre tiene 
el don sublime de organizar las energías que le ro- 
dean. Las obliga á ensanchar el reino de la inteli- 
gencia, a integrarse activamente en una concepción 
del mundo más y más alta; las obliga a humanizarse. 
Por encima de las flechas de las catedrales asoman 
las puntas de los pararrayos; mas guardémonos de 
reir: esto proclama que la centella ya no es de Dios. 
Del mismo modo que la energía química de los ali- 
mentos se transforma, al pasar por nuestra substan- 
cia, en el más prodigioso conjunto de fenómenos, las 
energías naturales, engendran, al pasar por los me- 



Rafael Barreü 32 

carlismos humanos como pasa el viento por las cuer- 
das de un arpa, la armonía anunciadora del universo 
futuro. El ejército de las fuerzas humanizadas au- 
menta sin cesar, y rinde poco a poco el inmenso caos 
de lo desconocido. El hombre es el eje en torno del 
cual comienzan a girar las cosas, agrupándose en 
figuras imponentes y simbólicas. Estamos en el pri- 
mer día del génesis, pero es nuestro espíritu, y no 
otro, el que flota sobre las aguas. 

No obstante tan luminosas promesas, ¡cuan pequeño 
es lo que poseemos si lo comparamos con lo que to- 
davía está por poseer! Las gemas han salido de sus 
antros para brillar sobre el cuerpo de las mujeres, y 
las rocas han abandonado su inmemorial asiento para 
convertirse en viviendas humanas; el hierro, el car- 
bón y el oro están con nosotros; mas ¿qué es lo que 
conocemos del planeta? Hemos arañado en escasos 
puntos su epidermis, y nos abruma, casi intacto, su 
redondo y colosal misterio. Ignoramos los más formi- 
dables metales, las más extrañas materias. Si hoy 
nos desconcierta el radio ¿qué no nos aturdirá ma- 
ñana? ¿Qué es lo que sabemos de ese monstruoso 
ser que se estremece en los terremotos y respira por 
los cráteres? ¿Qué palabras no arrancaremos con el 
tiempo á la espantosa voz de los volcanes? 

Desde el corazón de los montes va nuestra imagi- 
nación a la superficie de los mares, y nos asombra- 
mos del inútil y. perenne batallar de las ondas. Sobre 
una extensión cinco veces mayor de la que cubren 
los continentes reunidos, no hay un metro de líquido 



33 Energías perdidas 

que no suba, baje, se vuelque y palpite sin descanso. 
Y cuando el huracán se desata y su caprichosa ener- 
gía se ha mudado en olas descomunales que se em- 
pinan marchando, preciso es aguardarlas en la costa, 
y verlas estallar contra los acantilados sombríos, ha- 
ciendo temblar entre una tempestad de espuma las 
raíces de las montañas, para sentir lo incalculable de 
esa fuerza que se acaba a sí misma. Y como si no 
fuese bastante este derrochar sin freno, la blanca 
luna levanta diariamente hacia ella la masa de las 
aguas, en una aspiración gigantesca cuyo aliento no 
acertamos a aprovechar. 

Toda la vida terrestre: brisas y ríos, selvas cerra- 
das, praderas sin fin; la fiera que huye con oblicuo 
salto; el pájaro que teje su nido, y el insecto que 
zumba sobre la flor; los días, que cambian con las es- 
taciones; las estaciones, que se matizan según los cli- 
mas, y las razas humanas, que en ritmo impenetrable, 
sienten, piensan y se reproducen; todo lo que se 
mueve, luce y combate es para el sabio una forma 
del calor solar. Por eso, hemos de inducir las mara- 
villas que se pierden en los desiertos calcinados de 
África, Asia y Australia, sobre cuyas arenas infecun- 
das derrama el sol cada día sus ardientes cascadas 
de luz. Pero tal calor desaparecido, qué es al lado del 
que fluye constantemente a través del espacio, preci- 
pitándose en la nada? Nuestro globo es un grano de 
polvo que brilla en el vacío; recoge una parcela de 
energía, mientras la casi totalidad se esparce en una 
inmensa circular oleada, que se debilita a medida que 

3 



Rafael Barrett 34 

se abre, hasta desvanecerse en las orillas del infinito. 

Soñemos con los soles inaccesibles, y soñemos tam- 
bién con otras energías: las que nos rozan sin vernos, 
o nos acarician y quizá nos matan, las innominadas 
habitantes de la sombra. Ayer ignorábamos que exis- 
tía la electricidad, esa alma de la materia. ¡Que todo 
lo que vamos descubriendo nos sirva de sonda para 
lo que aun ignoramos! No pretendamos envolver con 
los sentidos, pobre red de cinco hebras, la enigmática 
realidad. Los más nobles pensadores, despreciando el 
frivolo escepticismo de los que no ven más allá de su 
microscopio, escuchan con religioso silencio los pasos 
de la Idea, que viene acercándose, y lo esperan todo 
de lo que no nos ha engañado nunca. 

Tengamos conciencia de nuestro destino. Alcemos 
nuestra ambición hasta tocar el firmamento con la 
frente, Que nuestra mano o nuestro pensamiento de- 
tenga la naturaleza que pasa. Mas no nos equivoque- 
mos y creamos que nuestras armas son perfectas, y 
nosotros mismos dignos enteramente de la lucha di- 
vina. 

Corazones generosos laten bajo andrajos de men- 
digo. Talentos insignes agotan sus facultades en la 
miserable caza del pan. El genio muere desesperado 
o no nace. Los gérmenes sucumben. La mole de la 
imbecilidad y de la maldad generales es demasiado 
pesada. Antes de escalar el cielo y de encarcelar las 
energías del abismo, hay que libertar esas otras ener- 
gías sagradas que sufren en el fondo de la sociedad. 



35 Energías perdidas 

Es necesario que extiendan las alas, y que reinen 
sobre el mundo, como reina el espíritu sobre la carne, 
en aquellos que son algo más que carne. Entonces, 
miraremos las tinieblas cara a cara, y diremos: 
«Somos la verdad». 



BgUl^B 



LOS LENTES DEL INDIO 

El coronel Ourzon Wyllie era enemigo de la casa 
hindú; por lo menos así lo asegura un asesino, Dhin- 
gra, estudiante indígena, joven de lentes. Es probable 
que Dhingra esté bien enterado. Hay pues una causa 
hindú, como hubo una causa cubana. La infalible In- 
glaterra padece también sus dificultades coloniales. 
Entre los innúmeros pobladores que encierra la enorme 
península dentro de su triángulo simbólico, custodia- 
dos por un grupo de burócratas ingleses, se encuen- 
tran algunos que abrigan la loca pretensión de vivir 
en su casa, j Qué anarquía ! ¡ Rechazar las leyes más 
sabias de la cultura occidental ! Es extraño que In- 
glaterra no se canse de civilizar bárbaros, y se obstine 
en proteger a pueblos que no merecen tanto beneficio 
Pensad con cuánta delicadeza ha respetado la reli- 
gión y las costumbres íntimas de los hindús. Me figuro 
un honrado ganadero que me dijese «yo respeto las 
costumbres íntimas de mis ovejas y su concepción del 
universo; si tienen ideas religiosas, me inclino silen- 
ciosamente; lo único que hago con el rebaño es es- 
quilarlo». 

Los hindús — en el fondo de acuerdo con Kipling — 
defienden su lana. Están desunidos, mal armados; es 



Rafael Barrett 38 

fácil que sucumban otra vez, pero la lucha será bas- 
tante seria, a juzgar por el grave síntoma que se de- 
duce del movimiento estudiantil. Recordemos la obra 
de los estudiantes en Rusia. Muchos Jóvenes Turcos 
salieron de las aulas. El republicanismo portugués, 
que despanzurró a Don Carlos, es intelectual; su arran- 
que decisivo se fechó con el centenario de Camoens; 
los Bazilio Telles y los Guerra Junqueiro fueron leva- 
dura del pan de la revolución. ¿Quiénes dirigieron la 
campaña en favor de Dreyfus? Novelistas como Zola, 
críticos como France, publicistas como Séailles, pin- 
tores como Garriere. El atentado de un estudiante es 
una terrible amenaza. \Y más si usa lentes I «Estando 
Dhingra en el suelo, cuenta un testigo, pronunció pa- 
labras cuyo sentido no advertí. Sólo sé que pedía sus 
lentes que se le habían caído en el cortó combate que 
mantuvo con los que le arrestaron». Cuando el pen- 
güino Golomban que recorría las calles de Alca, no 
para fusilar coroneles, sino para pegar en los muros 
la proclama de la inocencia Pyrotina, viene a tierra 
con escala, engrudo y cartelones, atropellado por la 
multitud, «se pone en cuatro patas, en mitad del 
arroyo, buscando los lentes que había perdido en su 
caída». Esos lentes son la civilización, que traerá aún 
grandes progresos subversivos entre nosotros, y sin 
duda grandes crímenes — quizá útiles; son el signo de 
que la bomba está científicamente preparada y la «ne- 
cha a medida de su tiempo; son la prueba de que 
existe, invencible acaso, un designio glacial y pro- 
fundo. Un hombre que deja los libros y toma un re- 



39 Los lentes del indio 

volver, no sería tan peligroso si se olvidara de sus 
lentes. Gracias a los lentes los libros dieron en el 
blanco, y el revólver dará en el suyo. 

Lo primero que reclama Dhingra, después de la pe- 
lea, son los lentes. Tiene razón: ¿Conocéis el grabado 
de Max Klinger sobre Nietzsche? El filósofo aparece 
en la cumbre culminante de una vertiginosa cordillera, 
ha conseguido llegar allí merced a una voluntad he- 
roica, merced a esfuerzos sin nombre. Domina por fin 
un sublime panorama. Pero no puede — ¡ ay ! — con- 
templarlo, porque ha perdido los lentes en la empresa. 
Desesperado, 'furioso, desde su altura inútil maldice 
la ausencia de un pedazo de vidrio. Las razas llama- 
1 das inferiores ascienden poco a poco a la cima infla- 
mada de su odio. Posición estratégica, si la cenicienta 
He piel negra ó amarilla conserva los lentes sobre la 
nariz. ¡Qué gafas las del Japón, qué puntería 1 Y el 
Islam se agita en Asia y en África, y la China abre 
cuarteles y universidades y la India estudia. ¡ Malditos 
anteojos, llevados por los mismos europeos a los paí- 
ses saqueados por la barbarie blanca! Era fatal: la 
vida y la muerte se engendran una a otra, el que 
hiere espolea, el que viola fecunda. Todo se contagia, 
hasta el poder. Hay épocas en que el granito se di- 
suelve, y las hay en que los cadáveres caminan. Fe- 
licitémonos de que se renueve el espectáculo del 
mundo, y de que la sombra y la luz cambien sus jue- 
gos. Los lentes de Dhingra relucen. Inglaterra pasa* 



El POETA EN PALACIO 

Rubén Darío encuentra interesante a Alfonso XIII. 
Los poetas admiran cosas que los demás mortales no 
sospechamos siquiera. El rey de España conoce el 
arte, la ciencia y, sobre todo, la religión; está al tanto 
de todos los descubrimientos y de todos los adelantos 
modernos: es el primer agricultor de su país; es tam- 
bién el primer propagandista industrial, el primer via- 
jante de comercio; ha enviado cajas de vino de Jerez 
a personajes ingleses; es militar, caballero, gentleman, 
sportsman, automovilista, cazador, jinete, políglota, 
orador y buen mozo; tiene ojos bellos y una frente 
que sería cofre de ideas grandes; es hijo cariñoso, es- 
poso enamorado y soberano benévolo. ¡Cuántas habi- 
lidades I 

Además, es valiente. Parece que le han tomado el 
pulso en el instante de la célebre bomba. Si volvieran 
días de guerra, ¡ya verían ustedes 1 Si una ciudad es- 
pañola cayera bajo una catástrofe como la de Messina, 
¡ya verían ustedes 1 Por supuesto que todos los Al- 
fonsos fueron ilustres; ese nombre es una mascota. El 
número XIII — no hagan caso de que sea trece — debe, 
sin embargo, cuanto es a los prodigiosos cuidados de 
su madre augusta. Admitamos que el poeta se asom- 



Rafael Barreit 42 

bre de que una reina sea buena madre; lo excesivo 
es afirmar que la ex -Regente, «a la callada >, haya 
sido una de las reinas más caritativas. Tan a la ca- 
llada, que nadie se ha enterado, ni los mismos pobres; 
y tal vez Doña Cristina haya conquistado su formi- 
dable fama de avarienta, a fuerza de generosidad. 

Dejemos tranquilos a los antepasados del rey. Nos 
toparíamos con aquella ardorosa Isabel, que tanto 
amó a los españoles, y con aquel Fernando, que tanto 
los odió, y que llamaba a los monarcas constituciona- 
les, «esa la vela». Dejemos tranquilo al propio 
Don Alfonso. Aceptemos la nómina de sus gracias, 
como aceptamos por cortesía la de una niña casadera 
que borda, guisa, baila, posee dos idiomas, pinta a la 
aguada y toca el piano y el mandolín. Nos hallamos 
ante un artículo de «Ilustración», bien pensante, fa- 
vorecido por la Casa Real; no faltan sino las fotogra- 
fías. Ya que los reyes no pueden hacer llegar al pue- 
blo su carácter, hacen llegar su efigie, coronada hu- 
mildemente con la gorrita del chauffeur. 

¡Un poeta metido en tal faena I ¡Qué melancólico 
ejemplo de domesticidadl Rubén Darío nos confiesa 
trémulo de beatitud, que ha conversado con el rey. 
«Me habló del canal de Nicaragua». Observemos de 
paso la obstinación con que los insignes cronistas eu- 
ropeos lucen sus amistades. Su pluma nos demuestra, 
en primer término, las excelentes relaciones del autor. 
Trátese de un bautizo, de una boda o de un entierro, 
resultamos íntimos del recién nacido, de la novia o 
del difunto. ¿De quién no habrá sido compañero el 



43 El poeta en palacio 

periodista a la moda? La condesa de Pardo Bazán — 
es condesa, ha mejorado — nos confía su llano contu- 
bernio con las cúspides aristocráticas del faubourg 
Saint - Germain, empezando por los Montmorency; y 
en cuanto al simpático Carrillo — jahl — es amigo de 
todo el mundo, desde la más empingorotada cocotte 
al duque más innocuo, pasando por los bohemios de 
ambos continentes. Olaretie es de circulación univer- 
sal; Ferrero se palmotea en el hombro con Roosevelt, 
y ¡es preciso que se sepa! Involuntariamente, recor- 
damos a Eusebio Blasco, el modelo de la serie, obse- 
sionado con sus comidas palatinas, de las que quizá 
conservaba mondadientes de honor. — Pero es natural 
que Rubén hable con S. M.; — me diréis — es diplo- 
mático. — Un poeta — contesto — ha de ocultar sus mi- 
serias civiles. 

S. M. significa «sin majestad» Donde hay urf poeta 
y un rey, Su Majestad es el poeta. El poeta reina y 
ha reinado hasta en la época en que los reyes reina- 
ban y sostenían a los artistas con mendrugos de se- 
gunda mesa, como a perros amaestrados. Existieron 
papas de que nadie se acordaría sin el genio de sus 
arquitectos y de sus decoradores; Nerón es un mons- 
truo intacto, sumergido en el genio de Tácito desde 
hace veinte siglos; los Felipes y su siniestra corte de 
infantas escrofulosas, bufones y enanos, se salvaron 
de la nada, porque el pincel de Velázquez se dignó 
recogerlos. Darío suena más alto que Alfonso; las 
«Prosas profanas» cantarán mucho después que haya 
callado para siempre el Borbón políglota. ¿Por qué 



Rafael Barrett 44 

posturas reverentes ante los fútiles señores del espa- 
cio? El poeta es el vencedor del tiempo, el amo de la 
muerte; en ellos, la belleza afila su proa misteriosa, 
para cortar las negras aguas del olvido. Voluble Ru- 
bén, no traiciones a tu Dulcinea ; haz memoria de que 
tu princesita «está triste»; no abandones, por los vul- 
gares dueños de la tierra, a los dueños sagrados que 
engendró tu fantasía. 



MONOLOGO DEL CZAR 



«Soy á un tiempo Emperador y Papa, soy amo de 
cien millones de hombres. Me basta extender el dedo 
para que el más poderoso' de mis subditos desapa- 
rezca. Me basta mirar para fulminar, fruncir el ceño 
para que tiemblen en torno mío. No sé hasta dónde 
llega la ola de mi ser. Soy demasiado grande, no co- 
nozco mis límites. Soy enorme... y tengo miedo. 

En medio de mis ministros, generales, altos digna- 
tarios de la corte y de la Iglesia, cubiertos de orgullo 
y de oro, cuando avanzo mis pesadas piezas en el 
ajedrez de Europa, tengo miedo. 

Al frente de mis ejércitos, ante la selva de lanzas 
y de fusiles que cubre el horizonte, cuando á mi voz 
central ondulan y se precipitan mis innumerables co- 
sacos, tengo miedo. 

En la mesa cargada de magníficos frutos, al lado 
de mi mujer y de mis hijos, cuando el lacayo acerca 
el manjar humeante en la fuente de plata, tengo 
miedo. 

En la penumbra de mis habitaciones á solas, cuando 
el agente de policía se desliza en mi busca, incógnito 
y silencioso como un ladrón, tengo miedo. 

De día, en mi carruaje veloz, cuando paso a ciegas, 



Rafael Barrett 46 

tapado por mi escolta a través de la multitud cuyos 
ojos inmóviles adivino, tengo miedo. 

Y de noche, como ahora, en el fondo de mi palacio, 
junto a mi esposa que gime soñando, jay! tengo miedo. 

Porque detrás de los pechos cubiertos de oro, de- 
trás de las lanzas, detrás de los espías secretos y de 
los muros seculares está lo desconocido. Lo descono- 
cido me ha condenado a muerte, y nada me salvará. 
Ya no soy la roca firme spbre el mar de mi pueblo. 
Una lima sutil segó mi base, y me siento hundir en 
el abismo. La dinamita aulla a mi puerta; ese oleaje 
sombrío me ha salpicado y una gota más certera que 
las otras pondrá fin al drama. 

Ahorquemos! me dicen — y ahorco. ¿Cómo ahorcar 
al último? Siempre quedan, siempre resucitan. Ahorco, 
sí. Pero mis manos, con lo anchas que son, no son lo 
bastante para estrangular a Rusia de un golpe. Es 
inútil asesinar a los que piensan. ¿Para qué abrirlos 
cráneos, si la idea, como un ave invisible, se escapa 
y vuela hacia los cráneos vivos? Y la idea me persi-. 
gue y me ronda, y la veo en las miradas y en las 
cosas; habita conmigo; tal vez me prepare un plato 
mortal; tal vez afile el cuchillo de mi mejor criado; 
y me roe el cerebro y me destruye el corazón, porque 
la idea, que es audacia y júbilo entre los que aborre- 
cen, en mí no es más que miedo. 

Tengo miedo. Mi existencia es una agonía. ¿Acabar, 
huir?... Vana esperanza; el presidiario es capaz de 
evadirse. Yo no; yo soy el czar. La tradición, la ley, 
el dogma, una montaña de siglos me han clavado en 



47 Monólogo del czar 

ests trono. Da aquí se despeña uno, pero no se baja. 
Mi inmenso pedestal está cortado a pico. ¿Qué pri- 
sionero habrá tan guardado como yo? Alrededor de 
mi vivienda, en cada hueco, al pie de cada pilastra, 
en cada boca calle, hay una bayoneta. Desde aquí 
las distingo, brillando en la noche. ¿Cuál de ellas me 
sepultarán en el pecho? Si los jefes son traidores ¿no 
lo serán los soldados? Sólo el miedo me es fiel. 

I Amargura infinita de mis niños, ángeles rubios, 
cuando me acarician sus besos inocentes! No me to- 
quéis; vuestro padre tiembla. Mujer, duerme y gime. 
Tu pesadilla no es tan lúgubre como el rostro del 
cobarde emperador. Mañana el sol renovará las men- 
tiras del mundo, y haré la mueca de la majestad». 



BgBSa 



LA MORAL Y LA CIENCIA 



Un joven inclinado sobre un libro: «imagen de 
paz», diréis. ¡No! ¡imagen de combate! ¿Quién ven- 
cerá? ¿Devorará el hombre al libro, o será el libro 
quien asesine al hombre? 

Estudiantes : la literatura humana es una selva sin 
fin, infestada de felinos traidores, de reptiles ponzo- 
ñosos, de insectos que os disecarán si caéis, de pan- 
tanos donde acecha la fiebre. Y preñada de paisajes 
magníficos, sí. Leer es viajar. No emprendáis el viaje 
sin conoceros, sin vigorizar vuestras almas. Hay co- 
marcas maravillosas de donde no se vuelve. Sabedlo 
a tiempo. 

Estremece esta idea: que la moral se aprenda en 
los libros. Los libros de moral son libros que mandan. 
Y los libros no deben mandar, porque son de ayer. 
No coloquéis en el pasado vuestros jefes, sino en el 
futuro. Decid al libro: «cuando vivías realmente, 
cuando naciste para proclamar algo nuevo, no eras 
moral, eras inmoral. Religioso, al fundar tu secta 
fuiste hereje. Político, al reclamar más libertades 
fuiste revolucionario. ¿A qué me enseñas? ¿A obede- 
cer? ¿Por qué no obedeciste? ¿A mandar? ¿Por qué 
entonces me mandas? 

k 



Rafael Barrett 50 

El ideal sería ¿no es cierto? obedecernos y man- 
darnos únicamente a nosotros mismos. El deber su- 
premo no es ser como otros fueron, sino ser como se 
es. Lamentable cosa: encontrar ya escrito lo que ha- 
bremos de hacer y de pensar. Tan absurdo es orde- 
nar a un individuo libre como a una máquina. El uno 
no hará caso, puesto que es libre; la otra no necesita 
que la ordenen, si está construida para la faena que 
de ella se exige, y si no lo está, ordenarla es inútil. 
Las máquinas funcionan solas, o no funcionan de nin- 
gún modo. Las máquinas no *»yen a nadie, y los seres 
libres no oyen sino la voz interior. 

Hemos eliminado de la enseñanza — casi — la tradi- 
ción religiosa. Aun nos entorpece la didáctica de los 
deberes civiles, de los prejuicios sobre la propiedad 
y el Estado. En cuanto a los sentimientos fundamen- 
tales — sería monstruoso, por ejemplo, tener que en- 
señar a las madres el amor a los hijos. El verdadero 
maestrp no enseña más que hechos; su triunfo es des- 
pertar en sus discípulos el sentido crítico. El verda- 
dero maestro no enseña la certidumbre; enseña a du- 
dar. Sólo en la duda la conciencia propia alcanza su 
máximo; sólo en la duda se mueven las energías in- 
ternas, es decir, las que merecen salvarse. 

Ahora se ensaya una moral científica. Durkheim y 
Lévy-Brühl la desarrollan. Pero no la atribuyamos a 
otro carácter que el descriptivo, Lévy-Brühl ha es- 
crito una « Ciencia de las costumbres ». Estudiar las 
costumbres del hombre como las del castor — muy 
bien. — Sin embargo no es en el libro de Lévy-Brühl 



51 La moral y la ciencia 

donde están mis sueños, mis deseos, mis victorias, 
mis fuerzas, mi destino. Los «míos» ¿comprendéis? 
« Yo » no me casaré para restablecer la cifra media 
en la estadística anual de los matrimonios. El poder 
de que dispongo contra las leyes sociales es más sa- 
grado, que el poder de cumplirlas. 

La ciencia es una ventaja enorme. La ciencia es 
una luz en una encrucijada. Mas no es lo mismo ilu- 
minar los diversos caminos que echar a andar por 
uno de ellos. La ciencia es lo impersonal, lo objetivo, 
lo que hay de mecánico en el mundo. Para la ciencia 
no hay « escala de valores ». El microbio es lo que el 
astro, el placer lo que el dolor, la vida lo que la 
muerte: fenómenos. Todo está en un plano idéntico; 
la ciencia no tiene espesor ni claro obscuro. Mi espí- 
ritu en cambio es una jerarquía. Si prefiero suici- 
darme ¿con qué me detendrán? ¿Con un argumento 
biológico? 

¿Experiencia? Sí. Hay dos experiencias; la exterior 
que construye el edificio científico, y la interior, la 
del c yo > incomunicable. La ciencia del exterior es 
la lógica de los casos iguales; « yo » soy un caso que 
no se repetirá nunca y mi gobierno será «mi» cien- 
cia interior — o sea la sabiduría. La sabiduría es lo 
que me importa en primer término: ser no lo que la 
ley me mande, sino lo que soy. 

Y si a ser lo que se es llaman rebeldía — tanto 
monta! 



EL DUE LO 

ReparaciÓD por las armas... Es opinión antigua 
que los aparatos de destrucción son útiles, que la 
muerte sirve. El honor, como los dioses, necesita san- 
gre. Vivimos de la opinión ajena, y el público es 
cruel; exige espectáculos de circo: gladiadores. Nues- 
tra virtud, por otra parte, resulta de la corrupción de 
los demás. Si el último de los granujas asegura que 
he asesinado a mi madre, todos lo creerán, porque 
les /conviene y porque me odian. ¿Cómo desagraviar 
al monstruo omnipotente? ¿Cuál será el sacrificio ex- 
piatorio? Un cincuenta por ciento de suicidio: el 
duelo. 

Degeneramos no obstante. A esa fiesta, obligatoria 
en algunos ejércitos, acuden los íntimos. En París, las 
claras toilettes de las señoras la amenizan. Un gesto 
a lo Artagnan, una picadura en el antebrazo, saludos 
cordiales, y hasta otra. Pero hay quien toma la cosa 
en serio. Nada más divertido entonces que la desban- 
dada general de adversarios y padrinos. Un hombre 
resuelto a batirse de veras no lo consigue nunca. El 
siglo es práctico. 

¿Quién confía, ni por un instante, su fortuna al 
prójimo? En cambio confiamos la honra. Al principio 



Rafael Barrett 54 

los desafíos eran solitarios. El moro Tarfe no men- 
ciona testigos en su célebre cartel, da la hora y el 
sitio. «Ven y verás cómo habla el que delante del 
rey, por su respeto callaba». Después los cortesanos 
franceses llevaban un apoderado a dirimir los lances 
versallescos. Ahora urgen cuatro representantes, di- 
rector de combate, médicos, etc., y se dibuja la ten- 
dencia al Jury, al expedienteo, a la prudente burocra- 
cia. Ahogamos en tinta nuestro noble prurito de 
pincharnos. 

Todo se afea rápidamente. La humanidad atraviesa 
una edad ingrata. Conservábamos la bella costumbre 
del duelo, mezcla elegante de barbarie y de cortesía, 
de valor individual y de llamamiento al destino. Nos 
queda una parodia lamentable. Y lo terrible es que la 
injuria no ha perdido un adarme de su poder. 

No digáis que la injuria es la palabra; no hay pa- 
labra donde no hay pensamiento. La injuria a secas 
es un aullido, un grito de bestia. Y demasiado débi- 
les para oponer a la injuria el espasmo fulmíneo del 
coraje, no hemos aprendido aún a domesticarla bajo 
el influjo divino de la idea. 



PATRIOTISMO 



La idea de patria ha perdido mucho de su viru- 
lencia. Los Dioses, hace ya tiempo, se inclinaron al 
cosmopolitismo. Jesús fué mal hebreo. Se entendía 
con I03 gentiles, y hablaba de paz. Aseguraba que no 
era necesario ser judío para salvarse. La divinidad 
obraba así en defensa propia. Vinculada á sus tribus, 
fiadoras de ellas y obligada á batirse á su lado, su 
situación era comprometida. El pueblo elegido recibía 
más N palizas que ningún otro. Después de cada una, 
las explicaciones con Jehová se hacían penosas. Du- 
rante los siglos cristianos, en cambio, las naciones 
europeas no se destrozaban sin solicitar antes de un 
mismo Dios la victoria, y con la misma confianza. La 
Providencia ganaba siempre. Jugaba de banquero, no 
de punto; se había emancipado de las contingencias 
del patriotismo. 



El hombre ha seguido un método análogo. Si algún 
consuelo inducimos de la evolución, tal como nos la 
imaginamos, es el de la eficacia creciente con que nos 
sustraemos a las contingencias del mundo. Entre las 
veleidades de la atmósfera y la tibieza uniforme de 



Rafael Barrett 56 

nuestro hogar hemos puesto un vidrio inteligente. Las 
tormentas no suelen estorbar la celeridad serena de 
nuestros viajes. Nuestra sangre de animales privile- 
giados nos da el ejemplo : haga frío ó calor, se man- 
tiene en sus treinta y siete. Bueno es, por no morir, 
adaptarse al medio externo : mejor es subsistir sin 
adaptarse, en la afirmación soberana de un destino 
propio. Hemos vuelto estas armas contra los mismos 
Dioses, cuyo capricho nos hemos negado á padecer. 
No les hemos suprimido : les hemos delimitado. Les 
hemos cerrado la puerta. 



Estamos ahora delimitando la naturaleza, pero no 
para librarnos de ella, sino para circunvenirla. No re- 
nunciemos a la finalidad. Antes era celeste. Hoy es 
terrestre, y pensamos cumplirla mediante la ciencia. 
Lo deseable nos parece lógico. No nos desanimemos. 
El patriotismo es un molde muy chico para nuestro 
futuro. Porque al delimitar la naturaleza nos homo- 
geneizamos. El patriotismo es la división. No vence- 
remos desunidos. 



El dualismo, la oposición qus es base de la vida, se 
va dibujando según perspectivas nuevas. 

Se polariza la humanidad, atenta á juntar sus es- 
fuerzos. Quiere cautivar las energías naturales, y no 
es un grupo quien ha de conseguirlo. Ni una raza. 
I Ay de los que cultivan el patriotismo blanco 1 Los 
j aponeses nos han convencido de que también los 



57 Patriotismo 

amarillos son hombres. Los que manejan con tanta 
habilidad los cañones pueden manejar igualmente 
aparatos de mayor trascendencia. 



La especie humaüa frente al universo físico: he aquí 
el cuadro. La ciencia es indispensable. Todos somos 
sagrados para el porvenir. 

¿Pero qué es una ciencia nacional? Una mentira. 

¿ Conocéis la química francesa, la astronomía ale- 
mana ? La química y la astronomía nos pertenecen a 
todos; han sido creadas por la unanimidad, y para la 
unanimidad. 

Si la ciencia no es una, no es ciencia. En esto se 
asemeja al amor. Y si la ciencia es el instrumento, el 
amor es el impulso. Separad la ciencia y el amor, y 
los destruís. Todavía explotamos á los débiles. Mien- 
tras no los amemos y los levantemos hasta nuestra 
frente en un beso hermano, la ciencia está amenazada. 
Sólo una cosa matará a la ciencia, el odio. Estrangu- 
lemos el odio. 

No: la ciencia se encargará de aniquilar al odio. 
Concluirá con el patriotismo porque lo específico del 
patriotismo es el odio. 

Un patriotismo que no odia al extranjero no es pa- 
triotismo, es caridad. Y una caridad que se detiene 
en las fronteras no es más que odio. 

Amad vuestra tierra, y también la ajena. Amad 
vuestros hijos y también los ajenos. Admirad los hé- 



Rafael Barrett 58 

roes de aquí y£de allá. Y no admiréis los héroes ase- 
sinos, aunque sean de aquí. 

Pero si no amáis sino lo vuestro, no amáis, odiáis. Y 
mientras odiéis estaréis privados de la ciencia, y frente 
a la realidad sombría no seréis más que miserables 
fantasmas. 



MÁS ALLÁ DEL PATRIOTISMO 



Nos parece grande el hombre que arriesga su vida 
por salvar la ajena. Comprendemos que hay cosas su- 
periores a la vida material. Cada vez que un acto 
afirma y demuestra esta superioridad, nos sentimos 
tranquilizados, y como consolados de las incertidum- 
bres permanentes que nos rodean. El ejemplo de sa- 
crificio nos reconforta en lo más esencial de nues- 
tro ser. 

El hombre que se sacrifica por su hijo, por su com- 
pañera o por su padre no es tan grande como el que 
se sacrificó por un desconocido. En la familia hay mu- 
cho nuestro. Al defenderla defendemos en parte lo 
nuestro. Defender y amar lo completamente ajeno es 
sublime. 

El patriota perfecto no solamente sacrifica su per- 
sona, sino su familia; Guzmán el Bueno inmola a su 
propio hijo. La patria, para él, estaba antes que él y 
antes que la carne dé su carne. ¡Generosidad magní- 
fica! 

¿Por qué? 

Porque la patria es más indeterminada, más exte- 
rior que la familia. Porque la patria es más ajena que 
la familia, y lo magnífico es defender y amar lo ajeno. 



Rafael Barrett 60 

Y como hay algo más ajeno que la patria, es decir, 
las otras patrias, es magnífico en extremo defender y 
amar las otras patrias como la propia, y sacrificar la 
patria en beneficio de la humanidad. 

Por eso debemos amarnos, como hombres que so- 
mos, mientras este amor aparente no nos conduzca a 
odiar al prójimo. Debemos amar la familia mientras 
este amor no nos conduzca a odiar la comunidad her- 
mana en que vivimos, y debemos amar la patria mien- 
tras no odiemos a la humanidad. 

Que para el círculo de nuestro amor no haya fron- 
teras. Que sea nuestro amor infinito como el cielo; 
que nada ni nadie sea desterrado de él. 

Y si hubiera otra alma más alta y más profunda, 
que en su seno misterioso abrazase el alma de la hu- 
manidad misma, el acto supremo sería sacrificar lo 
que de humano hay en nosotros a la realidad mejor. 

Pero esa alma más alta y más profunda existe. Es 
el alma de la humanidad futura, 



EC©£¡ 



EL ANTIPATRIOTÍSMO 



El día que no se practique la guerra, se habrá de- 
bilitado la idea de patria. Tendremos siempre razones 
de matar o de morir, pero la patria habrá dejado de 
ser una de ellas, y en la perspectiva de la concien- 
cia habrá pasado al segando término. Respetar la vida 
propia y ajena en absoluto, creer que nada vale la 
pena de sacrificarla, sería una irremediable degrada- 
ción de la humanidad. Sería perder el vivificante 
contacto con la muerte. Declarar a la muerte- inopor- 
tuna por esencia, declararla mala y enemiga sería 
cegar las más profundas fuentes de perfección. No se 
suprimirá pues la guerra por sensiblería de mujer 
que se desmaya si ve sangre, sino en virtud de un 
razonamiento trascendentalmenté utilitario. Acabará 
la guerra como empezó y se hizo en la historia: vi- 
rilmente. La diosa patria, lo mismo que los demás 
dioses, caerá, cae. bajo el peso sutil de la crítica. El 
antimilitarismo es la forma actual del antipatriotismo. 
Se empieza a comprender que la guerra es un pésimo 
negocio social, y la patria una firma de crédito fic- 
ticio. 

Las armas se han vuelto demasiado eficaces. Que 
perezcan por millones los soldados, y se despilfarre 



Rafael Barrett 62 

por miles de millones el tesoro público, aparecerá 
cada vez con mayor evidencia, sea cualquiera de los 
combatientes el que triunfe, una pérdida inevitable y 
necia para los dos y para el resto de la colectividad; 
un acto demente. Antes no lo era. Antes la guerra 
servía para abrir el comercio, mezclar y equilibrar 
las razas, arraigar los ideales religiosos, preparar la 
cultura; hoy la imprenta, el ferrocarril, el vapor y el 
teléfono hacen eso mucho mejor. Antes era la guerra 
algo previsto y habitual, un oficio casi apacible, de 
pocos riesgos y de aceptables rendimientos para los 
enganchados. Hoy, ya ruinosa por sus preparativos 
en tiempo de paz, se manifiesta como un cataclismo 
más propio de las épocas primitivas de la geología 
humana que de la delicada, precisa y compleja orga- 
nización moderna. 

Es claro que este sentimiento de perjuicio, de asunto 
equivocado, de quiebra ineludible, no afecta primero 
a los generales que huyen el cuerpo y se engríen con 
cintajos, ni a los proveedores del ejército y de la ar- 
mada, ni a los banqueros que lucran en la bolsa de 
la matanza y de las noticias impostoras, ni al enjam- 
bre de piratas de peor estofa que viven de los cadá- 
veres y de la desolación como los buitres. Son la mi- 
noría. Los convencidos, los que a la fuerza ven claro, 
son los desposeídos y arreados al matadero, los que 
nada sacan de la siniestra rapiña, los que sin espe- 
ranza de botín, sin bella visión de la batalla ni divi- 
nidad que desde los cielos les ayude, van a que les 
machaquen la carne en el fondo de un agujero inno- 



63 El antipatriotismo 

ble, aplastados por las masas de metal que les envía 
una maquinaria invisible: Éstos son la mayoría. Éstos 
van siendo los mayores. 

Si fuera por las bayonetas con que aun les podéis 
picar las espaldas, ¿con qué argumentos les arranca- 
ríais a su tranquilo trabajo? ¿A qué concepto, a qué 
emoción apelaríais? 

— La patria lo quiere, les diríais tal vez. 

— ¿Qué es la patria? preguntará el proletario. ¿Es 
el templo? Está vacío. ¿Es la ciencia? No tiene fron- 
teras. ¿Es la fortuna? Suele estar del otro lado de 
los mares. ¿Es mi linaje? Las castas se confunden 
pacíficamente. ¿Es la tierra? No es mía. No eres tú 
mi compatriota, sino el proletario de la nación ve- 
cina. Deseáis mi vida para salvar no la patria, que 
habéis inventado, sino vuestra propiedad. 

«Soy francés, porque han escrito mi nombre en un 
papel. Me dices que Alemania me ha insultado, que 
debo vengarme. Si no me lo dijeras, nada sabría. Os 
habrán insultado a vosotros. Véngaos con vuestros 
propios recursos. No exijáis que defendamos vuestros 
bolsillos, repletos del oro que nos quitáis. Nuestros 
intereses no son comunes. ¿Y qué es Alemania? No 
hay Alemania, no hay más que alemanes. No sé qué 
alemanes me han insultado, pero estoy cierto de que 
no ha sido ninguno de los millones que como yo aran 
el campo en que ni siquiera nos enterrarán. ¿Que 
vienen, que invaden el país? ¡Pobres hermanos nues- 
tros en esclavitud I Vienen espoleados por el terror, 
y aterrado marcharé yo contra ellos.» 



Rafael Barrett 64 

Hervé, el famoso antimilitarista francés, se ha le- 
vantado en el último congreso socialista de Stuttgart, 
y ha exclamado- sencillamente: «Nuestra patria es 
nuestra clase ; no hay patria más que para las gentes 
que comen bien». 

¿Qué contestar? ¿Qué hacer? Lo de costumbre, 
meter en la cárcel a Hervé de cuando en cuando, y 
apedrearle desde la prensa conservadora. Entre tanto, 
como las sectas nacientes se nutren de la persecu- 
ción, los conscriptos escupen la bandera en los cuar- 
teles y los regimientos desertan cuando se les manda 
hacer fuego sobre los ciudadanos. 

La segunda conferencia de La Haya ha fracasado 
lastimosamente, como era de prever ante su programa 
más reducido y cobarde que el de la primera. Un 
Hervé no fracasa. En primar lugar está solo, además 
es un hombre. No llegaremos a la violencia de len- 
guaje de Quelch, que ha dicho: «La conferencia de 
La Haya es una asamblea capitalista... reunión de 
ladrones y de bandidos. No tiene otro objeto que po- 
nerse de acuerdo para, buscar los medios de reducir 
los gastos de sus robos y bandolerías». Reconozca- 
mos, no obstante, que los apreciables delegados son 
ricos, es decir, insensibles; han empleado la existen- 
cia en pelear, intrigar, lucirse en ios salones. No tie- 
nen noción de las verdaderas necesidades modernas; 
no sospechan las corrientes subterráneas que empu- 
jan a un Hervé. No son hombres, son correctos muñe 
eos. No harán jamás nada. Los que lo harán todo son 



65 El antipafriotismo 

los humildes que protestan. La modificación de la 
idea de patria y la paz universal constituyen una 
revolución extraordinaria. Como todas las revolucio- 
nes irresistibles, vendrá dé muy abajo. 



EL flNTICRIS TO 

Según la estimable profecía de San Malaquías nos 
quedan — si mal no recuerdo — dos o tres Papas sola- 
mente después de Pío X. El siglo XX verá el fin del 
mundo, y es probable que el Anticristo haya nacido 
ya. Noticias de Rusia nos hacen creer que nació en 
Chahileff — telegramas posteriores comunican Mohi- 
leff — y que fué asesinado a los dos años. Cuarenta 
campesinos, en efecto, se pusieron de acuerdo contra 
un niño de esa edad, acusado de perder las cosechas. 
No podía ser otro que el Anticristo ; su mismo padre 
estaba convencido de ello, y consintió en el crimen. 
Los tribunales han absuelto a todos menos al insti- 
gador. 

Se menciona la justicia divina y la humana, lo 
cual es demasiado simple; hay muchas justicias divi- 
nas, puesto que hay muchos dioses; y muchas justi- 
cias humanas: la francesa, la sajona, la turca, la 
china... la de los viejos y la de los jóvenes. Si eje- 
cutáis un acto a la derecha de un río, os ahorcarán; 
si lo ejecutáis a la izquierda, os darán la cruz de la 
legión de honor. La iglesia infalible quemó ayer a 
Juana de Arco ; hoy la canoniza. Se es santo ó hereje 
por razones locales. En el tenebroso drama de Chahi- 



Rafael Barrett 68 

leff — ó de Mohibeff — obró la justicia rusa de 1909 
una justicia enderezada a castigar las iniciativas' 
sean las que fueren, y a perdonar las obediencias 
gregarias, aunque lleven el rebaño a la más negra 
bestialidad. Treinta y nueve idiotas obedecieron y 
mataron; el padre del Anticristo consumó lo que ha- 
bía comenzado el buen Abraham. Paz a ello y gue- 
rra al que fué visitado por la idea, al que reveló las 
causas ocultas. Lo que no se tolera en Rusia — ni en 
tantas académicas regiones — es la imaginación. 

¿Era indispensable una imaginación excesiva, pre- 
guntaréis, para atribuir las malas cosechas a un niño 
de dos años, y para ver en él al Anticristo? Cuando 
la ciencia calla, los profetas truenan. Los sabios no 
se explican las malas cosechas, puesto que no se ex- 
plican por qué cambia el tiempo, ni son capaces de 
asegurar si mañana lloverá, o refrescará, o venteará, 
o lo contrario. Desde hace centuria y media un ejér- 
cito de observadores infatigables toma día y noche, 
en miles de puntos esparcidos sobre el haz de la 
tierra, presiones humeantes y temperaturas. De esa 
mole abrumadora de números no se ha sacado nada 
decisivo en limpio; de ese caos de diagramas no se 
ha destacado la curva única; sello de la ley. Estamos 
como en la época de los caldeos; nos consta que en ve- 
rano hace más calor que en invierno, pare usted de 
contar; los meteorólogos siguen midiendo y apuntando. 
Si se les objeta que acaso no haya ley en la vida de 
los aires, se encogen de hombros y tornan a su vasto 
tejer y destejer -¡Ahí su fe es robusta. «Esperad un 



69 El anticristo 

poco, nos dicen, la ley aparecerá» ¿Un poco? ¿Cuánto? 
Los que necesitan comer diariamente a dos carrillos 
el pan de la evidencia, los que pretenden vivir antes 
de morirse no esperan con tanta resignación. Detrás 
de los granizos, las heladas y los huracanes están 
Satanás, Gog, Magog y el Anticristo. Algo claro, con- 
tundente y poético. 

¿El Anticristo, ese niño de dos años? ¿Quién sabe 
cuándo se empieza a ser Anticristo? Los niños son 
maravillosos, sobre todo mientras no han aprendido a 
hablar; su carne pura conoce tal vez lo venidero: su 
grasa es principal ingrediente de las brujerías; dícese 
que su sangre cura la lepra. Cristo era ya milagro 
antes de que la luz lo besara. Cristo Anticristo; Anti- 
cristo, Cristo; si hemos sacrificado al uno, imagen de 
la inocencia ¿nos enfureceremos con los que han sa- 
crificado al otro? Quizá era inocente también... 
Jehová exigía corderos perfectos, corderos sin man- 
cha para el holocausto. Siempre que los hombres se 
convierten en fieras, una divinidad siniestra los pre- 
side. ¿Cómo descubrieron los asesinos al Anticristo 
en su víctima? No os imaginéis que el niño era un 
monstruo, no; un monstruo entre monstruos se hu- 
biera salvado. Sin duda era bello como una flor; sin 
duda sus ojos venían del paraíso y ponían en torno 
suyo una caricia sobrenatural. La madre, miserable 
esclava, habrá pensado: «No es posible que mis en 
trañas de dolor hayan engendrado un ángel. Un men- 
sajero tan divino tiene que ser el demonio» y las 



Rafael Barrett 70 

cosechas se perdieron, y los patriarcas de la tribu 
degollaron al niño. 

¡Santa Rusia! Fuiste ortodoxa y absolviste. ¿Acaso 
no te dedicas tú a la misma tarea, a matar Anti- 
cristos? Pero el Anticristo es intangible. Czar, te pa- 
sará lo que a Herodes; todo sucumbirá a tus furias 
menos el Elegido, y tu hacha, lejos de herirle, le 
allanará el secreto sendero hasta tu trono. Cuando 
suene la hora, un puñal sin manos escribirá sobre tu 
pecho la sentencia ignorada. 



bC@(jei 



EL REVOLVER 



La campaña, donde el hombre aislado no dispone 
de otra energía que la suya propia, exige el uso del 
revólver para relacionarse con los bandidos y con las 
fieras. Son allí oportunos igualmente los instintos pri- 
mitivos que, como la crueldad y la astucia, encerra- 
mos todos en cantidad distinta, y envidiable también 
la finura puramente animal del oído y del olfato. 

Cuando se formaronx grandes centros, en que a la 
natural placidez de las costumbres se añadieron la 
cortesía inherente al juego social y el establecimiento 
de la policía y de los juzgados, se debió esperar que 
el revólver sería sólo indispensable a los viajeros, a 
los comisionistas, a los exploradores, a los miembros 
del ejército y de la marina y a los asesinos. 

No resultó así. Cada cual lleva por nuestras calles 
cinco vidas ajenas en un bolsillo del pantalón. El es- 
tudiante, el empleado inofensivo no podrán comprarse 
un reloj, pero sí un revólver. Los jóvenes chic dejan 
en el guardarropa de los bailes su Smith al lado del 
clac. Señores maduros van con una artillería de mari- 
dos engañados o de conspiradores a leer al club su 
periódico preferido. Abogados, médicos y quizá mi- 
nistros de Dios se arman cuidadosamente al salir de 



Rafael Barrett 72 

su casa. Se respira un ambiente trágico. Se codean 
héroes. 

Mezclado familiarmente a la existencia diaria, el re- 
vólver es el remate ele las disputas, un gesto casi le- 
gítimo, un argumento, y sirve para poner con balas 
los puntos sobre las íes. 

Se le respeta tanto más cuanto que rara vez hiere 
a quien apunta. Su mérito consiste en que es torpe 
como la Providencia, y en que convierte una cuestión 
particular en un riesgo público. Este instrumento loco, 
dócil a la fugitiva presión de un dedo, es el que pre- 
fieren los impulsivos, el favorito de las mujeres y de 
los incapaces de dar una bofetada. Según se ha dicho 
profundamente, iguala á los adversarios. Entrega la 
fuerza, la salud y el equilibrio al espasmo histérico 
de un enclenque. 

Tiene otras ventajas. Amenaza perpetua, mantiene 
el miedo entre los ciudadanos. La razón calla para 
que no la ametrallen. La calumnia, segura de no ser 
agredida, corre al aire libre. Las polémicas periodís- 
ticas se transforman en prudentes colecciones de in- 
sultos a distancia. El jurado se enternece con el re- 
vólver, y arregla benévolamente los casos desgracia- 
dos. Así se conserva una pacífica depresión moral. 

Creo que hay disposiciones contra las armas de 
fuego. Pero el rigor de las leyes reside en su cumpli- 
miento, y no en la letra. Los tribunales respetan el 
derecho de propiedad, que se confunde, por lo que 
atañe al revólver, con el derecho a que nos fusilen. 



LA NUEVA RELIGIÓN 



El siglo es ateo, pero lleva camino de creyente como 
ninguno. Hay que pensar muy por encima para creer 
realmente vacío ese cielo donde vivieron Venus Ura- 
nia y el divino verbo, y en donde no hemos dejado 
más que distancias y números. Al asesinar los dioses 
no se ha tocado la fe. Estamos en la aurora de una 
religión nueva, con sus milagros y sus sacerdotes, sus 
mártires y sus inquisidores, de una religión que nos 
toma en la cuna, reglamenta nuestra vida y nuestra 
moral, legisla sobre nuestra muerte y comienza a pro- 
meternos una extraña inmortalidad. 

Nuestro amor, nuestra esperanza, nuestro consuelo, 
todos los sentimientos que engañan la debilidad y la 
incertidumbre, dándonos la ilusión de ser la honda 
cuando somos la piedra, están puestos en la impene- 
trable realidad que nos circunda, en ía sombra de 
donde emergen una a una las divinidades amigas del 
hombre. El hombre ha aprendido en esa realidad 
muda hasta hoy que el inmenso porvenir está de par 
en par abierto para él. Viene de la oscuridad, pero 
marcha a la luz, y nada puede detenerlo. No ha sido 
lanzado del Paraíso, pero está construyéndolo como 
dueño y señor futuro. No es hijo de Dios, pero va a 



Rafael Barrett 74 

ser Dios. Su fe, cansada de errar por todos los fir- 
mamentos y de arrastrarse ante todos los altares y 
de prostituirse ante todos los monstruos, ensangren- 
tada de tantos sacrificios inútiles, manchada de tantos 
crímenes, traicionada y desengañada, vuelve a la 
fuente viva donde verdaderamente no había salido, 
al corazón que no se cansa de creer y de esperar. EL 
hombre por fin cree y espera en sí mismo; como San 
Ignacio de Loyola, dice que < ha nacido para sal" 
varse », mas quiere ser su propio salvador, y escribe 
al frente de cada edificio y de cada libro: «Hágase 
mi voluntad en la tierra». 

Oreemos en la ciencia. Mediante ella, que es la ex- 
presión de nuestro esfuerzo, hemos arrancado a la 
Esfinge el óleo sanador de enfermedades horribles, 
hemos gritado el « levántate Lázaro » a espectros des- 
posados con la muerte, y es ella lo que las madres 
adoran en la frente del médico inclinada sobre un 
niño que sufre; mediante ella volamos sobre los con- 
tinentes, con las alas y el aliento del vapor, como 
ángeles anunciadores, y marchamos sobre las aguas 
como el apóstol; mediante ella lanzamos nuestro 
pensamiento, como una buena nueva, por los hilos 
del telégrafo, prolongación de nuestros nervios; me- 
diante ella hacemos el eterno milagro de suprimir la 
distancia y el tiempo, y de multiplicar el alimento y 
la vida. Hemos ascendido a las desoladas alturas del 
espacio, y hemos bajado también a las entrañas de la 
tierra, donde el hierro y el oro esperaban nuestro ad- 
venimiento. La imprenta predica cada día los signes 



75 La nueua religión 

de la redención, y las masas de los desheredados pide 
la palabra y la enseñanza. El obrero reclama pan al 
czar, pero también instrucción. La escuela es el tem- 
plo. Ya no se espera la salvación más que de los 
gabinetes y de los laboratorios, claustro donde la di- 
vinidad se manifiesta a sus elegidos. Allí se sacrifica 
el pensamiento y a veces la sangre. Se experimenta 
en los hospitales sobre víctimas amordazadas por el 
cloroformo; el sabio busca la felicidad, como el sal- 
vaje, entre entrañas descuartizadas. Él mismo se in 
mola. Exploradores se suicidan en el Polo. Un émulo 
de Santos Dumont se despeña. Fournier se inocula la 
sífilis. El ofrecimiento de Abraham es aceptado. 

Estamos convencidos de que el Universo es nuestro 
cómplice, de que jamás encontraremos en el fondo de 
una retorta nada que nos disminuya. El maná es ina- 
gotable, y eL abismo se abrirá para dejarnos paso. 
Sin esa fe la ciencia sería imposible. Para hacer algo, 
hay que estar seguros de poder conseguirlo todo. 
¿Cuándo hubo más fe que ahora? «El descubrimiento 
de una inesperada propiedad de la materia, dice 
Maeterlinck, análoga a la que acaba de revelar las 
desconcertantes virtudes del radio, puede conducirnos 
directamente a las fuentes mismas de la energía y 
de la vida de los astros; desde ese momento la suerte 
del hombre cambiaría, y la tierra, definitivamente 
salvada, se haría eterna. A voluntad nuestra, se acer- 
caría o se alejaría de los focos de calor y de luz, 
huiría de los soles envejecidos y buscaría fluidos, 



Rafaet Barreti 76 

fuerzas y vidas insospechadas en la órbita de mundos 
vírgenes e inacabables.» 

Esa fe impone una moral, una higiene que tiene sus 
fanáticos. El célebre Wells desarrolla un programa 
que equivale a las tablas de la ley de la religión 
nueva. Así como los judíos reglamentaban sus naci- 
mientos, así la ciencia dispondrá del amor y de la 
vida, conformándolos a un plan inexorable. La raza 
humana se someterá a una selección científica. « Hay 
que poner a raya la procreación de tipos bajos y ser- 
viles de almas pusilánimes y cobardes, de todo lo que 
e3 mezquino, feo y bestial en el alma, en el cuerpo o 
en las costumbres del hombre. » ¡Terrible circuncisión 
de la especie! En esa inquisición de existencias in- 
creadas ¿dónde se detendrá la ciencia? Wells res- 
ponde: «Hace falta llamar a la muerte en auxilio de 
la humanidad ». 

Esa ciencia, sentada al lado de nuestra cuna vacía 
aún, hace retroceder a la vejez y desafía a las tum- 
bas como el Cristo. Metchnikoff declara que morimos 
a causa de una especie de parasitismo, de una flora 
microbiana, cuyos efectos se pueden combatir, alar- 
gando la vida y aliviándonos de los achaques de la 
senectud. Y la inmortalidad, suprema ambición del 
pensamiento, empieza otra vez a dejar de ser un ab- 
surdo (1). 



(I) En los originales siguen algunas líneas que no hemos po- 
dido descifrar bien y que omitimos temerosos de traicionar las 
ideas del autor. - Nota del Editor. 



MASCARAS 

El carnaval no muere. Necesitamos los latinos, to- 
dos los años, algunos días de abandono, en que no 
hacemos quizá locuras, aunque podríamos hacerlas; 
una rápida estación de libertad. Necesitamos periódi- 
camente evadirnos de nuestras convenciones, miedos 
y manías sociales; borrar el «usted» y la mesura y 
la prudencia del lenguaje; desfigurar las vestiduras y 
las costumbres; volcar una abigarrada paleta sobre 
los grises tonos cotidianos y quebrar una ola de gri- 
tos sobre el run-run monótono de la existencia. Ne- 
cesitamos descansar un instante de nuestras pesadas 
armaduras y costras; desnudarnos y olvidar. Pero in- 
capaces de huir hacia arriba, huímos hacia abajo; in- 
capaces de salvarnos por el lado sublime de nuestra 
naturaleza, nos escurrimos por el lado grotesco. 

Nos disfrazamos. Nos ponemos como dice Shakes- 
peare, «una máscara sobre otra», no para ocultar 
nuestros pensamientos, sino para libertarlo. Debajo 
de la máscara de cartón soltamos disimuladamente la 
máscara de nuestro rostro, la auténtica, la que nos 
duele. El antifaz es el escudo; detrás de él desenvai- 
namos la clara espada de la certidumbre. El antifaz 
nos permite dar bromas terribles a lo;- amigos ¿qué 



Rafael Barrett 78 

broma más terrible que la verdad ? Nos enmascara- 
mos igual que muchos se emborrachan para volver a 
la verdad, para clamarla en medio de la calle o para 
murmurarla a un oído, siquiera una vez en doce 
meses. 

Confiesa Flaubert en sus cartas que no se miraba 
nunca al espejo sin estallar la risa. Risa amarga de 
genio romántico ante su efigie exterior de solterón 
burgués. ¡Triste suerte la de no parecemos a nos- 
otros mismos, la de encerrar nuestros hermosos sueños 
en una carne «desmayada y bajá»! Ya que es preciso 
gastarnos, suspira el poeta, gastémonos noblemente. 
¿Cómo gastarse noblemente? ¿Cómo gastarse noble- 
mente en el seno de una sociedad innoble? ¿Cómo 
adquirir, en el caso, la belleza de las ruinas, la altiva 
languidez del pasado heroico? Al esculpir nuestro es- 
píritu en los rasgos de nuestra fisonomía, esculpimos 
nuestro egoísmo y nuestro terror y nuestros vicios 
crecientes. Artistas del mal con nostalgias del bien, 
apenas asoma a nuestra faz un resplandor fugitivo del 
ideal imposible; en ella, en la máscara horrible de las 
caras marchitas, retratamos todas nuestras cobardías 
y desilusiones olvidadas. Máscara cruel que revela lo 
despreciable y esconde lo santo. 

¡Gastarse noblemente! ¿Quién lo sabe? La máscara 
de la vejez lo niega, de esa vejez que no perdona a 
los más grandes, a los más generosos, vejez idéntica 
a la que anticipan la agitación del juego, la llama del 
alcohol y la disolución de la lujuria. Una ráfaga de 
misterio refresca la juventud en flor; lanzaos al com- 



Máscaras 

bate con el más elevado de los designios en el alma, 
y pronto sentiréis la repugnante intrusa mancharos y 
arañaros el cuerpo y la piel resquebrajarse como el 
lodo resecado. La sonrisa del triunfo ahondará vuestras 
lúgubres arrugas. Gladiadores de la luz, veréis una 
sucia sombra devorar vuestras frentes. Acabar y des- 
vanecerse no es nada; lo intolerable es acabar en lo 
repulsivo, desvanecerse en la podredumbre. 

¡Vejez, máscara siniestra de la muerte! El Universo 
inhábil no acierta a crear lo inmortal. El destino se 
ensaya; somos en sus manos flechas sin empuje bas- 
tante; estamos condenados a inclinarnos y a ir a la 
tierra. ¿Por qué no disociarnos en gloria, al estilo de 
las moléculas que estallan, por qué no arder en la altura 
semejantes a los astros en conflagración, por qué, ya 
que hay que hundirnos en la noche, no desaparecen 
los mejores de los nuestros en un espasmo ardiente y 
puro? No; son todavía necesario el asco y la náusea. 
La fealdad pegajosa de las agonías es el cansancio 
del mundo. 

Máscaras de la muerte y de la vida ¿ quién os 
descubrirá? ¿Quién medirá lo que debemos esperar ó 
temer? ¿Quién os perseguirá por los caminos de ti- 
nieblas? Hemos dado algunos pasos, y hemos caído 
de rodillas en la ribera. Más allá, la negrura a donde 
no alcanzan los ojos ni los lamentos. 

Disfracémonos. Por ridicula o espantosa que sea la 
careta, nos aliviará. Nos figuraremos que nos quitan 
la otra. 



LA CORTESÍA 



Las construcciones primitivas encierran una enorme 
cantidad de materia inútil. Hay demasiada piedra en 
las pirámides. La columna, el arco y la ojiva fueron 
espiritualizando la roca, y el hierro del siglo XIX ha 
sabido resumir, en el inenor peso, la mayor cantidad 
posible de inteligencia. La torre de Babel, levantada 
para desafiar a Dios, haría sonreír a los contempo- 
ráneos de la torre de Eiffel. 

Lo que ha ocurrido con la masa ha ocurrido igual- 
mente con la fuerza. Las máquinas antiguas nos sor- 
prenden por el derroche de trabajo malgastado. Son 
torpes y ruidosas. El progreso, más que en aumentar 
la energía total, reside en distribuirla mejor. Los fí- 
sicos se aplican a reducir los choques, las vibraciones, 
a los rozamientos que absorben sin provecho alguno 
la potencia disponible. Por eso los formidables meca- 
nismos modernos, avaros de su poder, son tan bri- 
llantes, tan rápidos y tan silenciosos. 

Sometidos a idéntica ley, los organismos vivos, al 
perfeccionarse, se vuelven más delicados, más ner- 
viosos, más hábiles. El hombre verdaderamente fuerte 
tiene también la maña, que es la sabiduría del músculo, 
y los pueblos, como los hombres, evolucionan apren- 



Raíae! Bsrrett 82 

diendo a economizar sus recursos naturales. Poco a 
poco, a medida que los fines se destacan, se decreta 
inmoral lo que no sirve, lo que disminuye el empuje 
total de la raza. Cuan se sabe a donde se va, se ve y 
se odia lo que estorba en el camino. Así el esfuerzo 
de la colectividad, orientado hacia el mismo punto, 
animado de la misma intención secreta, se sistematiza 
con la precisión y la armonía de una obra de arte. 

La cortesía es el aceite que suaviza los frotamien- 
tos inevitables de la máquina social. Traduce energía 
utilizada. He aquí porque aparece acompañando a la 
cultura de las naciones. Llega un momento en que se 
procuran evitar los irritantes y estériles conflictos de 
la menuda existencia diaria. La exageración se revela 
lo que es : una debilidad. Entonces se deja definiti- 
vamente a los incurables bárbaros dar gritos, asestar 
puñetazos sobre las mesas y agitarse sin término y sin 
causa. 



La cortesía, nacida de una necesidad presente, se 
ha ido convirtiendo, como tantas otras costumbres her- 
manas, en el símbolo de una necesidad futura, y la 
que representaba ayer medios de ahorrar un impulso 
fisiológico representa hoy sentimientos de solidaridad 
y de amor todavía irrealizables. Al cumplir las reglas 
mundanas afirmamos constantemente un ideal impo- 
sible. Las pasiones, bajo la elegancia y la serenidad 
de los modales, son más hondas y más despiadadas. 
Bajo la ornamentación de una cortesía uniforme, la 



83 Cortesía 

irreductible ferocidad de la especie se hace más trá- 
gicamente bella. 

Jamás parece tan admirable el valor como cuando 
está sometido a códigos caballerescos, porque sólo así 
surge esencialmente humano. Tal elemento estético 
resplandece en la famosa frase : Messieurs les anglais, 
tirez les premiers ! y en los duelos cortesanos del gran 
siglo. Sacada de la vaina suntuosa por una mano en- 
guantada de terciopelo, brilla la espada más poética- 
mente, al hendir el aire limpio de los jardines de 
Versalles. 

Si delante del enemigo la cortesía es heroica, de- 
lante de la mujer es deliciosa, y sublime delante de 
la muerte. Al caer Metz en las garras de Moltke se 
encontraron los heridos de Canrobert y de Lebceuf 
casi sin cloroformo. Los alemanes no quisieron darlo. 
Cuenta un cirujano francés que los oficiales mori- 
bundos rehusaban su parte de anestésico, para ofre- 
cerla á compañeros de armas que hubieran de soportar 
operaciones más dolorosas. A ese grado la cortesía 
transfigura la carne y reina sobre la fatalidad. 

Vive y vivirá un libro sagrado, el Quijote, que es la 
epopeya de la cortesía. Las aventuras imaginadas por 
el mendigo español nos enseñan á no concebir em- 
presa noble que no sea cortés, ni grosería que no sea 
insignificante. E! tipo del ingenioso hidalgo, inacce- 
sible al golpe de maza del destino y a la puñalada de 
la risa, no encarna el pasado grotesco de la caballería 
andante, sino el porvenir luminoso que cambiará las 
palabras embusteras de la cortesía actual en hechos 
fecundos. 



EL RETORNO A LA TIERRA 



Confiemos en que un haz de energías ocultas con- 
verja por fin a la inagotable creadora que las aguarda 
con paciencia inmortal. Máquinas, ciencia, músculos, 
todo importa; pero más que todo, el amor, sin el cual 
el mundo es una tumba. Que nuestras manos, al tra- 
bajar la tierra, la acaricien; Que nuestra huerta sea 
también un jardín. Que una bella historia habite en 
cada valle y cante en sus fuentes. 

La enseñanza profunda del siglo XIX es la de 
nuestra identidad con la naturaleza. Hemos descu- 
bierto que los fenómenos físicos obedecen a leyes, es 
decir, a fórmulas intelectuales. La realidad se encaja 
en los moldes de la razón, como la llave en su cerra- 
dura. Pero no es sólo nuestra inteligencia la que sobre 
la enorme y luminosa superficie del universo, se mez- 
cla con su propia imagen, parecidamente a esos an- 
chos árboles que hunden su follaje en los ríos, be- 
sando la sombra que tiembla sin cesar bajo las aguas; 
nuestra sensibilidad, nuestra carne perecedera y dolo- 
rosa se ha revelado hermana de la humilde carne de 
las bestias. La arquitectura de nuestros cuerpos se ha 
revelado la misma; el mismo nuestro oscuro origen 



Rafael Barrett 86 

y el juego de nuestros instintos; la misma, quizá, 
nuestra destinación misteriosa. 

Los mitos artificiales y provisorios que se interpo- 
nían entre la verdad y nuestro corazón, se han des- 
vanecido. Nos hemos despedido de muchas fábulas de- 
licadas, de muchas leyendas terribles; hemos renun- 
ciado a nuestro abolengo orgulloso y estéril. No so- 
mos ya hijos de los dioses. No está ya nuestra gran- 
deza en el pasado, sino en el futuro. No es de arriba 
y de lejos de donde nos viene la vida, sino que nos 
envuelve, nos abraza, nos penetra. Semejantes a las 
plantas, sentimos las partes elevadas de nuestro ser 
besadas y agitadas por el viento libre, al tiempo que 
nuestras raíces, largas y tenaces, nos atan siempre 
mejor a las tinieblas fecundas. Y he aquí por qué 
amamos la tierra más sólidamente, más lucidamente, 
más humanamente. 

Fuera de las ciudades, se manifiesta la estructura 
natural de nuestro organismo, enervado y descastado 
por la lucha social. Aislado, el hombre se vuelve 
hombre verdaderamrnte. Ante la paz de los campos y 
el silencio puro de las noches, cae de nuestros rostros 
crispados, la mueca ciudadana. El reposo consuela 
nuestras conciencias doloridas. Poco a poco, las cos- 
tumbres suaves de la edad primera nos devuelven la 
serenidad. Consideramos sin espanto los eternos pro- 
blemas que enloquecían a Hamlet. Aprenderemos que 
el alma tiene también sus estaciones ; desolados 
por el invierno, esperaremos en la graciosa primavera. 
Imitaremos a los sembrados de oro que ondulan al 



S7 El retorne a la tierra 

sol: sabremos revivir. El tronco añoso no cree nunca 
florecer por última vez. «Renovarse o morir > — dijo el 
poeta. —¿Pero morir no es renovarse? Retornemos a 
la madre tierra. 



s£B£a 



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EL PRÓJIMO 



Sin el prójimo, no nos daríamos cuenta de todo lo 
profunda que es nuestra soledad. 

La naturaleza nos concede más íntima compañía que 
nuestros hermanos; es más piadosa con nuestras ilu- 
siones. Nos deja hablar a solas, y a veces, nos de- 
vuelve el deseado eco de nuestros gemidos. Quizá por 
estar tan lejos de nosotros en la muchedumbre de sus 
formas extrañas, quizá por haber entre nosotros y ella 
una inmensidad vacía, consiguen nuestros sueños frá- 
giles sostenerse en paz sobre el abismo sereno y puede 
nuestra sombra alargarse sin obstáculo. Así acompa- 
ñaba Dios á los padres del yermo, y a Robinson en su 
isla, y se pasaba el genio sobre el aeda de Guernesey. 
Pero los hombres se tapan unos a otros. Son dema- 
siado semejantes, notas contiguas que disuenan La 
sociedad anonada las armonías en germen. Cada cual 
se siente enterrado vivo por su prójimo. 

La tesorería de Pitágoras, para las almas geomé- 
tricas, es un lazo social. Imaginan comunicar con Marte 
una noche, encendiendo sobre alguna planicie saha- 
riense las líneas de la clásica figura. No es lo difícil 
comunicar con Marte, sino con el prójimo. Queda la 



Rafael Barrett 



90 



palabra, las pobres palabras manoseadas por todos 
los siglos, prostituidas a todos los usos, las palabras 
apagadas y marchitas, las que cualquiera comprende 
y no son de nadie. Sirven para las almas parches, que 
porque retumban se figuran que existen. Existir es un 
secreto. Pensar es amordazarse. Cómo hemos de co- 
municar lo nuestro, lo que nos distingue ? No se co- 
munica sino lo que es común. 

Tragedia incomparable la de millones de seres se- 
dientos de imposible, condenados entre sí a estre- 
charse y desgarrarse sin poseerse nunca. Frutos pri- 
sioneros de una cascara dura como el diamante y 
opaca como el plomo, sólo por su muerte abierta y 
rota. No es el puñal ganzúa suficiente para la miste- 
teriosa puerta. No hay audacia que despegue la más- 
cara del rostro desconocido: juntos los arranca el negro 
zarpazo final que nos espera. Si no hubiera más que 
miedo, ira y odio en la comunidad, aun habría espe- 
ranza de unirnos al prójimo : inventaríamos el amor y 
la misericordia. Y no hay esperanza : la piedad in- 
sulta: después del delirio que aprieta contra nuestro 
seno carne tibia y adorada, comprendemos que la ba- 
rrera está en pie, que nos ha acariciado la esfinge sin 
cesar de ser esfinge, y que los gestos de la pasión son 
gestos de rabia. El rayo del amor ilumina la hondura 
del hueco jamás cruzado. Tristeza de los gritos inú- 
tiles, de los aldabonazos sin respuesta, de las ofrendas 
ajadas en los umbrales del cerrado templo. 

En las paredes de nuestra estrecha cárcel están pin- 



91 El prójimo 

tados el movimiento y la vida; sendas que huyen al ho- 
rizonte, sin fin, y el azul de los mares y de los cielos. 
En las paredes de nuestro calabozo está pintada la 
libertad. 



b£6BJs 



EL VULGO Y EL GENIO 



Dice Cuvier que la especie es una «colección de in- 
dividuos, que se parecen tanto más entre ellos cuanto 
menos se parecen a todos los otros, y cuya posteri- 
dad es indefinidamente fecunda». 

Así los hombres forman una especie porque se pa- 
recen más entre sí que a otros animales, y porque 
son indefinidamente fecundos, sobre todo los que no 
consiguen alimentar a su prole. Dentro de la especie 
humana, y atendiendo a los rasgos espirituales, no es 
difícil definir una subespecie o variedad compuesta 
de aquellos que entre sí se parecen mucho más que 
a «los otros». Esta variedad es el vulgo, casi univer- 
sal, y de fecundidad extraordinaria. «Los otros», que 
cuando tuvieron suerte fueron llamados profetas, hé- 
roes, genios, son ejemplares rarísimos, se parecen 
poco entre sí, y no se reproducen. 

La omnipotencia del vulgo es evidente. A él perte- 
necen casi todos los pobres, casi todos los siervos, 
casi todos los ignorantes, casi todos los ricos, casi to- 
dos los reyes y casi todos los sabios, El vulgo, donde 
tantos talentos brillan, es la masa ancha, larga y 
profunda que todo lo llena; es el material humano. 



Rafael 8arrett 94 

Ninguna revolución suprimirá el vulgo. Ningún des- 
tino se cumplirá sin él. 

En cambio el genio es débil. ¿Qué hace el vulgo? 
Repetirse; se hizo legión por repetirse. ¿Qué hace el 
genio? Empezar; camina solo. La muerte ve reapare- 
recer en el vulgo las generaciones que le quita; nada 
puede contra él, mientras que el genio no tiene hijos 
ni padres; nace del abismo y en el abismo se hunde. 
El vulgo queda; el genio pasa. 

Pasa inexplicado; es un monstruo siempre diverso, 
inesperado siempre, semilla solitaria de formas des- 
conocidas, caída de otros mundos, al azar de los si- 
glos. Los hombres le han creído descendiente ya de 
Dios, ya del Diablo; ya le han juzgado malhechor, 
ya loco. La ciencia de ahora procura igualmente asi- 
milar el genio a la manía y a la degeneración ; jamás 
lo ha contemplado de cerca e ignora que tan dis- 
tante está del juicio como de la demencia, y de la 
virtud como del crimen. No sabe todavía que el ge- 
nio no es humano. 

El genio trae lo nuevo, o sea el desorden. Es el in- 
truso de la historia. Mueve los cimientos, agrieta los 
muros, dispersa las ideas, estorba los intereses. Ame- 
naza la paz del pensamiento y la de los instintos. En 
su presencia el poderoso teme perder el poderío, y el 
esclavo la esclavitud. 

El genio es el enemigo común. Se le olfatea, se le 
descubre y se le caza. Es una bestia mitológica, ex- 
traviada en el inmenso corral. A veces hurta una es- 
pada, y juega con los pueblos, pero por lo general 



95 El uulgo y el genio 

indefenso y desnudo, pronto se le deshonra, se le en- 
carcela, se le atormenta y se le ejecuta. La especie 
se defiende. Otras veces el genio oculta su lepra, y 
nadie la adivina; otras la disfraza, Dante, y deja 
que el futuro sospeche. No le es fácil huir, y menos 
curarse. 

Acorralado y difunto, se le devora. Vivo, es el te- 
rror, mas su carne muerta suele aprovecharse. Sus 
restos se vulgarizan, o lo que es igual, se humanizan. 
No nos nutrimos del genio, cuyo único testigo es él, 
sino de su cadáver. Doscientos años se rieron a car- 
cajadas del libro más melancólico de la tierra, «1 
«Quijote», y de Jesús venimos a parar a Pío X. 

Si Galileo nos visitara hoy, tal vez nos contenta- 
ríamos con domesticarle. La física es amiga de las 
armas y del oro, y hemos aprenddio a considerarla 
útil. 



BSESa 



Lfl GUERRA 



La guerra instala al hombre. Para instalarse, para 
crecer y purificarse, la vida necesita matar; no es ha- 
cedero vivir sino a costa de los que viven, y los que 
deben morir cumplen, mediante la muerte, su misión 
de vida. Toda vitalidad poderosa y concentrada es una 
medida justa de dolor y de muerte. El más suave y 
perfecto poema tiene un origen despiadado Pensad 
en el fatal esplendor con que la Victoria de Samotra- 
cia bate el ritmo celeste de sus alas de mármol, los 
siglps de matanza, de espanto y de tortura que en- 
gendraron la Grecia. La transparencia delicada del 
genio es, como la del cristal, hija del fuego que ilu- 
mina y destruye. 

Guerra, fiesta de la crueldad: decid aniquilamiento 
de la crueldad. Esos horrores empapados en el sudor 
de la angustia desaparecen al realizarse. Se manifies- 
tan como sombras de pesadilla sobre el muro inmenso 
de las cosas. Existían dentro de los cráneos, y al sa- 
lir se coagularon con la sangre de los vencidos y se 
inmovilizaron para siempre. Son los cerebros los ver- 
daderos campos de batalla, y cuando los gestos silen- 
ciosos de la ferocidad oculta rompen el dique y pasan 
del espíritu a la carne, el espíritu, libre de monstruos, 



Rafael Barrett 98 

reposa en la serenidad y en la belleza. La muerte es 
vida, y la guerra es paz. 

Atilas, escultores de la humanidad, vuestro cincel es 
el hacha; arquitectos de razas, amasáis la sangre con 
que se cementan los pueblos futuros. Alucinados de 
arte ciclópeo, arrojáis afuera las tempestades que se 
mueven dentro de vuestra alma desordenada y dema- 
siado estrecha. Soltáis la interna ola delirante. Lo 
mismo que vuestros hermanos los escultores de la 
idea, os desprendéis del sobrante agitado de vuestro 
ser, y, recibís la certidumbre del equilibrio. Mas cómo 
juzgar, por los residuos que el cincel abate, la her- 
mosura de la estatua invisible ? 

Porque sólo existe lo invisible. Para no desvanecer- 
nos, hemos de asirnos a lo invisible que en nosotros 
queda, a lo invisible que palpita dentro y más allá 
de lo que vemos. Todo lo demás es máscara y cartón, 
cadáveres y restos de la guerra. Las llanuras y los 
cielos acribillados de sol no son sino también tinie- 
blas cruzadas por la vida. Si lo invisible es uno, si 
lo invisible es Dios, no se hizo perfecto mientras no 
lanzó a la nada, por un acto de guerra, el universo 
inútil. Y por la guerra se sigue separando lo esencial 
de lo vano: guerra de los átomos que crió el plasma; 
gueria de las células que crió el animal; guerra de 
los instintos que hace surgir en la conciencia, sobre 
los dragones expirantes, bañado en congoja y desga- 
rrado por el triunfo, el sentimiento de la piedad. 



INMORALIDAD DE LOS EXÁMENES 



No es lo peor que los exámenes sean neciamente 
inútiles, sino que sean inmorales, que se monte un 
complicado mecanismo y se gaste un dinero precioso 
en corromper a la juventud. 

En primer lugar, el resultado de un examen es cues- 
tión de suerte. Se sube o se baja la nota según el 
paciente soporte un número limitado de preguntas di- 
rigidas al azar. Notemos que en cuanto deja el pro- 
fesor de interrogar a ciegas, es decir, cuando hace de 
abogado, o de fiscal y especula sobre lo qué le con- 
testará su víctima, se sale de lo equitativo y favorece 
o perjudica a los demás alumnos, tratados de otro 
modo. En el caso más decente, pues, cuando el juez 
no cede a recomendaciones, ni a personales simpatías 
o antipatías, ni al buen o mal humor de la digestión 
reciente, ni al cansancio de la jornada, sólo queda al 
acusado la defensa del azar. Injusticia o azar; es el 
juicio de Dios. 

Como coronación de sus tareas del año, el estu- 
diante, al ser armado caballero provisorio del saber, 
encuentra en su persona confirmada la ciencia por 
medio de un sorteo, cuando es precisamente la más 
alta misión de la ciencia combatir el azar, rechazarlo, 



Rafael Barrett 100 

ahuyentarlo, desterrarlo en lo posible del humano 
horizonte. Acoger y amar el azar, llamarlo, explotarlo, 
será siempre un suicidio de la razón y hábito propio 
de fracasados, aventureros y tahúres. Cosa grotesca: 
la geometría, por ejemplo, el álgebra, el conjunto de 
las más rigurosas y fecundas leyes intelectuales, cor- 
tado en cincuenta o cien trozos, con una cifra pegada 
sobre cada uno, para sortearlos con pedante ceremo- 
nia. ¡La mesa de examen es una mesa de juego, y no 
se comprende por qué no hay código contra ella, ya 
que lo hay contra la ruleta y contra la baraja. 

Esta lotería pedagógica conduce a la impostura. 
Tres señores, sin más datos confesables que los que 
la casualidad les proporciona en algunos minutos, fir- 
man un documento donde consta su descarada, abso- 
luta e inexorable opinión, precisa hasta el matiz sobre 
el total de los conocimientos del candidato en una 
materia. Por mucho que semejante farsa, impuesta pol- 
la costumbre, prepare el ánimo de los jóvenes a la 
farsa más peligrosa de los tribunales de justicia, le- 
gítimo es lamentarnos de verla pomposamente prac- 
ticada por los mismos encargados de inculcar la 
sinceridad austera sin la que son estériles los esfuer- 
zos del sabio. ¿Qué respeto, qué consideración con- 
servarán los discípulos hacia el maestro, cuando, des- 
pués de un año de culto a la verdad y al orden, le 
contemplen juguete del azar y cómplice de la men- 
tira? Ningún respeto, y además ninguna fe. Perdida 
la confianza moral, se pierden todas las confianzas. 
Si se empieza a dudar de la rectitud del hombre cuyo 



101 Inmoralidad de los exámenes 

oficio es enseñar, se acabará declarándole ignorante, 
falsificador no sólo de la justicia, sino de la ciencia, 
que no puede ser injusta. Es que lo inmoral no con- 
siste en que todavía estemos sujetos grandemente al 
negro azar, y en que muchos de nuestros hermanos 
sean servidores de la iniquidad y del engaño, sino en 
nuestra actitud ante ello. Lo inmoral no es que exista 
el mal, sino cederle. Lo inmoral es recibirlo, insta- 
larlo en nuestro corazón y glorificarlo públicamente, 
como hacen los exámenes. 

Todo está unido. La aparentemente pequeña inmo- 
ralidad que estoy analizando deriva de una inmorali- 
dad mayor. El sistema de enseñanza entero es inmoral. 
No se debe permitir que el estado, cuyo único objeto 
es re_primir la violencia y hacer cumplir los contratos, 
se meta a criar una casta especial de dómines y los 
imponga al pueblo. En los colegios y en las universi- 
dades, establecimientos burocráticos, condenados a la 
misma carcoma rutinaria e intrigante que el minis- 
terio de que dependen, es imposible profesar ni apren- 
der dignamente la ciencia. El gobierno es conserva- 
dor; la ciencia revolucionaria y su peor enemigo. La 
ciencia estará siempre detenida y desfigurada por el 
artefacto administrativo, que no anda si no le untan 
manos culpables. Un diploma no es más que una pa- 
tente de resignación, o un premio al desparpajo, a la 
memoria y a la charlatanería. Al terminar su carrera 
oficial, esmaltada de saineterías de seminario y ayu- 
dada por habilidades de político, habrá de volver a 
comenzarla por su cuenta, y en serio el honrado ciu- 



Rafael Barrett 102 

dadano a quien repugne abusar del terrible poder 
social que le confiere la marca que en el anca lleva. 
Porque es así: no se tolera que se venga un puente 
abajo, como ha ocurrido hace poco en Ponts de Cé, 
sin que un título sellado legalice la ineptitud del pro- 
fesional. El mismo requisito ha sido necesario para 
que entre nosotros sé haya envenenado con ácido fé- 
nico a los enfermos, y se haya abierto el vientre, 
creyéndolo ocupado por un tumor, a una mujer en 
cinta. 

¡Qué lentitud en barrer esos restos sacramentales 
de un pasado teológico! Acaso exigimos a un zapa- 
tero, a un sastre, diplomas universitarios? ¿Corremos 
por ello riesgo alguno de ir desnudos o descalzos por 
la calle? Lo esencial es que hagan buena ropa, bue- 
nos botines, en lo que no hay trampa. Las profesio- 
nes han de probarse por sus obras, como las virtu- 
des, y han de emanciparse del vergonzoso monopolio 
gubernamental, forzosamente envenenado por el virus 
político. El privilegio doctoral ha de suprimirse como 
han ido suprimiéndose los demás privilegios. Signifi- 
catorio es que las empresas ferrocarrileras, industria- 
les, bancarias, organismos enormes y complejos cuya 
dirección supone excepcionales dotes, se confíen a 
particulares desprovistos de toda estampilla al dorso, 
pero no de su historia de obreros útiles. Hace ya si- 
glos que las energías creadoras se han apartado de 
la mohosa maquinaria académica. Pasteur, renovador 
de la medicina, no era médico. Quintón, que la re- 
nueva ahora, tampoco Sabido es que en arte no se 



103 Inmoralidad dü los exámenes 

avanza sin dar un puntapié al dogma catedrático del 
momento. Y no hablemos de los inventores mecánicos 
de nuestra época, que sin haber saludado al magister 
de texto han cambiado la faz del mundo. 

Sí; la enseñanza en uso es inmoral porque no es 
libre, y los exámenes, ruedecita de ese equivocado 
engranaje, tenían que funcionar mal y ser también 
inmorales. ¿Remedio? Abolirlos. ¿Cómo? Muy sen- 
cillo. Para que haya exámenes es preciso por lo me- 
nos el alumno. Pues bien, abolir los alumnos. Huelga 
de estudiantes. Trabajar mucho todo el año, y al lle- 
gar el interrogatorio inquisitorial, buenas noches. Algo 
resultaría, 



^ÍEBCs 



LA CLEROFOBIA 



CARTA DE UN BILIOSO 



«... Yo no veo que el de la famosa frase: «la causa 
de las inundaciones del Loira, es el trabajo del do- 
mingo», sea un tipo menos bufo que el que se explica^ 
las curaciones de Lourdes por la «autosugestión». 

Lo bufo consiste precisamente en explicárselo uno 
todo con esa facilidad deliciosa. Clericales y anticle- 
ricales de escalera abajo se encuentran al mismo ni- 
vel y de la misma talla. La lucha es igual. Tales para 
cuales. Me divertiría, si no me revolviera la bilis, el 
espectáculo de los que invocan una religión que no 
han sentido jamás, arañándose con los que apelan a 
una ciencia que no conocen ni por el forro. 

Por supuesto que no es de extrañar la ausencia de 
elevación en tales disputas. Estos caballeros no se ba- 
ten por puro amor a la filosofía. Se trata de comer. 
Es necesario arrancar al clero, algunos negocios pin- 
gües que maneja aún. 

Creo que en cuanto a grotescos, los ateíllos triun- 
fan. Gustavo Flaubert hizo de Homas, el volteriano 
boticario de «Madame Bovary», un admirable perso- 
naje cómico. La materia se prestaba. Un sacerdote, 



Rafael Barrett 106 

por cretino que sea, no da tanto como un laico para 
la caricatura absoluta. El hombre es un animal reli- 
gioso. 

Además, el último tonsurado, ha tenido, para serlo, 
que estudiar un poquito. Claro que no ha leído más 
que majaderías teológicas; pero al fin, la inteligencia, 
por muy en el vacío que funcione, mejora con el uso. 
Se puede hacer gimnasia y criar músculo pegando 
manotadas al aire. San Agustín, Fray Luis de León, 
Pascal eran católicos hueros; sin embargo, no care- 
cían de cierto estilo. 

Para afirmar, hay que inventar. Para burlarse y 
negar, no hace falta quemarse las cejas. La postura 
de Voltaire es antigua y cómoda. El argumento de 
Ferri, cuando le hablan de Dios: «no lo he visto», no 
exige largos estudios previos. Existen cerebros en 
que la locomoción eléctrica resulta incompatible con 
toda idea religiosa, y no por eso están llenos de alta 
erudición. Un Berthelot tiene derecho a ser librepen- 
sador; ¿por qué hemos de aguantar la monótona pe- 
dantería de los que le siguen sin comprenderle? 

Maldigo la libertad de conciencia y, sobre todo, la 
de palabra. No deberíamos permitir que pensaran ni 
alborotaran sino los que tienen cosas nuevas y útiles 
que decirnos. Y los que no se mueven sin repetir el 
gesto ajeno, deformándolo, y empequeñecen y envile- 
cen lo que tocan, que se callen I Mejor sería sin duda 
matarlos. ¡Bonita ocasión han elegido los gobiernos 
para suprimir la pena de muerte! Sobra mucha mo- 
rralla. 



107 La clerofobia 

Los curas van de capa caída, y no hay proyectil 
absurdo que no se les arroje. La peor calamidad sería 
que volvieran al poder, y no obstante, me irrita lo 
grosero de la caza a la sotana. 

Se quiere persuadir al populacho, de que el clérigo 
es glotón, avaro, inepto y lúbrico. ¡Malhaya los que 
mienten! La iglesia ha participado de la moralización 
general, y constituye un grupo de escasísima delin- 
cuencia. Consúltense las estadísticas. 

¿Crímenes secretos? ¡Bahl Si son tan secretos, no 
os asustéis. 

¡Qué bien se tratan los frailes 1 jQué gordos y ro- 
llizos están! Otra vulgaridad. El fraile es sobrio, y 
por eso goza de salud. La gula no engendra carne 
sana: engendra carne reumática y podrida. La regla 
monástica, el método, equivalen a un eficaz régimen 
higiénico. El fraile, por lo común, es casto; sus ins- 
tintos se apagan entre las dificultades, porque el ór- 
gano cohibido se atrofia. Consúltense los fisiólogos. 

Se necesita ser muy tonto para figurarse que un 
ejército que ha dominado el mundo y todavía lo do- 
mina en parte, sea un saco de vicios. No; el éxito 
pertenece al heroísmo y a la disciplina; es lo moral 
lo que vence. La Compañía de Jesús es un modelo 
perdurable. ¿Que busca el dinero? ¿Que es una em- 
presa industrial? Entonces, ¿qué la reprocháis, vos- 
otros, que recomendáis a vuestros hijos, las obras de 
Carneggie y de Morgan y del mismo Roosevelt, ma- 
nuales de baja codicia? 

Y aun, porque el cura espera Ja gloria, les llamáis 
< interesados, tartufos de la ciencia!...» 



REFLEXIONES RELIGIOSAS 



He asistido al templo el Viernes Santos. Quería ver 
muchachas, y escuchar la palabra de Dios. Sospecho 
que yo no era el único a quien agradaba flirtar en 
esa visita de pésame a la sagrada familia. El amor se 
insinúa por las grietas de los sepulcros, y palpita en 
la lívida claridad de los fantasmas y se mueve con 
las alas de los ángeles. Se acomoda a cualquier de- 
coración y lugar. No pierde su encantadora virtud al 
pie de los altares, entre vagos vapores de incienso y 
a la luz temblorosa de los cirios. Noté que las mu- 
chachas conservaban la fatal belleza que hizo temi- 
bles a Eva, a Lucrecia Borgia y a la Otero. Bajo los 
mantos azules o blancos lucían misteriosamente deli- 
cados perfiles, se bajaban suavemente largas y miste- 
riosas pestañas. Eran ellas, es decir, las eternamente 
jóvenes. El que había envejecido era Dios, que pol- 
la boca del predicador no nos comunicaba más que 
desmayadas vaciedades. 

Recordé que según Anatole France, el catolicismo 
es la forma más elegante del descreimiento. La pro- 
cesión salió de la iglesia.- Anochecía, y una lluvia fina 
engrisaba el ambiente. Detrás de las imágenes balan- 
ceadas sobre el mar de cabezas, el pueblo gemía y 



Rafael Barrett 110 

rezaba. Junto a mi pasó una vieja, abandonada al to- 
rrente humano y al fuego de la fe. Su rostro era do- 
blemente antiguo. Por sus mejillas áridas, surcadas 
por las hondas heridas del tiempo, descendían lenta- 
mente aquellas lágrimas que pintaban los sombríos 
monjes de la Edad Media con colores cuya composi- 
ción se ha perdido, y que quedan como veladuras te- 
naces en los retablos italianos. En su garganta sar- 
mentosa vibraba un estertor fanático, y sus dedos se 
clavaban unos en otros para no dejar escapar a Cristo 
Comprendí que el pueblo no es elegante, y que se 
permite ser creyente. Comprendí también que los ele- 
gantes de otras épocas fueron descreídos como lo son 
ahora y lo serán siempre. Pero no por eso, oh Anato- 
lio inmortal! admiro menos tu ironía sublime. 



LA TORRE DE MARFIL 



Lástima es que se metan a escribir los que no sa- 
ben, y mayor lástima que abandonen la pluma los que 
podrían con fruto manejarla. El inepto, a fuerza de 
trabajar, se hace menos inepto. A fuerza de caminar, 
aunque sea a ciegas, algo alcanza, Los tropezones le 
guían; los fracasos le enseñan, y en todo caso, resta 
el recurso de no leerle y de negarle la circulación y 
el aliento. Pero el talento ocioso disminuye, y no hay 
defensa contra los daños que causa su esterilidad. El 
necio charlatán nos fastidia; el sabio que calla, nos 
roba. 

Estos avaros de su inteligencia, estos traidores a su 
fama, se dividen en dos clases. Los unos pretextan 
que el oficio de las letras es criadero de pobres, y 
prefieren lucrar en un rincón. Con tal de cenar, re- 
nunciarían a concluir el Quijote. Los otros, enredados 
en su pereza, dicen que se preparan, que aun es 
tiempo, y que de no producir cosas notables, mejor 
es no producir cosa alguna. 

La defección de los primeros no es tan calamitosa 
como la de los segundos. Debemos desconfiar de los 
que no estiman bastante su carrera. Entre escribir y 
ser ricos, eligieron ser ricos. Demostraron qué no me- 



Rafael Barrett 112 

recían ser escritores. Nacieron verdaderamente para 
picar pleitos o para vender porotos o, lo que es peor, 
para mandar. No lloremos demasiado la fuga de los 
infieles al arte que se acomodan con el destino de un 
Rotschild, y llamemos a la torre de marfil donde se 
encierran los indecisos: 

— ¡Salid! Perfumemos los pies en el rocío de los 
campos. Descubramos lo que el monte oculta. Via- 
jemos. 

— Nuestra torre es muy bella. 

— No hay cárcel bella. 

— Estamos cerca del cielo. 

— ¿De qué os servirá lanzar al cielo vuestra si- 
miente, si no cae a tierra? Sólo la humilde tierra es 
fecunda. 

— El polvo nos asfixia. El pataleo de la plebe nos 
da asco. El sudor de la soldadesca hiede. La realidad 
mancha y aflige: es fea. 

— Porque no sois bastante agudos para penetrar su 
hermosura. El mundo os abruma, porque no sois bas- 
tante fuertes para transformarlo. Os parece obscuro 
y triste, porque sois antorchas apagadas. 

— En cambio, nos entregamos al maravilloso res- 
plandor de nuestros sueños. 

— ¿Qué valen vuestros sueños, si no los comunicáis? 
Hacedlos universales y los haréis verídicos. Mientras 
los guardéis para vosotros, los tendremos por falsos. 
< — Nuestras ideas solitarias baten sus alas en el si- 
lencio. 

— Ideas de plomo, incapaces de marchar diez pa- 



113 La torre de marfil 

sos. Alas de gallina. De los muros de vuestra torre 
de marfil, nada se desprende, nada parte. Deco- 
ráis vuestro egoísmo : bostezáis con elegancia. Com- 
plicáis vuestra inutilidad. Prisioneros del humo de 
vuestra pipa, confundís la filosofía con la toilette, 
el genio con la pulcritud. Tomáis la timidez por- 
el buen gusto ; envejecéis satisfechos de vuestros 
modales. Alejados de la ciudad, nadie os busca, por- 
que nadie os necesita. Sois muy distinguidos : os dis- 
tingue vuestra debilidad. Desdeñáis; pero ya se os 
ha olvidado. 

— El presente nos rechaza tal vez, por no doble- 
garnos a sus exigentes miserias. Nos refugiamos en 
el pasado. Somos los eruditos de la tumba. En nues- 
tras salas, vagan los tintes tenues de los venerables 
tapices. La claridad discreta de las lámparas de 
bronce arranca un noble relámpago sombrío a las ar- 
maduras milanesas, y en la paz necturna, sólo se oye 
el pasar de las rígidas hojas de pergamino bajo nues- 
tros dedos pálidos, donde brilla' un sobrio y denso se- 
llo antiguo. 

— Os refugiáis en el pasado, como muertos que sois. 
Si estuvierais vivos, os refugiaríais en el porvenir. 
Desenterrad en buen hora, mas no cadáveres. Resuci- 
tad a los difuntos o dejadlos tranquilos. ¿Para qué 
traer su podre al sol? Ya que tanto afán tenéis de 
frecuentarlos, id vosotros a ellos: huid a la región de 
eterna sombra. Mas si os decidís a vivir con nosotros, 
vivid de veras, no en simulacro; vivid en vida y rio 



Rafael Barrett 114 

en muerte. Respirad el aire de combate común y em- 
pezad vuestra propia obra. 

— La queremos perfecta. La perfección a que aspi- 
ramos nos paraliza. Apenas trazamos una línea, nos 
detenemos, porque la reputamos indigna de nuestro 
ideal. Lo perfecto o nada. 

¡Suicidas! Lo primero y lo último y lo perfecto es 
vivir. Esa perfección es una forma del egoísmo. An- 
siáis lo perfecto, es decir, lo acabado, lo intangible, 
aquello en que nadie colabora ya, aquello a que nadie 
llega, lo que aparta y humilla, lo que os eleva y aisla, 
el mármol impecable y frío, la torre de marfil. Por 
aparecer perfectos según vuestros patrones del mi- 
nuto, os inutilizáis y mentís. Atentáis a la secreta ar- 
monía de vuestro ser, destruís en vosotros y alrededor 
de vosotros, la misteriosa, exquisita, salvaje belleza 
de la vida. 

Sobre lo perfecto está lo imperfecto. Sobre la au- 
gusta serenidad de las estatuas, hay que poner nues- 
tros espasmos y nuestros sollozos y nuestras muecas 
de criaturas efímeras. Lavad vuestra alma, encon- 
tradla y dadla toda entera, con sus grandezas y con 
sus bajezas, con sus fulgores sublimes y con sus ti- 
nieblas opacas, con sus cobardías y hasta con sus 
monstruosidades. Libertaos de vosotros mismos y os 
salvaréis y nos salvaréis a nosotros. Habréis aumen- 
tado la sinceridad y la luz del universo. Abrid la 
mano del todo, ¡oh, sembradores! Que no quede en 
ella.un solo germen. 



POLÉMICAS 



Toda polémica es en el fondo una cuestión personal. 
Pretender que combatan las ideas sin que al mismo 
tiempo choquen sus envolturas vivas, las personas, es 
pretender lo imposible. Por eso las polémicas, muy 
significativas como síntoma moral, son casi siempre 
estériles para la ciencia o el arte. Una mordaza es 
mucho más útil que la razón para tapar bocas. Al de- 
fender una tesis abstracta se suele defender la ambi- 
ción propia o sencillamente el pan. No hay argumenr 
tos contra la vida. 

Es cierto que existen asuntos prácticamente inata- 
cables, y que una polémica sobre ellos puede provo- 
carla tan sólo la ignorancia. En estos casos poco fre- 
cuentes resultan fijadas y explicadas nociones funda- 
mentales, de adquisición provechosa para el vulgo. Al 
capítulo de las excepciones deben ir también las po- 
lémicas matemáticas. Quizá el hábito de definir con 
precisión las palabras, así como el uso uniforme del 
análisis influyan en que tales contiendas sean fecun- 
das. Poisson derrotó al partido de Lagrange; las opi- 
niones de Abel triunfaron sobre las de Wronski, y de 
una reciente y ruidosa polémica surgió consagrado el 
nuevo concepto del transfinito. Los matemáticos, ror 



Rafael Barrett 116 

otra parte, parecen gente apacible y sensata; algunos 
llevaron su plácida distracción hasta el extremo de 
asombrar a sus compañeros mismos. El bueno de Am- 
pare tomaba las traseras de los coches de punto por 
sendos pizarrones. Sacaba la tiza del bolsillo y las 
cubría de cálculos indescifrables. Si el vehículo se 
ponía en movimiento, Ampére echaba a correr detrás 
de sus fórmulas ante el público estupefacto. Ampére 
no era polemista temible. Las rivalidades más rabio- 
sas, según observa justamente Bourget, son— ¿quién 
lo diría? -las rivalidades entre músicos. 

Siempre que se trate de cuestiones directa o indi- 
rectamente sociales, sobre todo cuestiones de historia, 
de religión, de política, las polémicas no prueban nada 
sino el odio de los polemistas. Cada cual ve a su modo 
y habla a su manera. Hay para cada hombre un punto 
de vista y un lenguaje. Este lenguaje y este punto de 
vista, deformables continuamente, se falsean y desfi- 
guran por la pasión. Lo que se evita a toda costa es 
un acuerdo. Se aborrece y se teme la verdad, que al 
establecer el hecho suprime a las personas. El ruido 
de las disputas no sube a las regiones de la ciencia 
y del arte verdaderas. 

En cambio, las polémicas nos descubren el corazón 
y los nervios de un individuo, de una ciudad, de una 
nación entera. Lo discutido queda en la sombra. Los 
intereses de los discutidores salen a la luz del día- 
La polémica es siempre un precioso documento his- 
tórico. 

He aquí por qué estudiamos hoy las herejías de los 



117 Polémicas 

primeros siglos cristianos, aunque no nos quite el 
sueño la sustaneiación del Verbo; he aquí por qué 
leemos apasionadamente las Provinciales, aunque nos 
hagan sonreir las teorías jansenistas; he aquí por qué 
se manoseará durante largo tiempo el asunto Dreyfus, 
aunque la inocencia real del judío no interese más 
que a las niñas románticas. 

Es comprensible el ardor con que se declara la gue- 
rra a los grandes hombres, apenas asoman a lo lejos. 
El instinto social no se engaña. Traen con ello lo des- 
conocido, la fuerza incalculable que volcará los ídolos 
y arrancará las columnas. Los intereses amenazados 
se coaligan, y rodean al coloso. Es pedante, es oscuro, 
es decadente. Se le sitia por hambre. El genio calla y 
produce. Siente que toda esa furia desencadenada es 
el eco de su energía interior., Se acostumbra a los 
ataques como después se acostumbrará a la adulación, 
y los echa de menos cuando el odio y la envidia co- 
mienzan a ceder. Berlioz al ser aplaudido por fin, 
duda amargamente de su talento; también exclamaba 
el orador pagano, al estallido de la ovación: «, . ¿qué? 
¿He dejado escapar alguna necedad?» 

Rara vez los creadores de raza descienden a la po- 
lémica. Al recibir en sus almas de niño la belleza in- 
mortal, la transmiten silenciosamente, porque saben 
que no necesita del trompeteo humano para reinar 
sobre el mundo. Sordos y ciegos como la madre tie- 
rra, ofrecen al que pasa el fruto divino. 



BLERIOT 



El gesto es ciertamente sublime. La mañana del 
25 de Julio de 1909 es de las que cuentan en la his- 
toria de los hombres. El casto resplandor de esa au- 
rora vivirá más que de costumbre. La salvaje soledad 
de las aguas, la ola invisible del viento, la luz que 
abre los ojos del mundo, la niebla que al disiparse lo 
revela en su magnífica desnudez, lo enorme que sus- 
pira, la tierra sin límite y el cielo sin fondo, los astros 
que se van y el día que se esparce temblando por el 
infinito, he aquí un cuadro que tendrá desde ahora 
un encanto nuevo para algunos soñadores, porque una 
manchita oscura ha cruzado el horizonte, suspendida 
sobre el mar; un aeroplano ha volado de Francia a 
Inglaterra. Napoleón invadiéndola al frente de cien 
mil soldados, hubiera sido insignificante. Blériot, solo 
inerme, microscópico allá arriba, uno de tantos en 
Calais, y uno de tantos en Dowers, es fundamental. 

Lo admirable del caso es que Blériot, aparte su 
feliz rasgo de audacia, no tiene por sí mucho de par- 
ticular. Su aeroplano, salvo ciertos detalles, no es 
obra suya; es obra de un ejército de inteligencias. 
¿Desde qué fecha remota no habremos observado las 
alas de las aves, y no habremos intentado imitarlas 



Rafael Barrett 120 

para uso nuestro? La hélice es más reciente, hija de 
la mecánica que, apartándose de las palancas y de 
las articulaciones empleadas por la naturaleza en 
los organismos animales, inventó la rueda, donde se 
realiza lo continuo, una de las formas de lo que no 
tiene fin. El motor es el resultado último de una 
serie incalculable de esfuerzos encaminados a ence- 
rrar bajo el menor peso la mayor energía posible. 
Han trabajado en ello desde la termo dinámica teó- 
rica hasta la metalurgia y la química, a partir de la 
primitiva bomba de vapor con que en el siglo XVIII 
los ingleses desaguaban sus minas de hulla. Desde 
Montgolfier hasta hoy, ¿cuántos investigadores no se 
han consagrado a conquistar el aire? Hemos llegado 
al punto de que la aviación sea un sport, pronto com- 
parable al automovilismo, Los aeroplanos y los diri- 
gibles se contratan a precios que irán bajando poco 
a poco. No hay país que no proponga incesantes per- 
feccionamientos. Si Blériot no hubiera atravesado el 
canal de la Mancha, otro lo hubiera ejecutado. Detrás 
de Blériot está la humanidad instruida, armada para 
la ciencia, en posesión de métodos probados, habi- 
tuada a persistir, iniciada al heroísmo propio de 
nuestra época, el de los Shackleton, los Hansen y los 
Wright, no el de los arrastra-sables, la humanidad 
bastante fuerte para resistir la pérdida de cien sabios. 
Nuestro poder no está acumulado en un Aristóteles o 
en un Bacon; está distribuido, infiltrado, difuso; está 
al abrigo del azar. Blériot, felizmente, no es sino una 
proa de la flota innumerable, una avanzada. Puede 



121 Blérioi 

fracasar tranquilo. El porvenir de la civilización está 
seguro. 

Blériot es francas... jBah! No lo es su aereoplano. 
Se dice que su motor lo ha inventado un ingeniero 
de Milán. Pero ¿no fué Santos Dumont quien aplicó a 
la navegación-aérea los motores explosivos? ¿Se afir- 
mará que el aparato de Blériot es brasileño? Esas 
pequeneces nacionales son indignas del genio, que, 
como el amor, no tiene patria. Hace tiempo que nues- 
tros conocimientos son internacionales. La ciencia se- 
ría imposible si para las ideas hubiese fronteras y 
aduanas. En cada hipótesis, en cada instrumento, pal- 
pitan cien climas, cien razas diferentes. La cultura es 
una miel destilada con el azúcar de todas las flores. 
Si los franceses se enorgullecen de que Blériot sea 
francés, tendrán que afligirse de que triunfe un ale- 
mán el mes que viene, y esto es el peor de los erro- 
res, un error de viejos. Enorgullezcámonos de que 
Blériot sea un hombre. El verdadero drama de nues- 
tra especie no es interior, no es la contienda civil del 
planeta, no es el dominio de un pueblo sobre los de- 
más, sino de todos los pueblos sobre el universo re- 
belde. Nuestro duelo es con lo desconocido y no sería- 
mos capaces de soñar nada tan grandioso. ¿Qué es el 
aeroplano? Un medio de unirnos, una prenda del 
futuro, un paso hacia adelante, y sobre todo, un sím- 
bolo de nuestra solidaridad. Convenzámonos de que 
una certidumbre que nos desuniera no sería tal certi- 
dumbre, sería una mentira odiosa. Respecto a los in 
sensatos que convierten el globo moderno en menes- 



Rafael Barrett 122 

ter de guerra práctica de matanza, compadezcámoslos. 
Han sabido profanar a la vez el sentimiento y la ra- 
zón, pero su crimen es efímero. Solamente el bien 
sobrevive. Serán castigados con la muerte absoluta. 
EL destino se encarga de suprimir hasta el rastro de 
lo perfectamente inútil. 



LA TIERRA 

También la lucha con la naturaleza es interminable 
y cruel. Mas la tenebrosa enemiga, lenta en sus ven- 
ganzas, sabe ofrecer al hombre una pérfida seguri- 
dad. Son precisas catástrofes como las de San Fran- 
cisco y Valparaíso para volver a la realidad terrible 
y saludable, y para descubrir; al resplandor del rayo, 
ía frontera exacta de nuestros dominios. El tremendo 
obstáculo nos define violentamente; el dolor nos hace 
retroceder sobre nosotros mismos, y buscar en nues- 
tra pobre carne ensangrentada la energía indispensa- 
ble a la salvación. Energía quizá poca, pero al menos 
bien nuestra. 

Entonces nos acordamos de los precipicios sinies- 
tros en cuyos bordes ásperos no crece la hierba, y 
en cuyo fondo negro se perdía nuestra mirada de tu- 
ristas despreocupados. Esos abismos no son una de- 
coración inocente, que es por lo que solemos tomar, 
con tan escaso juicio, la configuración del planeta. Se 
abrieron en convulsión espantosa, posible a cualquier 
momento. Y pensamos en los cráteres en ruinas, ce- 
nizas errantes del fuego jamás apagado, que acá y 
allá, sobre las viñas y los olivos clásicos, entre las 
nieves inaccesibles de las cumbres o a través de las 



Rafael Barrett 124 

aguas del océano asoma de repente su cabellera ful- 
gurante. Y atendemos a la palpitación secular de la 
corteza terrestre: orillas que se van hundiendo, ciu- 
dades muertas bajo las olas, montes que llevan en su 
antiquísimo lomo el osario curioso de los animales 
marinos, continentes dislocados poco a poco, islas que 
surgen y lagos que se ensanchan, toda la respiración 
enorme del monstruo dormido. Y sentimos, tocamos 
la verdad, es decir, la voluntad poderosa que se opone 
a la nuestra, la barrera, la amenaza, el riesgo, Una 
leve alteración en los gases de la atmósfera, un des- 
perezamiento del globo algo más impaciente que de 
costumbre, y la humanidad, ¡oh acontecimiento insig- 
nificante!, será envenenada, barrida, sepultada viva, 
aniquilada, olvidada. ¡Qué débiles entre el infinito 
glacial del espacio astronómico y el misterio inson- 
dable de la tierra traidora 1 ¡Qué débiles y qué solos! 
No. Estamos solos porque somos más fuertes. He- 
mos aceptado la plena responsabilidad de nuestro 
destino. Hemos rasgado el cielorraso mitológico que 
nos separaba del firmamento vacío, y por fin mira- 
mos el universo cara a cara. Hemos rechazado la 
ayuda de los Dioses. Mucho les debíamos, pero les he- 
mos despedido bien pagados. Por nuestra cuenta pe- 
learemos. La guerra es ahora únicamente nuestra, y 
nuestro el amor, que es otra forma de la guerra. No 
nos alquilarán un paraíso: intentaremos fabricarlo 
con nuestras propias manos. Sólo nosotros fecundare- 
mos a nuestras vírgenes; nosotros solos nos redimire- 
mos. Abrazados a la tierra, la desgarraremos para 



125 La Tierra 

que críe; enterraremos en ella la simiente de nuestros 
cuerpos. Agujerearemos sus montañas, tendremos 
puentes por encima de sus más hondos tajos, unire- 
mos los hemisferios y mezclaremos los mares. Y si el 
horror de un cataclismo nos detiene un instante, no 
por eso nos abandonará la noble esperanza. No sufri- 
remos el golpe como castigo de nuestros pecados y 
como maldición de nuestro origen, sino como episodio 
natural del eterno combate. Detrás de la tierra re- 
belde no estará ya la terquedad invulnerable y estú 
pida de un tirano todopoderoso, sino el desorden pa- 
sajero de fuerzas destinadas a espiritualizarse tarde 
o temprano bajo nuestra acción y nuestro genio. 



E^Hl^B 



SACRIFICIOS HUMANOS 



Leo que se ha celebrado en honor de los reyes de 
España una corrida de toros donde dos lidiadores fue- 
ron gloriosamente heridos, quedando uno de ellos mo- 
ribundo. No es la primera vez que se conmemora me- 
diante sacrificios humanos el advenimiento de nuevos 
príncipes a un trono secular. Los cesares de Roma 
solían estrenar la púrpura imperial tiñendo sus man- 
tos con la sangre de los gladiadores, y no hace mu- 
chos siglos que en el programa de los festejos reales 
de Madrid hubiera a grande honra figurado un auto 
de fe. 

El pueblo comprende cuan pasajeras y falsas son 
sus alegrías si no las mira Dios con ojos benévolos. 
Rogar es sacrificar; los suplicios suplican. Para que 
Dios perdonara la felicidad de Alfonso y de Ena eran 
indispensables víctimas expiatorias. «Los dioses, dice 
Nietzsche, son entonces favorables, pues el espectá- 
culo de la crueldad les divierte y les pone de buen 
humor». La cornada recibida por Machaquito es una 
acción de gracias a la Providencia, sin cuya interven- 
ción hubiera asesinado al rey la bomba que destripó 
á la marquesa de Tolosa. Los monárquicos han ali- 
viado el peso sagrado de su deuda. 



Rafael Barrett 128 

Fuerte nación es la que conserva el sentimiento 
prístino del culto. Una religión sin fanatismo es un 
patriotismo sin héroes. Cuando no había ya santos en 
ninguna parte, ei acre abono de la Inquisición hizo 
germinar en Castilla santos terribles. Aun se cumplen 
hoy milagros en Andalucía, y mañana volverán los 
curas carlistas á fusilar á sus prisioneros después de 
echarles la bendición con el trabuco. El pericardio de 
Jesús detiene las balas enemigas ; el rosario cuelga de 
la lanza de don Quijote, y toda la suerte es cruzada. 
Los habituados de la muerte, soldados, apóstoles y 
toreros, son adorados de la multitud. Es que la muerte 
es el acto por excelencia, y la única comunicación 
segura del hombre con la divinidad. 



La inmolación de la inteligencia agrada igualmente 
al Ser Supremo. La verdad está en el corazón. Debe- 
mos admirar al papa Zacarías, quien, 600 años antes 
de Cristóbal Colón, condenó a un abispo, por no opi- 
nar sobre los antípodas como opinaba San Agustín. 
Si Pío X imitara a Zacarías, a pesar de Colón, de El- 
cano y de la geodesia, probaría irrefutablemente su 
catolicismo propio y robustecería la fe. Fe es creer lo 
que no vimos, y mayor fe, es decir, mayor energía in- 
terior, creer lo contrario de lo que vimos. 

Por desgracia, las corrientes modernas son otras. 
La conformidad de la razón con la realidad objetiva, 
conformidad de donde ha salido la ciencia actual, pa- 
tentiza la decadencia. La temperatura de nuestra alma 



129 Sacrificios humanos 

baja al nivel de la temperatura exterior. De mamífe- 
ros descendemos a peces. Somos esclavos del hecho y 
obedecemos a la física y a la química con la docili- 
dad de un cadáver en descomposición. Cuánto más 
poderosos ante la naturaleza fueron los cardenales 
que aplastaron a Galileo, negando heroicamente la 
astronomía, que Galileo, dejándose llevar por la Tie- 
rra hacia lo desconocido! Ese sabio hubiera hecho 
mejor en evocar a Josué y en parar el planeta, para 
evitarse complicaciones. Pero era sólo un sabio, un 
impotente, un siervo de las leyes brutales y anónimas. 
En lugar de ordenar cual señores al mundo externo, 
lo que conseguiríamos quizá, semejantes a los anti- 
guos taumaturgos, sacrificando la corteza de nuestro 
ser, moldeamos sobre el mundo externo nuestro des- 
tino. Juguetes de las máquinas, acabaremos — así lo 
anuncia Balmes — destruidos por las máquinas. Mien- 
tras tanto, en ellas satisfacemos ese vago afán de sa- 
crificio y de muerte, del que algo abrigamos todavía. 
Cuando no damos en el suicidio vulgar, buscamos el 
peligro en el rápido sport. Nos lanzamos vertiginosa- 
mente, empujados por el gas o por la electricidad. 
Nuestra actividad excesiva e inútil nos aleja del há- 
bito de contemplación, sin el cual, según Ganivet, se 
es un salvaje, aunque se vaya vestido a la última 
moda. Nuestros órganos morales se atrofian, faltos de 
ejercicio. La inteligencia nos devuelve a la barbarie. 



Rafa I Barrett 130 

Otro error que nos hace perder el contacto con los 
dioses, es el de no castigar a los criminales ritual y 
públicamente, el de no sacrificarlos en holocausto di- 
vino. Hemos inventado la curiosa teoría de la irres- 
ponsabilidad, y nos preocupa lo justo y lo injusto. 
Nos parece cosa de importancia ejecutar a un ino- 
cente. Olvidamos que lo esencial consiste en levantar 
el patíbulo, altar a su modo . . . Los mártires escasean. 
Los jueces se equivocan menos. No abundan los casos 
Dreyfus, capaces de renovar por mucho tiempo el vi- 
gor de una raza. 

Apenas nos atrevemos a encarcelar a los delincuen- 
tes. Hay personas que consagran sus desvelos a me- 
jorar la higiene de las prisiones. «Ahí señor goberna- 
dor; — proclamaba al almirante Ptritzbuer un presi- 
diario de Nueva Caledonia — si hubiera sabido que se 
estaba tan bien aquí, hubiera hecho el golpe diez años 
antes!» Merecemos que se rían de nosotros. Urge, 
pues, atormentar a esos malvados, aunque no estemos 
muy seguros de que lo sean, para que sus gemidos 
aplaquen la cólera de Dios. Pero los resortes sociales 
se relajan, y se borra la noción primitiva de los de- 
beres religiosos. 



Restan, sin embargo, acá y allá, sobre el globo, es- 
píritus fieles a la tradición salvadora. En ellos reside 
nuestra esperanza. Alfonso XIII ha sacrificado a los 
dioses. Ha regalado a la Virgen de Atocha, la cimera 
de su carruaje destrozado. 



GIMNASIA 



Quisiera hacer lo más notorio posible el reciente 
descubrimiento de que en el cuerpo humano hay pul- 
mones, corazón, estómago, etc. 

Los profesores de gimnasia en efecto, hasta la di- 
vulgación de la teoría sueca, creían que el hombre no 
está compuesto* más que de músculos. Los alemanes 
sobre todo se recreaban y aun se recrean en tan sim- 
plificada concepción. Gracias a ella, gracias al afán 
de imitar los volatines de los monos, nuestros venera- 
dos abuelos, gracias al trapecio, a las argollas y a 
otros aparatos torsionarios, se nos fabrica un notable 
número de horribles atletas, con los omoplatos dobla- 
dos hacia adelante, el pecho hundido, la barriga sa- 
liente, los brazos y las piernas arqueados, con enor- 
mes bultos. Estos hércules grotescos demuestran en 
su persona que el culto único de la fuerza deforma y 
degrada. 

No está de sobra añadir que tan formidables orga- 
nismos viven poco. Sucumben a congestiones del cere- 
bro, a hemoptisis generalmente seguidas de tubercu- 
losis, a choques del sistema nervioso; resisten menos 
que los que estamos casi desprovistos de bíceps. Los 
cuidados de que han sido objeto les son fatales. 



Rafael Barrett 132 

Nada tarda tanto para aparecer en el escenario del 
mundo como lo razonable, lo evidente. El advenimiento 
del sentido común suele postergarse hasta la consu- 
mación de los siglos y su realización se encomienda 
a los mesías. En gimnasia, los principios racionales, 
que se reducen a recordar que tenemos varios órga- 
nos, y a comprender que la disciplina de ellos, nece- 
saria toda la vida a ciudadanos fuertes, consiste en 
mantener y desarrollar la suprema armonía de la sa- 
lud, fueron enunciados y practicados hace la friolera 
de noventa y cinco años. El mesías de la gimnasia fué 
Ling, Henrik Ling, un sueco. Era pastor protestante, 
literato, después tirador de armas. La esgrima le con- 
dujo a su método célebre. Pidió al gobierno sueco en 
1812 una subvención para propagar sus ideas. Se la 
negaron groseramente. Al fin le nombraron director 
del instituto gimnástico de Estocolmo y allí pudo ex- 
perimentar y lucir su lógico sistema. 

La ciencia de la pasada centuria no ha hecho sino 
confirmar casi por completo las opiniones de Ling. Los 
comentadores y continuadores de la teoría sueca son 
biólogos, médicos, psicólogos. Tissié es en Francia uno 
de los más tenaces defensores. No se cansa de clamar 
que somos animales bípedos, terrestres, y que se debe 
partir de las posiciones fundamentales que se apoyan 
exclusivamente en el suelo. Insiste también en la ne- 
cesidad de asegurar el amplio funcionamiento de las 
vías respiratorias y de la economía entera. 

«Se marcha con los músculos, dice, se corre con los 
pulmones, se galopa con el corazón, se resiste con el 



133 Gimnasia 

estómago y se llega con el cerebro». <La sobriedad 
respecto a los alimentos y bebidas es un bien; la so- 
briedad respecto al aire es un mal.» 

Cuando Tissié fué designado por S. E. Akidzuki, 
ministro del Japón en Bruselas, para informar sobre 
los procedimientos de gimnasia usados hoy en la ma- 
rina japonesa, visitó un barco de guerra, el «Tsukuba», 
observó los ejercicios de los marineros, y contestó al 
ministro, como formula condenatoria, que «no respira- 
ban durante los movimientos ejecutados». Su gimnasia 
era mala. 

Los japoneses, excelentes anatomistas, como lo 
prueba el jiu-jitsu, son mediocres fisiólogos. 

Otra sentencia* de Tissié es la siguiente: «la base 
de una buena gimnasia es salir de la sesión más re- 
posado y más vigoroso que al entrar». 

El famoso Sandow, por supuesto, queda rechazado. 
Sandow pertenece a la escuela bárbara. Para él lo 
principal es la musculatura del antebrazo, y lo último 
los pulmones y la piel. 

Un danés, J. P. Müller, ha inventado, prolongando 
las deducciones de la teoría sueca, un sistema nuevo. 
Basta un cuarto de hora diario para ponerlo en prác- 
tica. Lo esencial consiste en un concienzudo lavaje, 
acompañado de fricciones simultáneas con una corta 
serie de ejercicios elegidos, sin instrumento alguno. 
Se tiende a favorecer ante todo, las funciones de la 
piel y de las visceras abdominales. El éxito ha sido 
magnífico. Se han tirado cerca de 300.000 ejemplares 
del libro de Müller. El mismo Müller es el mejor ar- 



Rafael Barre» 134 

gumento. Cuando nació, pesaba tres libras y media. 
Su niñez fué enfermiza. Ahora, a los cuarenta años 
de edad, es el primer sportman europeo. Ha ganado 
en los más diversos sports, 132 premios, de los cuales, 
123 son distinciones únicas y campeonatos. La esta- 
tuaria ha reproducido sus formas; el pintor Cari Bloch 
le dijo un día: «Es usted el más bello ser humano 
que he visto nunca*. 

Si algo nos es lícito sacar en limpio, es que la gim- 
nasia moderna ha progresado, merced a la noción de 
que el hombre es físicamente un conjunto complejo, 
cuyo orden e interior equilibrio es la condición capi- 
tal de toda su hermosura y de toda su energía. Y si 
esta noción se aplicara al espíritu, la enseñanza ofi- 
cial, libre de la fatal manía de cultivar solamente los 
músculos de la memoria, dejaría de embrutecer y de 
pervertir a los niños. 



s£BSa 



"606" 



Hace justamente un año que se ensayaron por vez 
primera, en carne humana, las inyecciones del 606. 
Para conocer el valor de los medicamentos, hay que 
ensayarlos; para curar a muchos, hay que resignarse 
a matar unos pocos. Cierto que se ensaya sobre ani 
males; pero no es lo mismo. Cierto también que los 
investigadores ensayan sobre su propio cuerpo. No es 
lo mismo, porque aquí, el sujeto está en salud. Sería 
necesario inocularse la enfermedad y, después, el 
agente que se estudia. Esta abnegación existe. Sin 
embargo, es demasiado rara, y más vale así. Mejor es 
que sucumban al análisis terapéutico algunos desahu- 
ciados de hospital, y no un Roux y un Koch. 

El 606 íriunfa definitivamente. No ha sido sin lucha. 
Hasta en Alemania se ha desmentido a Ehrlich, Hubo 
clínicos, como Buschke, que rebajaban a sabiendas la 
dosis en casos graves, y luego, divulgaban a bombo y 
platillo sus fracasos. Otros, con el amable objeto de 
aumentar los accidentes, aplicaron el 606 a tabéticos, 
a nerviosos, a cardiacos, a oftálmicos, no obstante las 
concretas contra - indicaciones de Ehrlich. En Francia, 
Mouneyrat reivindicó los, éxitos del 606 para su hec- 
tina, y Ehrlich tuvo que advertirlo, con acritud arse- 



Rafael Barrett 136 

nical, que la hectina no es sino el número 410, aban- 
donado por inútil dos años antes. Según Milian, el 
606, presentado bajo forma de polvo, exige una pre- 
paración extemporánea, un material complicadísimo 
para el médico: limas, morteros con su mazo, 10 pipe- 
tas esterilizadas, tubos de ensayo, alcohol metílico, 
agua hervida o, de preferencia, esterilizada, legía de 
sosa del comercio, solución decinormal de sosa esteri- 
lizada, ácido acético cristalizable, solución alcohólica 
de fonolftaleína . . . Dumont, en la «Presse Medícale», 
anuncia que el 606 causa un dolor atroz: el enfermo 
no puede moverse durante una semana. Suelen produ- 
cirse infiltraciones, edema, supuración, fiebre de cua- 
renta grados, con cefalea, náuseas, vómitos, agitación, 
sed terrible y, a veces, erupciones escarlatiniformes o 
urticarias... ¡uf I ¿Y qué? Los hechos están ahí. El 
606 barre lesiones sifilíticas de todos los períodos. Su 
acción preventiva y abortiva es fulminante. Las re- 
caídas parecen escasas. La técnica se simplifica, y 
Wechselmann, por ejemplo, ha conseguido hacer indo- 
loras las inyecciones. En un total de 15 a 20.000 ca- 
sos tratados, ha habido 12 muertos, menos del 1 por 
10001 Y por añadidura, casos contra - indicados previa- 
mente. Pues bien, se ha dicho que la avariosis no 
mata hasta ese punto. Se ha involucrado la mortali- 
dad de la población entera con la de los avariósicos, 
como si el 606 se administrara a los sanos, y lo que 
nos importase no fuera saber cuántos avariósicos mue- 
ren de « avariosis >, sometidos al 606, y cuántos, someti- 
dos al mercurio. 1 caso fatal (y no alcanza) contra 999 



137 " 606 " 

mejorados o curados, es a todas luces maravilloso. ¿Y 
el cloroformo, que mata el 3 por mil? Seguramente, 
que el cloroformo mata más que el sufrimiento . . . su- 
primamos la anestesia. ¡Con tan espesos sofismas, se 
ha pretendido influir sobre el público francés! 

El doctor Renon, en el «Journal des Praticiens» 
manifiesta su deseo especial de proteger al público 
contra las mistificaciones de la prensa, de la «gran 
prensa». Ella es la culpable. Ella ha hecho un re- 
clamo insensato al 606 y acaso venal. El doctor Re- 
non quería que los diarios se redactaran con la exac- 
titud y el desinterés con que redactó Laplace su 
«Mecánica Celeste». Un periodismo exacto y desinte- 
resado (o no industrial) no sería periodismo. Esas 
virtudes concluirían con él, por oponerse a la exten- 
sión y a la celeridad informativas que le confieren 
su poder, su inmensa eficacia. Prohibir a la prensa 
tocar ciertos asuntos no sería ilustrar al público, se- 
ría dejarle completamente a oscuras. Sólo por inter- 
medio de la prensa llegará la mayoría del público 
hasta la revista científica y las actas de las acade- 
mias. Es en la prensa misma que los lectores han de 
aprender a defenderse, a distinguir y clasificar las 
oratorias respectivas de un doctor Garrido, de un Pe- 
nadés, de los naturistas, de un Doyen o de un Metch- 
nikoff, de un Ehrlich. Y el que no aprenda que lo 
pague. Los tontos deben ser castigados. Proteger es 
debilitar. En esta ocasión, por lo demás, la prensa 
acertó; sus pronósticos favorables al 606 fueron con- 



Rafael Barrett 138 

firmados, «grosso modo», en los recientes congresos 
de Koenigsberg y de París. 

¿Y qué decir del argumento de tres o cuatro «chau. 
vinistes» contra el 600: que es un «remedio ale- 
mán»? jLa nacionalidad del 606! ¡La nacionalidad de 
los números l Hay buenos momentos en la vida: es 
cuando se vuelve bufa. No me burlo. Llámese 606 al 
606, o llámese diclorhidrato de diamidoarsenobenzol, 
es, como todo los cuerpos definidos y preparados quí- 
micamente, un conjunto de medidas, un sistema de 
números. ¡La aritmética alemana! El 606, nacido en 
Berlín, renace con idéntica facilidad en cualquier la- 
boratorio del otro lado de la frontera. La ciencia, no- 
driza de nuestra civilización, es internacional, y nos 
tenemos que ir enterando. ¡Qué le hemos de hacer! Es 
injusto, es antipatriótico. ¿Por qué no interviene Gui- 
llermo II, y no manda fabricar una avariosis que no 
ataque a los alemanes, o un remedio que no cure a 
los franceses? Pero ni siquiera Ehrlich es alemán. Ha 
nacido en Praga. . . 

Excelente Ehrlich, fundador de la quimioterapia, 
que obtuviste la victoria después de 25 años de labor 
y de 605 fórmulas tiradas al cesto: ¿no será inmortal 
tu 606? ¿qué detendrá a los hombres en su concupis- 
cencia? Al curarles en un abrir y cerrar de ojos las 
lacras de su vioio, les tranquilizas y casi les absuelves- 
• Haces bien ! El vicio cubierto de llagas tiene algo de 
heroico, conviene desprestigiarlo. Desde que nos pri- 
varon de infierno pecamos con menos voluptuosidad, 



\ 



139 "606" 

Sanemos lo físico; releguemos los problemas morales 
a la región invisible— mientras no se invente la pa- 
tología de los sentimientos, y la seroterapia de las 
pasiones. 



s£BCa 



A PROPOSITO PE NAPOLEÓN 

He hablado de la debilidad trascendental de Napo- 
león, y esto ha escandalizado a los admiradores del 
«profesor de energía», según la oportunamente recor- 
dada frase de Mauricio Barres. 

Deseo aclarar mis palabras, a lo menos para evitar 
que se me tenga por un enamorado de la paradoja. 
La paradoja en seco es una diversión despreciable? 
apenas superior al retruécano y al calembour. Dios 
me libre de ensuciar mi entendimiento con tales paya- 
sadas. Ansio encontrar la verdad, mi verdad, cons- 
truirla poco a poco mediante lo mejor de mi corazón 
y de mi experiencia. Dentro de una filosofía del al- 
truismo, Napoleón aparece necesariamente como un 
ser inferior, o dicho de otra manera, como un ser débil. 

Hay energía y energía. ¿Profesor de energía? ¿De 
qué energía? Físicamente, las únicas energías que el 
hombre desarrolla son mecánicas y técnicas. Napoleón 
era bajo pero atlético. Sabemos que echó a rodar de 
un puntapié en el vientre a uno de sus altos funciona- 
rios. Sin embargo, no es lo mismo profesor de energía 
que de gimnasia. De un modo más amplio, se afirmará 
que Napoleón era un organismo de una resistencia 
notable. Trabajaba veinte horas seguidas, pasaba tres 



Rafael Barrett 142 

noches sin dormir, reventaba a sus oficiales y a sus 
secretarios. Servido por una fisiología robusta, ejecu- 
taba en línea recta sus planes. Nada de esto es 
trascendental. La buena salud puede coincidir con la 
compleja debilidad interior. 

Llegamos a la inteligencia napoleónica. ¡ Un genio ! 
Sí. Un maravilloso combinador de síntomas humanos. 
Jugaba al ajedrez con innumerables piezas de carne y 
hueso y ganaba siempre. He aquí su facultad maes- 
tra: la de hacerse presente un conjunto extremada- 
mente complejo de objetos, con tal de que estos ob- 
jetos caigan bajo los sentidos y tengan figura y color 
a los ojos de la imaginación. (Duhem, La théorie 
physique). Esta facultad es la memoria, la más débil 
del espíritu desde nuestro punto de vista, la más pa- 
siva, la más estéril en la obra ideal. La memoria de 
Napoleón, dice Boúrrienne, era prodigiosa para los 
hechos y las localidades. «Me acuerdo que yendo de 
París a Tolón, me hizo notar diez lugares adecuados 
para librar grandes batallas . . Era un recuerdo de 
los primeros viajes de su juventud, y me describía la 
configuración del terreno y me designaba las posicio- 
nes que hubiera ocupado, aun antes de que estuviéra- 
mos en los sitios a que se refería». ¿Para qué citar 
ejemplos de la memoria de Napoleón? Son clásicos. 
Napoleón debió a la memoria su famoso conocimiento 
de los hombres. Taine lo explica perfectamente. «Tal 
fuerza moral invisible puede ser constatada y aproxi- 
madamente medida por su manifestación sensible, por 
una prueba decisiva, que es tal palabra, tal acento' 



143 fi propósito de Napoleón 

tal gesto. Son estas palabras, gestos y acentos los que 
él recoge; percibe los sentimientos íntimos en su ex- 
presión exterior, se pinta lo de dentro por lo de fuera, 
por tal fisonomía característica, por tal actitud par- 
lante, por tal pequeña escena abreviativa y tópica, 
por muestras y escorzos tan bien elegidos y de tal 
modo circunstanciados que resumen toda la fila inde- 
finida de casos análogos. De esta manera, el objeto 
vago y fugitivo se encuentra de repente preso, reu- 
nido, y después calibrado y pesado.» El cerebro de 
Napoleón, todo es superficie, dotado, a semejanza de 
la placa fotográfica, de una enorme sensibilidad re- 
ceptiva, reaccionaba con rapidez y exactitud, pero esa 
onda, dueña de-1 espacio, moría en el tiempo. Napoleón 
contestaba a lo presente con lo presente. Un espíritu 
de energía trascendental vence a los siglos y contesta 
a lo presente con lo futuro. 

La ineptitud de Napoleón para abstraer y para gene- 
ralizar es curiosa. Este excelente conocedor de indi- 
viduos era un pésimo conocedor de colectividades. Ni 
sospechó ni comprendió jamás sus derrotas de Rusia 
y de España. Es que allí no se las había con genera- 
les, sino con pueblos. La ocurrencia de repartir la 
Europa entre sus parientes, en nuestra época de eman- 
cipación política y social, es propia de un miope, por 
no decir de un ciego. Napoleón no se ha dado cuenta 
de lo qué es ni de adonde marcha la humanidad. Es- 
taba privado de cuanto el espíritu encierra de noble 
y de vidente. Tenía horror a las letras, al arte, a las 
elevadas especulaciones de la razón. «Ignora la ma- 



Rafael Barrett 144 

yor parte de las grandes verdades descubiertas de 
cien años acá>, decía Stendhal. Sus facultades han 
sido las más bajas de la inteligencia, y puestas al 
servicio de los instintos más bajos: la sed de poder 
y de honores, el egoísmo insaciable de los que nin- 
guna riqueza espiritual poseen, de Jos que sin absor- 
ber las energías ajenas no subsistirían de los débiles 
trascendentales en fin. 

Todo en Napoleón es vulgar. Lo extraordinario en 
él no es la calidad, sino la cantidad. Alma vulgar, 
de monstruosas proporciones; admiradla si queréis. 
Yo prefiero admirar al último estudiante ruso que 
arriesga su vida por una convicción generosa. Que 
me perdone el ilustre escritor enemigo de Dreyfus; 
no buscaré profesores de energía entre los célebres 
bandidos de la historia. Seguiré creyendo que quien 
necesita de la fuerza material para influir en sus se- 
mejantes no es fuerte, sino débil. Seguiré creyendo 
débil al que desapareció del mundo apenas cayó la 
espada de su mano; al que dispuso de millones de 
hombres, y no fué capaz de legarnos una idea. 



ULTIMA NflPOLINflRIA 

Dejando a un lado ciertas apreciaciones que hace 
el señor Casabianca de mi persona y que a nadie in- 
teresan, aprovecho con gusto la nueva ocasión que se 
me ofrece de discurrir sobre la debilidad trascendental 
de Napoleón Bonaparte. 

Pero quiero ante todo consignar que Anatole France 
está más de acuerdo conmigo que con el señor Ca- 
sabianca. 

Casabianca: «Napoleón no pudo ser vulgar». 

France : « Todas sus acciones fueron grandes y co- 
munes. Y es esa vulgar grandeza...» 

Barre tt : « Todo en Napoleón es vulgar. Lo extraor- 
dinario en él no es la calidad, sino la cantidad, Alma 
vulgar y de monstruosas proporciones.. .> 

Cito al pie de la letra. Sigo : 

Casabianca: «Cerebro gigantesco... titán del pen- 
samiento. ..» 

France : « Su cerebro no fué nunca más allá de su 
mano ... No tuvo vida interior ... No se encuentra en 
él una sola curiosidad filosófica, una sola preocupa- 
ción de lo desconocido, una sola inquietud del misterio 
que envuelve a nuestro destino. En Santa Elena, cuando 



10 



Rafael Barrett 146 

habla de Dios y del alma parece un buen escolar de 
catorce años >. (Le Lys rouge, pág. 57. ) 

Barrett: La ineptitud de Napoleón para abstraer y 
generalizar es curiosa... Estaba privado de cuanto el 
espíritu encierra de noble y de vidente. Tenía horror a 
las letras, al arte, a las elevadas especulaciones de 
la razón. Sus facultades han sido las más bajas de la 
inteligencia.» 

Las más bajas, es decir, las más próximas a la ma- 
teria, las más propias al dominio mecánico y efímero 
del mundo, las menos aptas a persistir en el tiempo, 
modelando la inteligencia de las generaciones futuras. 
Y es claro que cuando France habla de la fuerza de 
los instintos de Napoleón, de la fuerza que Napoleón 
amaba sinceramente, se refiere a la energía aparen- 
cial y grosera «lo que el común de los hombres es- 
tima» lujo, bayonetas, tambores, cruces, diademas, 
tronos, piaras de lacayos y rebaños de siervos y to« 
neladas de carne de cañón, no la energía trascendental 
a que me refiero yo y de la cual estaba huérfano el 
asesino del duque de Enghien. 

Para definir exactamente lo qué es esa energía 
trascendental, que aparece ya en los umbrales de la 
vida orgánica y que alcanza su apogeo sublime en un 
Sócrates, sería necesario un libro. Pero basta para los 
fines presentes insistir en este carácter : lo trascen- 
dental se delata por su perdurabilidad. Conquistar el 
espacio no es nada : un ciclón, un terremoto, un Na- 
poleón o un Atila lo consiguen. Lo grande es con- 
quistar el tiempo. El espacio es del oro y del hierro 



147 Ultima napolinaria 

tal vez, pero el tiempo es del alma. Vivimos de Só- 
crates, y viviremos por muchos siglos aún. ¿Quién 
vive de Napoleón? ¿Francia? El señor Casabianca 
no ha pesado bien sus palabras. Francia vive de la 
Revolución, no de quien resucitó los obispos y los 
aristócratas y el cesarismo. j Ah ! ¡ Es cierto ! Queda 
el código y sobre todo la Escuela Politécnica y la 
Legión de Honor. El señor Casabianca me permitirá 
que no me arrodille ante los estatutos de esas distin- 
guidas corporaciones. Hay altares preferibles. 

I Dios mío! ¿Qué nos ha dejado ese héroe que tanto 
mató y que ni siquiera supo morir, ese cíclope que 
« hacía y deshacía el mapa de todo un continente > y 
que se retiró a jugar al ajedrez a su presidio después 
de reducir las fronteras de su patria? <¡E1 titán del 
pensamiento! > Dadme una idea suya. 

Y todavía nos vienen con su ternura: es el colmo. 
Nos vienen con la ternura del gran canalla que mandó 
quemar el puente de la Beresina, en la retirada de 
Rusia, abandonando al otro lado veinte mil hombres. 

«Qué me importan esos sapos? exclamó el de los 
amores ingenuos, ¡que se arreglen como quieran!» 

No: cuando pensamos en las energías que hacen 
marchar al Universo, no podemos incluir entre ellas 
a los que lo agitan estérilmente. No son las tempes- 
tades las que mueven la insensible máquina de las 
estaciones ni las que reaniman los dormidos gérme- 
nes de la tierra; no es el rayo el que sonríe en el 
horizonte cuando el alba despunta; no es el huracán 
el que hincha las velas de la esperanza humana. No 



Rafael Barrett 148 

están en el violento egoísmo las realidades fecundas, 
sino en el altruismo oculto, suave, formidable, que se 
insinúa entre el inmenso laberinto de Jas cosas, y las 
inclina hacia el vértice invisible. 

Napoleón, el egoísmo hecho genio, no sirve más 
que para excitar otros egoísmos. Es el « profesor de 
energía > de los « arrivistas », de los « nietzscheanos », 
de los hombres de presa. No va esto con el excelente 
Casabianca; yo se que lo que Casabianca admira en 
Napoleón es la belleza de una carrera incomparable. 
Pero hay que tener el valor de resistir a la belleza; 
hay que tener el valor de desnudar a los más altos 
ídolos, y de confesar que también hay genios despre- 
ciables, y débiles colosos. 



CHAVEZ 



El aviador Poillot, en Chartres, se mató hace tres 
días. Ayer ha muerto Chávez, a consecuencia de su 
caída en Domossola, después de haber pasado sobre 
los Alpes. El aeroplano ha hecho hasta ahora veintitrés 
víctimas. Ninguna tan gloriosa como Chávez. Este 
adolescente se inició en la aviación hace ocho meses; 
su primer vuelo, el 10 de Febrero, en Chálons, fué de 
cuarenta minutos. El 13 rendía sus exámenes y ob- 
tenía la patente de aviador. Su cuarto vuelo duró una 
hora y cuarenta y siete minutos. El 3 de Marzo llegó 
a 510 metros de altura. 

Desde entonces la idea fija de Chávez, fué conquistar 
la altura, subir! Del otro lado del heroísmo, todo es 
ganancia. Lo mismo da caer de cien metros que de 
tres mil. Y Chávez subió, subió siempre más alto 
Concurrió en Niza, rivalizando con el terrible Latham; 
concurrió en Tours, en Lyon, en Verona, en Budapest, 
en Rúen, en Reims, en Lanark. Pero nada demuestra 
su loca y tranquila audacia como la hazaña de Reims. 
Chávez había pilotado desde el principio de su carrera 
un biplano. En Reims adquirió un monoplano, y re- 
solvió ensayarle en seguida. Ante los ojos espantados 



Rafael Barrett 150 

de Blériot, Chávez suspendido de aquella máquina 
nueva para él, subió a 1250 metros. 

¡Subir! Alejarse del polvo y del lodo, no huyendo 
— ¿comprendéis? — sino dominando. No buscando pe- 
nosamente una salida hacia la derecha o hacia la iz- 
quierda, sino hacia arriba. ; Subir! Subir sobre las 
madrigueras humanas, sobre los rastros de la tierra, 
cernirse sobre los montes, sobre el mar vaporoso de 
las nubes, seguir realmente el camino que señalan 
las flechas inmóviles de las catedrales! j Subir, ser 
el centro del gran abismo esférico, flotar entre las 
dos mitades del mundo, entre la sombra verdosa y la 
luz de oro! ¡Subir, y mientras el alma respira la so- 
ledad de Dios, atender al séptuplo latido del corazón 
del aeroplano, a las palancas y al volante, a las os- 
cilaciones imprevistas y a la trémula nervatura de 
metal, de madera y de tela y al gemido de la hélice 
y al crugir y vibrar y palpitar del velívolo frágil; sa- 
ber que un remolino inopinado, una ráfaga adversa, 
un gesto en falso del piloto pueden ser la catástrofe, 
saber que bajo vosotros os aguardan, ahuecadas e 
invisibles, las manos de la muerte! ¡Subir, vencer la 
gravitación del planeta, y con un átomo de fuego en 
las entrañas, alzarse al encuentro del sol! 

Chávez vio que la travesía de los Alpes no era en- 
teramente absurda. Vio que el átomo de fuego pasa- 
ría tai vez sobre las cumbres glaciales. Para Chávez, 
como para todos los héroes, concebir era también eje- 
cutar. Su cuerpo era en verdad hermano de su espí- 
ritu. Se preparó cuidadosamente. Entrenándose, batió 



151 Cháuez 

el 8 de Septiembre el record de la altura. ; Subió a 
2.587 metros! El 23, tras varias tentativas sin éxito, 
el prodigio se llevó a cabo. Triunfante del frío, de 
los huracanes que aullan en las siniestras gargantas 
del Simplón, triunfante del azar, del horror y de lo 
imposible, Chávez cruzó los Alpes en cuarenta y 
cinco minutos. Y sobre la llanura lombarda, oyendo 
ya las aclamaciones frenéticas de sus amigos, una 
ráfaga traidora le volcó, le precipitó de diez misera- 
bles metros y le quebró las dos piernas. . . 

Y el hombre que había ascendido adonde las águi- 
las no se atreven, fué arrastrado a un pequeño lecho 
de hospital. Vivió aún tres días. Los especialistas 
más en renombre acudieron a salvarle. Una ciencia 
voló en socorro de la otra. Y todo fué inútil. Inútiles 
las inyecciones de agua salada y de cafeína, inútiles 
los balones de oxígeno. Y, el niño sublime gritaba: 

— ¡No quiero morir! 

Su hermano, sus compañeros, devorando los sollo- 
zos, le decían: 

— Has triunfado. Nadie ha hecho lo que tú. Has 
entrado en la gloria. . . 

Y él gritaba : 

— jSí, pero me muero, y no quiero morir! ¡No 
quiero morir! 

¡Y mueres, pobre Chávez, envidiable Chávez! Mue- 
res, porque te han quebrado tus patitas de pájaro. 
Mas nos dejas tus alas. Mueres, y no quieres morir, 
y tienes razón. La humanidad no quiere morir, y por 
eso tú, nobilísimo pedazo de ella, revoloteaste hasta 



Rafael Barrett 152 

la cresta de granito y de hielo. Y la vida, que nos 
aplasta contra la lisa y negra muralla de la muerte, 
nos empuja hacia arriba, ¡oh, sí! — nos hace sucum- 
bir y subir a la vez como una marea rebosante. Y 
acaso sobre las crestas de la muerte está el aire li- 
bre, el aire que los átomos de fuego alcanzarán y 
cruzarán mañana. 

No, no queremos morir. El aviador Tabuteau in- 
tenta hoy atravesar los Pirineos. 



s£3Ca 



VACUNA 



«Scire est mensurare», decía Keplero. Saber es me- 
dir. De Keplero acá, el desarrollo de las ciencias ha 
hecho cada vez más axiomático el aforismo. «Si sabéis 
medir aquello de que habláis, dice lord Kelvin, y ex- 
presarlo por medio de una cifra, algo sabéis de vues- 
tro asunto». El cuerpo de una cieneia que merece el 
nombre de tal es un conjunto de medidas, una esta- 
dística suficiente, y cuando la ley probable nos re- 
produce los números de la observación con un error 
más pequeño que el imputado a los instrumentos, la 
ciencia es exacta. La mecánica celeste entera, casi 
toda la física y gran parte de la química son exac- 
tas. En cambio, casi toda la medicina es empírica y 
conjetural. La medicina sólo pasa por ciencia a los 
ojos de los que, ignorando las matemáticas aplicadas, 
no tienen concepto alguno de lo qué la ciencia es. El 
médico mide la temperatura, la presión arterial, los 
coeíicientes respiratorios; hay una energética fisioló- 
gica, una química de nutrición, un ensayo de una 
química de la infección y de la inmunidad; hay un 
bosquejo de una electrotecnia del sistema nervioso... 
es indiscutible. Pero lo que el médico mide es toda- 
vía insignificante; islotes cuantitativos en medio del 



Rafael Barrett 154 

mar cualitativo, es decir, en medio de lo que aun 
está lejos de ser ciencia. El médico, habitualmente, 
nada en pleno azar. No le culpéis; el organismo hu- 
mano es mucho más complicado y misterioso que el 
firmamento; por eso la astronomía es más perfecta 
que la fisiología, y más pobre. En lo perfecto hay 
siempre un fondo limitado y simple. No culpéis tam- 
poco al médico de su anómala suficiencia; la suges- 
tión es una terapéutica apreciable, y esa piadosa 
farsa sacerdotal le permite consolar y aliviar al que 
sufre. 

¿Debemos vacunarnos? He aquí, a mi entender, 
una cuestión de pura simpatía. Para fijar científica- 
mente el valor de la vacuna sería necesaria una es- 
tadística quimérica por lo enorme. ¿Y cómo separar 
de la influencia vaccínica la de los factores higiéni- 
cos? Si pretendiéramos conocer los efectos a largo 
plazo, en lo que respecta a inferiorización del terreno 
fisiológico, la estadística — mejor dicho el censo — lle- 
garía a lo descomunal. Apenas el milésimo de los 
datos posibles obra en nuestras manos. Lo positivo 
es que también los vacunados se enferman de viruela 
y mueren. Sin embargo la vacuna quizás sea útil. No 
nos está prohibido creer en ella; lo que nos está 
prohibido es creer en ella de una manera científica. 
Se trata de una creencia religiosa. Esta pseudo-verdad 
ha durado un siglo. Es bastante vida para un dogma 
tan menudo. Aunque fuera verdad debe eclipsarse. 
Sería una verdad mal comprendida, aislada de la 
investigación corriente, tal vez por no haberse obte- 



155 Vacuna 

nido hasta la fecha el microbio variólico, una verdad 
estéril por haber sido descubierta sin motivos y acep- 
tada sin esfuerzo, una verdad desacreditada por su 
triunfo y que, si vale la pena, volveremos a descu- 
brir más tarde. 

En la legítima contienda entre vacunistas y anti- 
vacunistas, de la cual hemos de felicitarnos — la una- 
nimidad, ha dicho Gourmont, es una cosa triste — 
los antivacunistas me inspiran confianza porque son 
pocos. Las certidumbres nuevas, como el sol naciente, 
brillan en una minoría de cumbres, a veces en una 
sola. Cuando el buque se acerca a tierra, no es la 
multitud de a bordo quien la ve primero, sino el 
vigía solitario en su mástil. Estos herejes de la va- 
cuna son simpáticos. Lo son tanto más, cuanto que 
se ha deliberado sobre si convenía hacerles callar a 
la fuerza. Entonces ha parecido evidente que tenían 
razón. 

Ciertos argumentos suyos, no obstante, carecen de 
solidez. «La vacuna obligatoria, dicen, es un dispa- 
rate, porque una persona sana no constituye peligro >. 
Pero si la vacuna inmuniza realmente contra la vi- 
ruela, claro está que los vacunados son menos peli- 
grosos que los no vacunados. No contagian hoy, mas 
contagiarán mañana. Se aisla a los variolosos, no por 
los contagios que han producido ya, sino por los que 
han de producir. El peligro y las medidas para evi- 
tarlo, se refieren a un futuro remoto o próximo. Ma- 
tamos o encarcelamos a los criminales con el fin de 
que no nos perjudiquen más. El crimen ejecutado no 



Rafael Barrett 156 

tiene importancia, puesto que no tiene remedio. La 
reincidencia presunta es lo que justifica nuestra re- 
presión. Los delincuentes son castigados por los de- 
litos que no han cometido, como serían vacunados 
por la viruela que no habrían nunca de padecer. 

La evaluación del peligro público y del derecho 
que asiste a los gobiernos para vulnerar en beneficio 
común la libertad individual, depende de mil matices 
mentales. Supongo que esta época de pesado mate- 
rialismo—en que el prosaico Samuel Smiles es un 
apóstol etéreo — atribuye definitiva trascendencia a la 
salud. Si a la inmensa mayoría de los hombres de 
nuestro siglo se les ofreciera, con las enfermedades 
correspondientes, el genio de Lucrecio o de Pascal, 
lo rechazarían indignados. 



LOS MÉDICOS 



¿De qué viven los médicos? De los enfermos. El 
hecho es conocido, pero no solemos sacar sus eviden- 
tes consecuencias. Lejos de recompensar a los médicos 
por la cantidad de salud que gracias a ellos, o a pesar 
de ellos, pueda haber en el mundo, se les recompensa 
en razón de Ja cantidad de enfermedad que revisan. 
Sumad los dolores, las angustias y las agonías de la 
carne humana en los países civilizados a lo occiden- 
tal, y previa una simple proporción, deduciréis lo qué 
se abona a los médicos. El interés de todo médico es 
que haya enfermos, cuantos más mejor, como el in- 
terés de todo abogado es que haya gentes de mala fe 
y de mal humor, enredadores, tercos y tramposos. La 
lealtad de los corazones y el sentimiento de lo justo 
acabarían con los pleitos. También la higiene privada 
es para los médicos una epidemia. 

Si constituyesen un gremio de moralidad media; si 
fueran hombres parecidos a los demás, correríamos 
grave riesgo. Cada cual provoca en el ambiente que 
le envuelve las transformaciones favorables a su exis- 
tencia: el comerciante acapara, el periodista inventa, 
el político intriga, el banquero hace correr noticias, 
falsas o no, que ayuden a sus planes. Al médico le 



Rafael Barrett 158 

conviene que haya enfermos: es extraordinario que no 
procure producirlos. La medicina, incapaz de curar, 
no lo es de enfermar. Nada más sencillo que descom- 
poner un aparato, por mucho que ignoremos su meca- 
nismo. Pues bien, mientras los bolsistas urden la mi- 
seria y la desesperación de familias inocentes, y los 
empresarios industriales restablecen sobre la tierra 
una esclavitud peor que la otra, los médicos, según 
todas las probabilidades, renuncian al semihomicidio 
lucrativo. Si empeoran el estado de sus clientes, es — 
fenómeno curioso — de un modo involuntario. 

Les somos, a priora grandemente deudores de que, 
por lo general, se abstengan de intervenir demasiado 
en sus asuntos. Les hemos de estar muy agradecidos 
de que se mantengan en su papel de espectadores a 
veces poco afortunados. ¿Y quién tiene la culpa de 
nuestra situación desairada? Nosotros mismos. ¿En 
virtud de qué razonamiento de topos hemos resuelto 
pagarles por visita? Ningún técnico es empleado a 
jornal; se le ajusta el precio de una obra concluida 
satisfactoriamente, y jay del ingeniero a quien se le 
cae él viaducto, o del contador a quien no le salen 
las cuentas! Era de sentido común convenir los hono- 
rarios en el caso único de la curación. Un campesino 
muy avaro tenía a su mujer en cama desde hacía dos 
meses, y acosado por los vecinos, se decidió a Uamar 
al doctor: 

— Que me la cure o que me la mate, le he de pa- 
gar peso sobre peso. 



159 Los médicos 

La vieja falleció, y a poco, apareció el Galeno a 
saldar su cuenta. 

— ¿La mató Vd.? — pregunto el aldeano. 

— jQué locura I Dios dispuso de lo que era suyo. 

— ¿La curó Vd.? 

— Desgraciadamente, no. 

— Pues entonces, no le debo nada. 



Una medida de pública defensa sería publicar al 
lado de cada defunción acaecida en el día, el nombre 
del médico. Se cuenta que uno de los judíos más ri- 
cos del mercado Jrancés ccmenzó a poner en práctica 
esta idea, utilizando la cuarta plana de un pequeño 
diario que arrendó no se sabe dónde, cuando no po- 
seía un centavo aún. Chantage tan ingenuo fué la 
base de su fortuna. La verdad es que se abre suma- 
rio ante una desgracia por imprudencia, ante un ac- 
cidente casual, y no se alude siquiera al único direc- 
tamente complicado en esas muertes que con deliciosa 
ironía denominamos naturales. El diploma es el salvo - 
conducto del asesinato. 

La objeción capital al control consiste en que la 
ciencia es impotente para establecerlo. Ninguna per- 
sona medianamente ilustrada o que haya visto de 
cerca trabajar a los médicos, se hará ilusiones sobre 
los vagos recursos del azaroso arte de sanar. Un res- 
frío, media docena de granos, una jaqueca, he aquí 
problemas terribles. Oímos sin extrañarnos, que a los 
mejores facultativos se les mueren seguidos los en- 



Rafael Barrett 160 

fermos, y que principiantes salvan a moribundos des- 
ahuciados por eminencias. No pasa mes sin que se 
renueven las teorías en curso. Los sistemas menos ra- 
zonables encuentran éxito. Ignorantes iluminados enar- 
bolan procedimientos estrafalarios, reúnen millares de 
dolientes y hasta los curan. Lo más conveniente para 
los enfermos que quieran gastar una cierta suma en 
la experiencia, es recorrer los consultorios, apuntar lo 
ocurrido en cada uno y comparar las anotaciones. 
Quién, ante el estado rudimentario de la fisiología y 
de la terapéutica, tiene derecho de acusar a un mé- 
dico por torpe o criminal? 

¿Será prudente adquirir en unas cuantas semanas 
las escasas nociones reconocidamente útiles que arroja 
la medicina moderna, y no acudir jamás a los médi- 
cos? Esto sería quizá lógico, pero, indudablemente, 
poco humano. Necesitamos la fe. Siempre, el que 
viene a tocar las llagas es el santo milagroso. Siem- 
pre se escuchan las palabras de consuelo. Si el mé- 
dico no fuera sino un sabio, estaría perdido. Es un 
mago, un sacerdote. Trae los sacramentos en las bo- 
tellas y frascos donde los boticarios sin conciencia 
vierten sus innumerables porquerías. El médico es el 
enviado de la providencia. Su función es sobre todo 
religiosa. 

La medicina, en su acción social, tan diferente de la 
quirúrgica, se aparta de la ciencia y seguirá apar- 
tándose mucho tiempo. Durante mucho tiempo, los 
discípulos de Pasteur, que no era médico, lucharán en 
la soledad del laboratorio, antes que desaparezcan los 



161 Los médicos 

actuales curanderos perfeccionados y sugestionadores 
a la moda. Y aquellos fanáticos de la certidumbre que 
se acercan a los lechos de los hospitales, no llevan la 
piedad en la boca y la indecisión en el alma, sino la 
fiera curiosidad en los ojos y la muerte en las manos. 
Van a violar el enigma, a sacrificar a sabiendas un 
cuerpo dolorido, para ensayar la nueva hipótesis, la 
nueva sustancia. Delincuentes sublimes, roban la vida 
presente,~como el amor, para cimentar la vida futura. 



EXÁMENES 



Es cosa de preguntarse si los señores del tribunal, 
según la frase clásica, toman en serio su papel, y pre- 
tenden quedar enterados, al cabo de un cuarto de 
hora, de lo qué un alumno recuerda y comprende. He 
aquí un pobre niño que comparece como un reo ante 
el aparato risible para nosotros, pero imponente para él, 
de todas las justicias terrestres y divinas: tres magis- 
trados, o más, a cuyos rostros se pega la severidad 
de lo omnipotente y de lo infalible, y de quien depende 
la muerte o la vida, porque un año es un buen pedazo 
de nuestra existencia. El delito de asistir a los absur- 
dos establecimientos de la enseñanza burocrática me- 
rece la penitencia del banquillo fatal, pero no es ese 
muchacho asustado el que debe sufrirla. Ahí está, tor- 
turando su memoria, implorando la amabilidad del 
azar. Oh ! no se dirigirán a sü inteligencia, a su ima- 
ginación, a sus ideas felices ante una cuestión prác- 
tica, natural, humana, que pida la elasticidad y no la 
inercia de su espíritu, no. Le exigirán la innoble faena 
de desembuchar, si la suerte le ayuda y el terror no 
le paraliza, algo de los millares de palabras sin sen- 
tido que devoró durante las últimas noches en vela, 
espoleado por la prueba próxima; le exigirán un cere- 



Rafael Barrett 164 

bro bastante blando, bastante pasivo, bastante resig- 
nado para que los tipos de imprenta, al modo del hie- 
rro candente en el anca de la res, hayan dejado au- 
téntica la marca del dueño; le exigirán que sea fonó- 
grafo, y si funciona bien, los señores del tribunal fir- 
marán que el fonógrafo sabe matemáticas, historia, 
química, literatura. 

Farsa curiosa I Si a alguien le interesara sincera- 
mente conocer hasta qué punto el alumno se ha in- 
crustado el libro de texto, se acudiría al maestro en- 
cargado de la incrustación, el cual, en un largo curso 
de nueve o diez meses, puede mejor que nadie reunir 
los datos ad-hoc. Mas qué importa la cantidad de le- 
tras que el paciente engulla o no engulla? Quién cree 
formalmente que en nuestros colegios se aprende algo? 
Quizá se aprende a ser profesor. Para el que conserva 
los sagrados principios administrativos, el colegio es 
una oficina donde se asciende. Para el que aspira a 
volver a la Naturaleza, a la realidad de que le ha se- 
parado el sucio charco de tinta, el almacén de signos 
muertos que los dómines amontonan; para el que 
busca las fuentes fecundas del mundo y de su propia 
conciencia, lo urgente es raspar la tina contagiada en 
los bancos de escuela, olvida los libracos elementales, 
pedantes y embusteros como ellos solos, enderezar la 
razón enviciada, sometida a una docilidad ignominiosa, 
cauterizar las llagas de pereza y deshonestidad inte- 
lectual adquiridas en clase, galvanizar la médula yerta 
y erguir el espinazo, resucitar la admiración y la cu- 
riosidad aletargadas al canturreo de las lecciones. Úni- 



165 Exámenes 

camente a contar del instante en que intentamos des- 
truir la obra de la instrucción oficial, estamos seguros 
de aprovechar el tiempo. 

Ahora, si se empeñan en perpetuar los dichosos exá- 
menes, por qué no encomendar a algunos hombres in- 
teligentes el cuidado de proporcionarnos un breve diag- 
nóstico psicológico? Levantar un acta, provisoria y 
somera sin duda, del carácter del niño, es mucho más 
útil que ocuparse de los ficticios resultados de una 
cultura académica perniciosa. Extracto del Journal des 
Economistes un ejemplo de sensatez: se trata del con- 
curso de entrada en la escuela inglesa de los Naval 
Cadets. Hay un comité de interview compuesto de 
cuatro oficiales, que en un aposento aislado charlan 
sin ceremonia con el rapaz, haciéndolo reir para que 
se muestre desahogadamente tal cual es. Todo consiste 
en una conversación hábil que delate un entendimiento 
alerta y observador, una madera que promete. Se ha 
interrogado a los futuros marinos sobre el color de 
los cangrejos vivos y sobre si las vacas tienen los 
cuernos delante o detrás de las orejas. Los catedrá- 
ticos a patrón se burlarán de tal sistema; es probable 
que ellos mismos no acertarían a contestar. 

Sin embargo, la salvación está en suprimir los exá- 
menes, continuando después en la tarea de airear y 
desinfectar los cuarteles donde se mistifica y se co- 
rrompe a nuestros hijos. Hay que abrir todas las ven- 
tanas á la luz, al amor, a la verdad, a la alegría. Hay 
que arrancar las almas inocentes al odioso formulismo 
escribanesco. Hay que unir los libros a las cosas. Edu- 



Rafael Barrett 166 

carse es prepararse a la vida, y la vida ha cambiado. 
No es ya el latín y el griego la clave del saber. No 
nos atañen ya la teología ni la heráldica. Lo que nos 
preocupa existe de veras, nos acecha y nos amenaza; 
nuestro destino es luchar con obstáculos reales y con 
fuerzas sin piedad, no con sombras y leyendas. Por 
eso la ciencia que no está más que en el papel es 
mentira y es maldad, y nuestro deber, si no consi- 
guiéramos mantener la ciencia en contacto y en fusión 
constantes con el Universo, sería aniquilarla. 

Lippmann, el célebre descubridor de la fotografía 
de los colores, ha hablado con su inmensa autoridad 
en el «Congreso para el adelanto de las ciencias» ce- 
lebrado en Lyon hace poco. Ha protestado furiosa- 
mente contra los concursos, los textos, los programas, 
los exámenes. El asunto de su discurso era «Las re- 
laciones entre la ciencia y la industria». En terreno 
tan de su competencia demostró el insigne físico que 
la instrucción pública francesa (modelo de la española 
y sudamericana) está fundada en conceptos chinos. 
El Estado es un perfecto mandarinato. Todo arranque 
individual sucumbe bajo la red terrible. Tragar su 
texto, asegurar su programa, salir de su examen, eso, 
en su mezquindad estéril, es el fin, el sueño, el ideal 
de las energías vírgenes de una nación. 

Lo divertido es que el método es obligatorio. Como 
si no fuera el derecho a ignorar igualmente respeta- 
ble, y tal vez basado en filosofía más sana que el de- 
recho a instruirse, todavía se impone a lo delicado y 
puro de nuestro ser un procedimiento degradante. Y 



167 Exámenes 

pensar que la solicitud lamentable de los gobiernos 
se despliega en un planeta donde las tres cuartas 
partes de la humanidad están condenadas a una mi- 
seria espantosa, y donde diariamente centenares de 
personas perecen de hambre y desesperación! 



^¡ÜgB 









Lfl VIOLENCIA 

Es natural a los jóvenes despreciar la muerte. Des- 
preciar la muerte es despreciar la vida, y la vida de 
un joven es bagaje ligero. Cuando no hay un pasado 
sobre nuestros hombros, saltamos alegremente los pre- 
cipicios. Edad embriagada en que medimos el mundo 
con nuestros sueños, y nos agitamos en la ilusión de 
acelerar el ritmo de las cosas y creemos que sólo es 
bello lo trágico, y sólo fecunda la lluvia de tempestad. 

Más tarde nos reconciliamos con lo que dura, y nos 
reímos de nuestras pequeñas explosiones. Cierto que 
se encuentran hombres violentos hasta en la vejez; 
son precisamente los que hasta la vejez han sido inú- 
tiles y fastidiosos. Hay muchas maneras de no existir; 
una de ellas es el desorden. Violencia es desorden. 
Bonaparte: ejemplo de cómo una energía colosal puede 
volverse estéril. Los ciclones humanos se parecen a 
los de la naturaleza. Sus cataclismos son aparentes, 
sus ruinas apenas ruinas. Su violencia fútil es impo- 
tente contra la primavera, porque deja intactas las 
raíces de la realidad. Sus iras son vanas; sus armas 
de cartón pintado. Un Watt es él destino presente y 
en perpetua obra; un Bonaparte es el espectáculo; 



Rafael Barrett 170 

caído el telón, las gentes reanudan sus habituales 
tareas. 

Lo verdadero se enlaza y consolida con lo verda- 
dero, y lo falso con lo falso. La violencia, que es 
falsedad, nace fácilmente de los prejuicios y de las 
aberraciones sociales. Así el honor caballeresco exige 
la violencia. ¿No es absurdo hasta lo grotesco que 
dos personajes reputados por sus méritos, como ha 
ocurrido ahora en Buenos Aires, presenten cada uno 
su vientre al pincho del otro? Este caso aparecerá 
ridículo en Inglaterra, donde se respeta la salud de 
los ciudadados que sirven, y sublime en España, pa- 
tria del honor caballeresco, y país poco creador y 
muy alejado de las corrientes modernas. Mas para 
hallar un pueblo que con burlona serenidad juzgara 
dignamente nuestras costumbres, sería preciso retro- 
ceder veintitrés siglos, y apelar a aquella Atenas por 
cuyas calles se paseaba el filósofo que, golpeado en 
la cara, se había contentado con poner debajo de la 
herida este letrero: «Fulano es el autor». 

La violencia está tan incrustada aún en nuestros 
espíritus, que no nos extraña verla permitida y casi 
recomendada en el código. Al lado del razonable per- 
miso de defendernos con la fuerza de los ataques 
de la fuerza, está el salvaje permiso de matar a nues- 
tra esposa. No pudiendo enviar los padrinos a la que 
nos ha inferido una ofensa casi siempre merecida, 
prescindimos de formalidades y la asesinamos si que- 
remos. El escarnio público se convertirá en admira- 



171 La üiolencia 

cíóil Muchos maridos aprietan el gatillo del revólver 
por « quedar bien ». 

¿Y el enternecimiento de los tribunales cuando se 
trata de crímenes de pasión? Los celos, la venganza 
inmediata, la ira, la lujuria, todo lo que destruye 
nuestra frágil civilización y nos confunde con las bes- 
tias feroces, la violencia en fin, conmueven dulce- 
mente a los señores del jurado. ¡Deben sentirse ellos 
mismos tan próximos a las bestias! En cambio serán 
implacables con los delitos complicados, ingeniosos y 
fríos, donde resplandecen el valor reposado y la in- 
teligencia. Gracias a lo obtuso de las sentencias, ani- 
quilarán organismos todavía aprovechables, y nos 
pondrán a la constante amenaza de los homicidas ro- 
mánticos. 



DIARIO DE A BORDO 



1.° de Septiembre. — La partida. Día gris. La Asun- 
ción agolpa sus escasos madrugadores en los muelles. 
Un barco que zarpa es un acontecimiento. Hay bajante. 
Nos llevan en un vaporcito hasta el lugar donde nos 
aguarda, detenido por los bancos, el vapor de la ca- 
rrera Y la ciudad palidece y se esfuma y se va poco 
a poco. Miro las blancas casitas escalonadas, sembra- 
das, diseminadas hacia lo alto, jugando al escondite 
entre la tupida vegetación, alegremente invasora, obs- 
tinada, inextirpable, que hace del Paraguay entero un 
enmarañado jardín. Casas queridas, que soñáis a la 
sombra de las palmeras verdes, casi os reconozco una 
por una 1 Allá arriba agazapa su mole la iglesia de la 
Encarnación. Mas acá eleva sus cuatro puntas esbeltas 
la torre del palacio de gobierno. Y las casas me mi- 
ran también por los innumerables ojillos negros de sus 
ventanas. Y todo parece tan reposado desde lejos, tan 
tranquilo y seguro ! Pero yo sé que detrás de esas pa- 
redes inmóviles está el dolor. Cada vivienda guarda 
su secreto, quizás de felicidad efímera, probablemente 
de larga angustia. Cada nido humano es un turbio re- 
molino en que se hereda y se trasmite la vieja con- 
goja de vivir. Y la Asunción, con su fingido sosiego, 



Rafael Barrett 174 

se desvanece, acaso para siempre en mi retina. Y me 
arrastran río abajo, río abajo... 

2 de Septiembre. — Entre mis companeros de viaje 
vienen un comandante y cuatro capitanes paraguayos, 
delegados al centenario de Chile. Son jóvenes mués: 
tras de una raza robusta. Sus muslos jinetes hacen 
crugir la tela nueva de los pantalones algo estrechos. 
Ahora se usan pantalones estrechos, y no he visto to- 
davía pasar junto a mí una sola pierna rebelde a la 
moda. Los dioses se disuelven, los reyes sucumben, 
los pueblos se emancipan, pero los sastres mandan. 
El anarquista y el clerical usan con la misma docili- 
dad maravillosa pantalones estrechitos, con pliegue 
medianero y boca tangente al botín... Estos simpáti- 
cos militares van muy contentos. La perspectiva no 
es mala. Solteros la mayoría, no les asusta un mes de 
fiestas fraternales, banquetes elocuentes y flirts pa- 
trióticos. Es colosal lo que se come, se bebe y se... 
en fin, se flirtea con motivo de las numerosas y su- 
cesivas independencias sudamericanas. Los delegados 
del Paraguay — varios de ellos educados en Chile — 
estarán muy apuestos con sus uniforme de corte ale- 
mán. Su salud da gozo. Y pienso en los aspectos úti- 
les de la paz armada, de la guerra que consiste e 11 
evitar la guerra, de toda esa enorme gimnasia prepa- 
ratoria de encuentros imposibles. Dentro de poco, el 
oficio de matar gente será el más higiénico, plácido y 
protegido... Asimismo vienen a bordo los comisionis- 
tas de costumbre, y una remesa de turistas porteños 
Esta mañana, durante una escala, se entretuvieron en 



175 Diario de á bordo 

pescar. Sacaban pirañas, y no sabían qué hacer con 
ellas. Desde mi camarote oía yo los coletazos de las 
víctimas y los acentos aburridos de los sportsmen: 
Che... hacéle la autopsia... Trae tu cuchillo... mira 
el corazón... 

4 de Septiembre. — Se habla de Almafuerte en el 
salón. «Es un loco», dice un señor gordo. Se cuentan 
anécdotas. Almafuerte, o sea Pedro Palacios, como se 
le llama en el tomo décimo de la «Antología» de 
poetas argentinos, donde se le coloca el último, casi 
de limosna, con dos únicas composiciones, después de 
Rafael Obligado, Calixto Oyuela y otros genios aná- 
logamente aplastantes, fué maestro de campaña casi 
toda su vida. Sarmiento una vez que cruzó la Pampa 
le encontró en un pueblecito, le oyó dar una clase de 
historia y se lo quiso llevar á Buenos Aires. « — No 
señor! gritó Almafuerte á la oreja del célebre sordo. 
Yo me quedo en el desierto, y cuando la Pampa se 
haya poblado, me iré de maestro al Chubut». «Tiene 
usted razón, contestó Sarmiento. Es usted un apóstol. 
Siempre que me necesite escríbame». Almafuerte re- 
partía el sueldo entre sus alumnos. Hubo noches que 
durmió envuelto en la bandera de la municipalidad y 
en periódicos viejos, para que sus niños no anduvie- 
ran descalzos. 

— Es un loco! dice un jovencito rubio. 

Ahora vive en La Plata, con una exigua jubilación 
que sigue entregando á les pobres. Está solo, reñido 
con sus parientes, quizá abandonado de sus amigos, 
si tuvo amigos. No es más que el primer poeta de 



Rafael Barret4 176 

América. Nunca llegó a director de escuela por falta 
de títulos. . . 

A la puerta del camarote, me detiene el mozo: «Se- 
ñor, yo también conocí á Almafuerte. Le vi quitarle 
el sable a un vigilante que golpeaba a un peón. No 
hubo modo de que devolviera el sable... Ah, señor 
le aseguro que era un loco de verano! 

5 de Septiembre. — La dársena de Buenos Aires! 
Trenes, tranways, elevadores, grúas, barcos de vapor 
y de vela, de todas nacionalidades y destinos, un vasto 
hormiguero terrestre y flotante del cual poco resta 
por decir después de las imágenes de Blasco Ibáñez, 
que con exquisito gusto, compara los vapores a la» 
reses, y la dársena, a un potrero. Es muy bonito con- 
templar la madeja de tantos rastros y tantas estelas 
humanas, a condición de no fijarse mucho tiempo en 
una. Descubriríamos pronto que todos los buques aca- 
ban por fondear en el puerto del Silencio, y que todos 
los caminos se pierden en las riberas de la Noche. 



B£3*3 



CARTA PE UN VIAJERO 

A bordo del < Asunción >, Septiembre 1910. 

Sentí dejar el Paraguay sin haber podido asistir a 
las fiestas en homenaje de Alberdi, ni podido leer si- 
quiera los discursos pronunciados, salvo el de Juan 
CVLeary. El gobernador de Formosa, don Francisco 
Cruz, es nuestro compañero de viaje, y esta circuns- 
tancia me resarce un poco; me doy el gusto de es- 
cuchar mil anécdotas relativas al gran pensador ame- 
ricano. Es sabido, en efecto, que el señor Cruz, so- 
brino de Alberdi, guarda el archivo de su correspon- 
dencia, y varias reliquias de otro orden; ha editado 
sus obras postumas; ha hecho enviar al Paraguay un 
busto de mucho mérito artístico, y que al parecer no 
ha llegado todavía; ha defendido en todo momento la 
memoria del glorioso calumniado, y creo que el señor 
Cruz, que sabe escribir, está en la obligación de pu- 
blicar la biografía completa de su tío. 

Un señor Carranza, director del Museo Histórico 
Nacional, rechazó el retrato y el uniforme de Alberdi. 
Son objetos que habrían deshonrado la colección. De 
acuerdo con tan exquisito criterio, La Nación de Bue- 
nos Aires se niega a considerar satisfactorio el na- 

12 



Rafael Barrett 178 

cimiento del «doctor», como le llama despreciativa- 
mente, y para justificar la censura al homenaje in- 
serta en sus columnas la siguiente carta: 

« Me interesa que el señor mariscal López conozca 
todo esto por intermedio de usted, que es testigo in- 
mediato de todo ello. 

Mi interés en esto, como en mis escritos, no es per- 
sonal, ni privado. Se refiere del todo a la política ve- 
nidera de nuestros dos países y a sus conveniencias 
mutuas y solidarias. Tenga usted la bondad de repe- 
tirle lo que tantas veces he dicho a usted y al señor 
Barreiro. Yo no quiero ni espero del señor mariscal 
López empleos públicos, ni dinero, ni condecoraciones, 
ni subscripciones de libros. Todo lo que yo quiero me 
lo ha dado ya en parte: es hacer pedazos, con su 
grande y heroica resistencia, el orden de cosas que 
formaba la ruina de mi propio país; y para lo veni- 
dero, todo lo que quiero de él es que abrace una po- 
lítica tendiente á buscar en una liga estrecha con el 
nuevo orden de cosas que represente los verdaderos 
intereses argentinos, la seguridad y garantía respec- 
tiva de los dos países, contra las ambiciones tradi- 
cionales del Brasil y Buenos Aires, respecto de los 
países interiores en que hemos nacido él y yo. 

Créame, entre tanto, su afmo. amigo, etc. » 

( Carta del doctor Juan Bautista Alberdi al capitán 
D. Gazcón Benítez, fechada el 28 de Junio de 1868, y 
publicada en El Censor del 13 de Enero de 1886). 

¿Comprendéis? Para una buena parte de la prensa 
y del público argentinos, Alberdi, cerca de cuarenta 



179 Carta de un viajero 

años después de su muerte, sigue siendo el <traidor>. 
Por lo demás, un genio universal, es decir, un intruso 
en lo eterno y en lo infinito, es traidor siempre a su 
patria y a su época. Es antipático a los que no tie- 
nen fuerzas para acompañarle al otro lado de las cor- 
dilleras del tiempo y del espacio. Es impopular, 
puesto que no es local. Es extranjero. Nunca se le 
perdonará a Juan Bautista Alberdi el crimen de no 
haber sido criollo, de no haber olido a gaucho, como 
en ciertas ocasiones olía el mismo Sarmiento. Alberdi 
en la Argentina recuerda a Pí y Margall en España. 
Ambos antepusieron la verdad a las manías atávicas 
de sus compatriotas. Ambos añaden a la gloria de 
ser admirados por el mundo, la gloria mejor de me- 
recer la ingratitud de su tierra nativa. 

Pero no le bastaba á la sesuda Nación resucitar 
los odios contra el traidor abominable que se atrevía 
a no regocijarse con el exterminio de un pueblo in- 
defenso. Era urgente oponer a la siniestra figura de 
Alberdi una figura luminosa, pura, santa, decorada 
de la noble aureola militar y cívica. Frente al hom- 
bre malo, el hombre bueno, como en los cuadros mu- 
rales de las escuelas primarias. Frente a Caín, Abel. 
Frente al « doctor » Alberdi, el general Mitre. Mitre 
es la espada y la pluma, el cerebro y el brazo, y 
además la honradez resplandeciente. Es el papá de 
la Argentina; sin él jamás hubiera brotado el trigo 
ni parido las vacas. La Nación, pues, con las inextin- 
guibles cartas del archivo del general, publica algu- 
nos artículos del mismo sobre la guerra del Paraguay 



Rafael Barrett 180 

y sus consecuencias políticas. Hay uno, de 5 de No- 
viembre de 1880 titulado «Los derechos de la victo- 
ria », de ese género de bufonería abstracta, accesible 
a los que tenemos el feliz o maldito hábito de vivir 
las ideas. Prefiero a cualquier saínete el espectáculo 
del excelente general Mitre, en sus tentativas deses 
peradas para pensar. Su tesis es que la victoria da 
derechos. Al más tonto se le ocurre que si ningún 
escrúpulo legítimo debe detener al vencedor, sólo por 
serlo, y la victoria da el derecho, es que no le había 
antes de emprender la guerra, y por lo tanto se trata 
de una guerra inicua. Mitre no ve el sofisma. Dios no 
concedió a este honesto soldado el ingenio filosófico. 
Recorred sus obras literarias; son un desierto espiri- 
tual y una metrópoli de lugares comunes. Lo que dijo 
Velez del libro sobre Belgrano: «historia de un sonso 
contada por otro sonso >, es certero en su dureza. Se 
consultará a Mitre por su documentación; era un esti- 
mable encuadernador de papeles viejos. Se evitarán 
cuidadosamente sus producciones «originales», j Noble 
Alberdi! ¡Qué gallos echan a reñir con los tuyos! 
Pero el futuro te vengará. El que osó en la portada 
de la traducción de la «Divina Comedia» enlazar su 
perfil al de Dante por una misma rama de laurel, será 
pronto alejado de tu sagrada tumba. 



B^S 



DIARIO PE A BORDO 

«12 de Setiembre». Un enjambre de cómicos y can- 
tantes viene en el buque, gozando el « rompan filas » 
de los fines de contratos porteños. Las primeras partes 
van en primera. De smoking ellos, descotadas ellas, 
se dignan hacer, después de cenar, música de salón. 
Los de menor cuantía van en segunda. Son mucho 
más pintorescos. Se desabrochan para digerir, y la sin- 
ceridad no les parece de mal gusto. Hay españoles 
dedicados a la zarzuela, nerviosos, lívidos, encanija- 
dos, afeitados de cerca y siempre en movimiento. Hay 
también italianos esencialmente líricos, con las crines 
al aire y el pecho redondo. Esta gente no puede ca- 
minar sin danzar, hablar sin cantar, vivir sin decla- 
mar. Cuando están solos tararean, silban, gesticulan. 
Cuando se encuentran gritan al poco rato. Si se re- 
unen cuatro ó seis es preciso huir. No dejan la escena, 
y como su juego corresponde á las largas distancias 
de la cazuela y del paraíso, y aquí estamos todos a 
boca de jarro, el espectador asiste a una representa- 
ción gratuita que le produce un sobresalto incesante. 
¡ Actividad innocua, alegría triste ! El actor superior, 
el que posee sus papeles, se halla a sí mismo al aban- 
donar su disfraz, pero el actor mediocre, el que es 



Rafael Barrett 182 

poseído por las fútiles figuras que le son impuestas, 
se pierde a sí propio y jamás se recobra. Es un mon- 
tón de ecos, un guardarropa vivo, un pelele hecho 
de retazos. Gastado, pulido por la histérica labor noc- 
turna, rueda de aquí para allí, zumbón y huero. Le 
faltan energías para detener sus resortes temblones, 
para estarse quieto y callar. Es incontinenti como esos 
grifos usados que gotean mientras hay agua. Y es- 
cucho con melancolía el incoercible alborotar de los 
comiquillos, y pienso en los viejos fonógrafos, por 
cuyas bocinas abolladas pasa todavía el regocijo de 
cien públicos imbéciles. 

« 16 de Septiembre >. — Hace dos noches que la es- 
trella polar ha salido de los mares. El calor sofoca. 
Los pasajeros se bañan, sudan, vuelven a bañarse, 
sudan de nuevo, beben líquidos helados, sudan otra 
vez, y tornan a beber y a sudar. En las cabinas es 
cosa de perecer asfixiado. Una señora gorda se desmaya. 

En tercera clase venía un obrero italiano, tísico, el 
cual, con el último deseo de ver a su familia, consiguió 
embarcarse gracias a los buenos oficios del cónsul de 
Buenos Aires. Ayer murió. Liaron sus huesecillos entre 
dos colchones, ataron bien el paquete, le pusieron un 
lastre de hierro y lo largaron a la media noche, en 
la pálida estela del vapor. Aquello fué tragado si- 
lenciosamente por la sombra infinita. ¡ Qué sencillo es 
desaparecer ! 

Al caer la tarde, llegamos á Cabo Verde. Islas ce- 
nicientas, escarpadas, peladas, calcinadas por el sol 
africano y corroídas por el mar. Son al parecer inha- 



183 Diario de á bordo 

bitables. Sin embargo, bajo la férula de un puñado 
de portugueses, los negros sacan algo de esa tierra 
feroz : batata, mandioca, maíz. Apenas fondeado el 
buque, acuden botes con negritos desnudos que, según 
la costumbre clásica, se zambullen tras las monedas 
que les arrojan. Están escuálidos. Tienen caras de 
monos hambrientos. Veo que desde la borda se les 
lanza colillas encendidas. Hay que divertirse. Otros 
negros atracan las barcazas de carbón, cargan las 
bolsas, se esfuman en la negra polvareda que respiran, 
se confunden con el negro tierno donde gusanean. Y 
el aire arde como el de un horno. Otros suben a bordo, 
a ofrecernos abalorios de coral, de hueso, de escamas. 
Empiezan exigiendo seis liras. Luego rebajan a cuatro, 
a dos, a una, a media, y acaban solicitando un cigarro 
un pedazo de pan. Les pregunto por qué no echan a 
los blancos de las islas. No me comprenden. Les hablo 
de Johnson, el invencible boxeador negro, y entonces 
se ríen, y brillan sus ávidos dientes de oreja a oreja. 
Jóvenes audaces, compañeros de travesía, bajaron 
al puerto. Me habían dado a entender que la absti- 
nencia del viaje les pesaba. Regresaron contentos e 
indignados. Contentos, porque varias negras, por dos 
francos cada una y en un idioma confuso, les habían 
dicho que eran hermosos. Indignados porque viejas con 
niños a cuestas le habían pedido limosna para comer, 
y chiquillas de siete años, a cambio de unos cente- 
simos, cederles querían sus frágiles vicios. Yo les con- 
solé como pude; les expliqué que estos fenómenos, en 
el fondo, son « el amor que pasa » . . . 



SOBRE EL ATLÁNTICO 



C'étaient les eaux, et les 
eaux, et les eaux. —(Jammes). 



Las aguas parecen sin fin, como si no hubiese ya 
tierras, y nuestro mundo fuera una inmensa gota, una 
sola y redonda lágrima azul, cayendo en el éter. ¡Oh, 
este azul l Es un azul obscuro, denso, traslúcido, un 
azul de zafiro, en cuyo seno, bajo las alas de la no- 
che, despiertan fulgores de fósforo. ¿Dónde la espuma 
sería más blanca que sobre el azul, a veces laminado 
y bruñido como un metal, a veces laqueado de negro, 
el azul atlántico que me llena la vista y el alma? Es- 
puma rodante, sonora, cabellera de nieve salvaje, pe- 
nacho que se alza y se anega y se levanta nueva- 
mente y se encabrita en cada cresta del innumerable 
y paralelo ejército de olas. Espuma, — surtidor, torrente, 
cascada— que en lo cóncavo de la onda teje anchos exá- 
gonos irregulares cuyas cintas tiemblan como sobre 
una piel, o que adelgaza sus filamentos lívidos en un 
encaje de sutileza infinitesimal, o se desvanece en 
verde bruma submarina, o se curva en gasa que se 
deshace al viento, o se retuerce en largas volutas de 
humo líquido, o finge, a los oblicuos rayos del sol, la 
red de púrpura que inyectara el ojo enorme de un 



Rafael Barrett 186 

monstruo... Espuma blanca sobre el mar azul, emul- 
sión hirviente de agua y aire... Sí; aire, agua, nada 
más: lo que cede y se desliza y huye y, por lo mismo, 
rodea y devora y disuelve. Agua y aire, lo que carece 
de cohesión y de forma... y por lo mismo, revela su 
inflexible geometría en el arco fatal del horizonte... 

Aguas del mar, estremecidas y desnudas, sangre 
purísima del universo, linfa madre, plasma sagrado 
del cual llevamos todos, para poder vivir, una pro- 
visión en las venas! Tu sal se seca en mis labios, y 
saboreo tu sublime amargura. Acaso a una legua 
bajo la quilla del buque yacen las ruinas de un con- 
tinente que recuerdan los hombres — y acaso cien 
otras bajo ellas — pero en tus entrañas surgen conti- 
nuamente las Venus primordiales: seres blandos y 
errabundos, tentáculos ciegos, larvas glaucas, pulpa 
ancestral- que se ha vuelto transparente y flota invi- 
sible, bosques sumergidos, infinitas lianas de un 
ámbar sin flor, y también el semillero de la fauna 
microscópica, polen oceánico que en vastas estelas 
arde bajo el firmamento de los trópicos. Y quizá, en 
una hora tibia, oh mar venerable! —engendras aún, 
como en las épocas geológicas, el misterio de los 
misterios, las células matrices de la vida virgen... 

¿Aún?... Nada hay ilimitado ni eterno. El mar 
envejece. Su aliento se pierde en los espacios side- 
rales. Su agua, cristalina limpieza entregada a los 
cielos, le es devuelta avaramente por los ríos, turbia 
y sucia, cargada de todos los despojos y secreciones 
y deyecciones de la tierra. Y con el transcurso de 



187 Sobre el Atlántico 

los tiempos, el mar se torna más acre, más espeso, 
más bajo, más árido. Nosotros los siempre más ági- 
les, los usurpadores del destino, corremos hoy sobre 
las aguas, cortándolas al doble tajar de nuestras hé- 
lices, porque supimos aprisionar el fuego, y el fuego, 
como nos anunció Esquilo, es el maestro que nos lo 
ha enseñado todo, todo! — hasta fabricar lo álgido y 
helar el aire. ¿Qué importa que se apaguen los astros, 
si se encienden otros en nuestros cerebros? Y toda- 
vía mañana, cuando el mar haya cuajado en un tém- 
pano único sus sueños estériles, volarán nuestras 
máquinas sobre él, dejando en las tinieblas un rastro 
de chispas. 



SUICIDIOS 

Hasta cuarenta y cuatro suicidios diarios, según 
nos cuentan, suelen celebrarse actualmente en Nueva 
York. 

A primera vista parecen muchos. Y sin embargo, 
cuarenta y cuatro inútiles, absolutamente inútiles 
para la raza y para el pensamiento, suprimibles, so- 
brantes, suicidables, son pocos en semejante pobla- 
ción. Pero por desdicha la lógica falla. Los inútiles 
no se suicidan; los útiles sí. 

Es que la lógica no produce las cosas; se limita a 
iluminarlas vagamente, débil y vacilante linterna con 
que cruzamos la tempestad y la noche. La lógica no 
engendra los seres, ni los anima, ni los mata. Por 
eso, llamar a la muerte rara vez será un acto lógico. 
En cambio, es un certificado de energía, un espasmo 
original y fulminante; el acto de más graves conse- 
cuencias personales que podamos intentar sobre la 
tierra; el acto supremo después de nacer. Someter a 
la voluntad, aunque parcialmente, el desenlace uni- 
versal y negro de la vida, será siempre grandioso; 
no es un inútil el que se suicida, sino un sacrificado, 
una fuerza aplastada contra los infames y estúpidos 
obstáculos de la sociedad moderna. 



Rafael Barrett 190 

Los inútiles, los que deben marcharse, se quedan, 
y se quedan en el mismo sitio. Se sienten abrigados 
por la desesperación de los que luchan. Los que no 
sirven para nada duran más que las piedras. Se re- 
sisten, con razón, a morir, a cerrar el libro en blanco 
de su vacía existencia. Para los que trabajan, morir 
es descansar; para los otros, morir es incomprensi- 
ble, es el horror de lo desconocido. El egoísta se cree 
con derecho á la inmortalidad ; acabarse él es aca- 
barse el mundo. El que ha sembrado, el que ha 
abierto sus venas como fuentes y su cráneo como un 
fruto maduro para que el transeúnte beba y coma, 
no se asombra de que se agoten las riquezas y el 
sacrificio concluya. Y el crepúsculo no es el fin del 
mundo, sino ráfaga de frescura y de paz. 

Compadezcamos a los cuarenta y cuatro infelices, 
que en el dilema de dos heroísmos, matarse o vivir, 
prefirieron matarse. Mientras los degenerados bajo fa- 
nal de oro; — ¡oh, cancerosos, diabéticos, reblandeci- 
dos, que compráis con la fortuna el placer de prolon- 
gar vuestra miseria hasta el último minuto, y pedís 
aún a la inyección y a las inhalaciones, diez segundos 
más de inutilidad y de cobardíal — mientras los es- 
pectros fuertes donde el movimiento colectivo se amor- 
tigua y embota subsisten cueste lo que cueste, hom- 
bres jóvenes y sanos — algunos habrá entre los cua- 
renta y cuatro — dejan caer su sangre roja en la arena 
del desierto. Vuelven contra sí el esfuerzo que nadie 
quiso aprovechar; y ya que no se le permite destruir 
el mal, como era su natural destino, se destruyen a 



191 Suicidios 

sí propios, convencidos de que el mal está en ellos. 
Y el mal no está en ellos, sino en Nueva York. Qué 
pequeña ciudad! Qué raquítica ciudad de no sé cuán- 
tos millones esa en que se matan cuarenta y cuatro 
ciudadanos en veinticuatro horas I Compadezcámosla 
a ella sobre todo. 



EL TRABAJO 

Leo con melancolía las experiencias virgilianas que 
ha hecho Gastón Bonnier sobre la división del tra- 
bajo entre las abejas. Aun quedaba algo que admirar 
después de Lubbock y de Maeterlinck, en el mundo 
alado de las infatigables dispensadoras de miel. 

El sabio patriarcal y sonriente ha espiado, durante 
todo un estío, con plácida paciencia, las idas y veni- 
das y paradas y vueltas y visitas misteriosas de las 
abejas a las flores. Ha descubierto, señalando el ros- 
tro estremecido de los insectos con ligeras pulveri- 
zaciones coloreadas, que cada uno de ellos se consa- 
gra a una sola faena, recoger néctar, polen, propiolis 
o agua, y dentro de un área fija, exactamente lo 
mismo que si cumpliera una orden detallada y ri- 
gurosa. La disciplina feliz que de la colmena hace un 
prodigio, se extiende por los campos. Las obreras lo 
son más que nunca cuando parecen vagar en torno de 
los cálices. Más que nunca, al azar de las brisas y 
en la indolencia de las horas de sol, vigila y obra el 
genio extraordinario de la especie. 

Las abejas trabajan, y las hormigas, y los pájaros, 
y los hombres. Trabajar es esparcir la vida por otro 
procedimiento que el de la generación. Lo que cons* 

13 



Rafael Barrett 194 

truímos vive en nuestras manos, prolonga nuestra 
carne. El nido del ave no se diferencia esencialmente 
de la concha del molusco, ni son los instrumentos de 
acero con que ensanchamos nuestro dominio terrestre 
de naturaleza extraña a nuestros dientes y nuestras 
uñas. Trabajar es ramificamos, completar la multitud 
agitada de nuestras formas. Y nuestro trabajo, misión 
tan augusta como la del amor y la de la muerte es 
triste. Ellos, los animales, los seguros, los infalibles, 
tienen el trabajo alegre... 

Mirad el frenesí rutilante de la abeja, la tenacidad 
silenciosa de la hormiga. Su obra las absorbe en per- 
manente vértigo ; embriagadas, por ella sacrifican la 
existencia, se privan del sexo y transforman la ar- 
quitectura de su organismo. Qué certidumbre radiante 
nace en &us entrañas? Se abandonan en común a una 
sagrada fatalidad, sólo comparable entre nosotros al 
destino dé los héroes de la pasión y de las creacio- 
nes intelectuales. En el hormiguero y en la colmena 
todos los individuos palpitan bajo la inspiración in- 
flexible de los Romeo y de los Newton. En nuestra 
ciudad, el trabajo no es inspiración, sino castigo. Los 
inspirados son excepciones monstruosas; los demás 
trabajan empujados por el más rudimentario de los 
instintos, el hambre, por el más miope, corto, raquíti- 
co de los deseos, el oro. 

Somos topos cegados por el tabique de tierra. No 
vemos el cielo, lo inmenso de los horizontes. El aus- 
tero viento de alta mar no llega hasta nosotros. Pe- 
recemos velozmente, agarrados a nuestro montón de 



196 El tfabaio 

miseria, sin sentir, sin comprender, sin sospechar 
nada. Trabajamos sin adivinar la grandeza de nuestra 
labor. En medio de un paisaje sublime, y en marcha 
hacia la profundidad divina de ms cosas, caminamos 
tristemente, con los ojos vendados. Nuestro trabajo es 
triste... 

Y sin embargo no envidiamos a las abejas. Son 
alegres, porque han alcanzado su figura definitiva. 
Las colmenas no se fabricarán jamás de otro modo, 
ni cabe mudanza alguna ni progreso en el mundo 
alado de las dispensadoras de miel. Son perfectas, sí, 
mas la perfección es un mal sin remedio, porque es 
un límite. El mal es lo inmóvil, y los siglos dejan 
inmóviles a las abejas, a las perfectas. Nosotros los 
tristes porque no somos perfectos, avanzamos bus- 
cando la perfección, y el tiempo no pasa en vano 
para nosotros. Para nosotros respira la esperanza, 
puesto que sufrimos y estamos tristes... 



MI DEUDA 



Por la primera vez, después de año y medio que 
charlo casi diariamente con los lectores de La Razón, 
tengo que referirme a mi persona. Tengo que hablar 
de mí, porque tengo que hablar de otros que de mí 
se ocuparon, y a los cuales me obliga una deuda de 
profunda gratitud. En esta hora de excepcional fran- 
queza, he de confesar que no soy agradecido. Olvido 
en seguida el bien que se me hace; sírvame de excusa, 
que también olvido en seguida el mal que me causan, 
y el mal y el bien que causo yo. No comprendo el 
reconocimiento obligatorio. No comprendo la venganza. 
No comprendo la recompensa ni la expiación, el cielo 
ni el infierno. Creer que somos responsables de todo 
lo que ejecutamos me parece demasiado pretencioso. 
Somos los últimos anillos de una larga cadena que se 
pierde en la sombra. ¿A qué abrumar nuestro pobre 
espíritu con la imagen del pasado, como si no fuera 
bastante carga el solo hecho de existir? Y me des- 
pierto cada mañana con la ilusión y el afán de poseer 
un alma nueva, iluminada por la aurora de un sol 
recién lanzado a la inmensidad . . . 

No soy agradecido, y sin embargo mi corazón re- 
clama que le alivie del dulce peso de su gratitud 



Rafael Barrett 198 

presente. Es que durante meses y meses he tenido 
algo que agradecer, minuto por minuto, a las mismas 
manos generosas. ¿Cómo olvidar la caricia continua 
de los que me han consolado y cuidado desde lejos? 
Yo llegué a vuestras playas indigente, desterrado, 
enfermo y desconocido. Circunstancias políticas que 
no hay para qué mencionar me incomunicaban con 
mi mujer y con mi hijo. Blixén, sin noticias apenas de 
quién era yo, me abrió las columnas de su diario, y 
pude ganar mi pan como de costumbre. Escribía en 
la cama. Y he aquí que vinieron a mi cabecera hom- 
bres buenos que yo no había visto nunca, Frugoni, 
Peyrot, J. B. Medina, después de algunos de aquellos 
muchachos de la primitiva Bohemia; vinieron, y 
con una piedad ingeniosa se disfrazaron de admira- 
dores, apartaron de mi frente la garra de la intrusa, 
despertaron el orgullo de mi inteligencia para injer- 
tar en él la salud de mi carne, me obligaron a renun- 
ciar a la muerte y a confiar en la vida. Los extraños 
de ayer se convirtieron de pronto en los hermanos de 
siempre, y cuando se me permitió volver a mi hogar, 
y abandoné Montevideo, me sentí otra vez desterrado. . . 
Pero los hombres buenos no querían que yo estu- 
viera desterrado, y su solicitud invisible me ha se- 
guido hasta mi rincón. Esta hoja ensanchó para mí 
su noble hospitalidad. Las manos buenas continuaron 
curándome y protegiéndome. ¡Vivo aún! Vosotros hi- 
cisteis el milagro. Y como halago supremo, Peyrot y 
sus amigos me dan ahora la alegría de ver en volu- 
men una parte de mi obra literaria. Jamás imaginé 



Mi deuda 199 

que me quedaba tiempo sobre la tierra para gozar el 
alba de la notoriedad. . . 

Montevideo .. ¿He soñado? ¿Fueron los azares de 
la fortuna los que me empujaron hacia los hombres 
buenos? ¿Sois todos así? ¿Oculta Montevideo, como 
las demás ciudades, un fondo do injusticia, un sub- 
suelo empapado de sangre y lágrimas? ¿No oculto yo 
asimismo, como la mayoría de los hombres, un fondo 
de egoísta que habríais quizá descubierto y conde- 
nado, si me hubierais examinado detenidamente? 
Ahí no apaguemos en nosotros el reflejo tenue del 
amor. ¿Hay otra luz en el mundo? Esa antorcha va- 
cilante es la única realidad activa. Me amasteis, y 
fuisteis mejores, y me hicisteis mejor a mí. Estoy me- 
nos abatid3, soy menos impaciente. Considerad que 
no tener paciencia es no tener fe, es decir, no tener 
razón. Una célula es capaz, al cabo de las épocas, de 
poblar un astro, y un átomo de amor es capaz de 
hacerlo dbhoso. El mal está inmóvil. El bien tra- 
baja. La eternidad le espera. Seamos malos medio si- 
glo, si supimos ser buenos un instante. 



e£B^i 



ÍNDICE 



Páginas. 

La sinceridad . ■ 5 

El azar 11 

El día de difuntos 15 

El hombre nación 19 

V E1 valor 21 

El odio 25 

Lápida 29 

Energías perdidas 31 

Los lentes del indio . ... ; ...... . 37 

El poeta en .palacio 41 

Monólogo del czar 45 

La moral y la ciencia 49 

El duelo 53 

Patriotismo 55 

Más allá del patriotismo 59 

El antipatriotismo 61 

El anticristo 67 

El revólver 71 

La nueva religión 75 

Máscaras 77 

La cortesía 81 



índice 202 



Páginas. 

El retorno á la tierra 83 

El prójimo . 89 

El vulgo y el genio 93 

La guerra 97 

Inmoralidad de los exámenes , 99 

La clerofobia 105 

Reflexiones religiosas 109 

La torre de marfil 111 

Polémicas 115 

Blériot 119 

La Tierra 123 

Sacrificios humanos 127 

Gimnasia 151 

"606" 135 

A propósito de Napoleón 141 

Última napolinaria 145 

Chávez 149 

Vacuna 155 

Los médicos 157 

Exámenes 165 

La Violencia . . . 169 

Diario de a bordo 175 

Carta de un viajero 177 

Diario de a bordo 181 

Sobre el Atlántico 185 

Suicidios 189 

El trabajo 195 

Mi deuda 197 



Obleas de 



í^flpñEli BAt^^ETT 



editadas pop la easa: 



flORdLIMDES tfCTUdLES 
Lo QUE SON LOS YERPdLES 
EL DOLOR PdRdQU/IYO 

Cuentos breyes cr>EL n¿tur*d 

fllRdNDO YIYIR 
/IL n/IRQEN 
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0PRA5 EDITAD/15 POR LA ZáSá 

BE 

O. f\. BERT/INI 



= Talleres gráficos EL ARTE; Reconquista, 195.— Morríeuideo = 



Autores nacionales : 

ARMANDO VASSEUR, Cantos Augúrales (poesías). Agotado. ... $050 

» » Cantos del Nuevo Mundo (2. a edición) ... » 0.50 

» • » A flor da alma » » .... » 0.30 

M. PÉREZ Y CURIS, Rosa ígnea (cuentos), 2. a edición » 25 

» » » Heliotropos (poesías) 2. a edición. ...... » 0.40 

»> » » Alma de Idilio y Rimas Sentimentales. . . - »> 0.50 
MANUEL MEDINA BETANCOR7, Cuentos al Corazón, 3. a edición 

(Ilustraciones de A. Qoby) » 0.40 

PERFECTO LÓPEZ CAMPAÑA, Fanfarria de Prejuicios ...... » 0.50 

EMILIO FRUGON!, Los Himnos » 0.50 

» » El Eterno Cantar, 3. a edición (Ilustración de 

A. Qoby ) . . . » 0.60 

ENRIQUE GRUNTZ, En el tálamo del amor (Ilustración de A. Qoby). » 0.60 

ISIDRO RODRÍGUEZ MARTIN, Alma trágica » 0.30 

ILLA MORENO, Rubíes y Amatistas (poesías) » 0.70 

EDUARDO GANDOLFO, De Ayer (uersos) » 0.50 



ÁNGEL FALCO Aue Francia (prosa y poesía) $ 0.10 

» » Garibaldi (poema) » 0.25 

» » Vida que canta (poesías) » 0.40 

» » Breuiario Galante ( poesías ) » 0.60 

» » El Hombre -Quimera » 0.30 

» » La leyenda del Patriarca . » 0.50 

CARLOS ROXLO, El libro de las rimas (en rústica) » 0.60 

» » » » » » » (en tela) buena encuademación » 1.00 

CÉSAR MIRANDA, Las Leyendas del Alma (agotado) 

JOSÉ L. GOMENSORO, El país que se ama (cuentos) » 0.40 

DELMIRA AGUSTINI, El Libro Blanco (poesías) » 0.50 

» » Cantos de la mañana » 0.30 

FEDERICO GIRALDI, Mirim (poesías) » 0.10 

ROBERTO DE LAS CARRERAS, Suspiro á una palmera (poema) » 1.00 

ANDRÉS T. GOMENSORO, Rumbo al Sol » 0.40 

MARÍA MORRISON DF PARKER, El padrino de Cecilia (nouela) . . » 0.40 

S. GARCÍA MALLARINI, Apóstoles Rebeldes (novela) » 0.30 

GUZMAN PAPINI, Canto á la Sireneta » 0.20 

JULIO HERRERA Y REISSIG, Los Peregrinos de Piedra ( poesías) . » 1.00 

MARÍA GAUTIER, Apuntes sobre perspectiva » 0.40 

JUAN M. a OLIVER (hijo), Los Crepúsculos (poesías) » 0.30 

JAVIER DE VIANA, Macachines (Cuentos breves) 3. a Edición ... » 0.50 

» » Leña Seca, 3. a Edición » 0.50 

» » Yuyos » 0.50 

OCTAVIO MORATÓ, Problemas 5ociales . » 0.20 

OTTO MIGUEL CIONE, Lauracha (nouela) » 0.50 

ENRIQUE V. ERSERGUER, La Anarquía ante la Civilización. ... » 0.40 

D'ACOSTA é IRISflRRI, Liras Hermanas (poesías) » 0.50 

ISMAEL CORTINAS y WASHINGTON BELTRAN, De la raza (primer 

premio en el concurso «Homenaje á Artigas») » 0.15 

ALBERTO NIN FRÍAS, La fuente envenenada (nouela) » 0.20 

BIBLIOTECA TEATRO URUGUAYO 

SMAEL CORTINAS, El Credo (comedia en un acto) » 0.25 

LUIS SCAR20L0 TRAVIESO, Cabecita loca . » 0.25 



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FLORENCIO SÁNCHEZ, Nuestros Hijos (comedia en 3 actos) . . . $ 0.50 

OTTO MIGUEL CIONE, El Arlequín (tragedia moderna en 3 actos) . » 0.50 

» » » Partenza (drama en 3 actos) » 0.50 

OVIDIO FERNANDEZ RÍOS, El alma de la casa (comedia) .... » 0.25 

ERNESTO HERRERA, El Estanque (drama en 3 actos) » 0.25 

OROSMAN MORATORIO, Dulce calma (comedia) . » 0.25 

JOSÉ PEDRO BELLAN, Amor ( drama en tres actos ) » 0.30 

Autores extranjeros ; 

MAX PEMBERTON, El Pirata de Hierro » 0.30 

GUY BOOTHBY, La Venganza del Dr. Nikola . » 0.25 

LE BLANC, Aventuras de Arsenio Lupin (La dama rubia). .... » 0.20 

GASTÓN LEROUX, El Misterio del Cuarto Amarillo » 0.25 

» » El hombre que uió al Diablo » 0.15 

» » Balaoo » 0.35 

El perfume de la dama vestida de negro » 0.25 

M. VIGNALI, Salón del baile y Guía del trato social » 1.00 

E. GAUTIER, El arte de multiplicar los vegetales » 0.60 

GUMERSINDO ARDANAZ, Frente á la Iglesia » 0.40 

Sindicalismo y Socialismo » 0.15 

Obras de Rafael Barrett, publicadas: 

Moralidades actuales » 0.40 

Lo que son los yerbales » 0.10 

El dolor paraguayo » 0.40 

Cuentos breves ( Del natural ) . » 0.40 

Mirando vivir. » 0.50 

Al margen » 0.40 

Ideas y críticas » o.40 



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